El infierno de las compras

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(Imagen: flickr.com/photos/vizslah/5957619424/in/photostream/)

Y así es como acabé con Belzebú pasando frío en una terraza bebiéndome una pinta de Paulaner esperando a mi tren.

Bueno, pido disculpas por empezar por el final, ya sabéis, es lo que tengo más fresco en la memoria. Además, normalmente hasta que no llegas al final de algo no sabes muy bien dónde estaba el principio, ¿no? Estoy seguro que nadie habría contado la historia del niño Jesús en Belén si no hubiera muerto y resucitado 33 años después… (porque es un hecho contrastado que lo hizo, preguntadle a cualquier paloma en forma de espíritu santo que os encontréis y os lo confirmará). Así que, técnicamente, podría decirse que he empezado por el principio.

La cuestión es que estaba yo de viaje por Europa. Yo solo, con mis Converse de colores, mis gafas de pasta, mis vaqueros viejos, mis libros (¡de papel!)… Joder, qué moderno soy, ¡la hostia! Me pierdo, perdonad. La cuestión es que me planté, un poco por azar, en una ciudad del norte de Alemania cuyo nombre no quiero recordar, con una noche de hotel y billetes de tren pagados que me permitirían quedarme en esa ciudad por 36 horas. Luego me di cuenta de que no me lo permitieron, me obligaron, que no es lo mismo sino todo lo contrario. Creo que es aquí dónde empieza la historia, pero tampoco me hagáis mucho caso.

Al grano: esta ciudad es odiosa. Al menos para mí. Se me atragantó desde el principio. Era como una mini Salamanca dentro de una mini Torrevieja, pero con más centros comerciales, menos bares y más nubes. Una ciudad snob, altiva y con ciertos aires xenófobos con todo el que no hablara alemán. No renuncio a que simplemente se me cruzara la ciudad por cualquier otra razón, sólo trato de ser honesto con las sensaciones que me transmitió. Vamos, que a las dos horas ya había visto todo lo que tenía que ver. Poco a poco mi pose de hombre del siglo XXI se desmoronaba. Ni siquiera un puto bar donde tomarme un café mientras pongo cara de interesante al ojear un libro de Chesterton… o dónde simplemente empedarme a base de cerveza alemana.

Así que decidí volver a recorrer la ciudad. Luego cogí un par de tranvías aleatoriamente y bajé en paradas al azar y volví al centro andando. Volví al hotel, dejé la mochila y volví al centro. Había conseguido, así, matar otra hora. ¡Solo una puta hora! La fiebre del aburrimiento me iba consumiendo. Mi vista se nublaba y empecé a odiar a los lugareños y al cruzarme con ellos les susurraba telepáticamente oscuros pensamientos de odio y crítica hacia su ciudad. Incluso entré a la cabina de información turística y pedí un mapa… y confirmé lo que sabía: no había más. Les miré con odio y desesperación y salí despidiéndome con un ‘or fi dal sen’ muy seco. Dios, qué aburrimiento… sólo de recordarlo me duele.

Estaba tan desesperado, tanto, que decidí entrar en uno de los centros comerciales a ver algo de ropa. No me malentendáis, soy el típico que dice que odia ir de tiendas, pero, como diría Groucho Marx, no os confundáis, realmente odio ir de tiendas. Dado mi estado febril de locura transitoriamente metaestable, me vi empujado a semejante estupidez. Caí más bajo que nunca, o al menos lo intenté porqué… ¡habían cerrado! Pasé una hora deambulando como un perdido mirando escaparates. Todavía peor que ir de tiendas. Poco a poco, según la odiosa peste de lugareños abandonaba las calles, fui recobrando la compostura (la dignidad no la encontré) y el ánimo y decidí, en pos de amenizar el día que me quedaba, que iría de compras al día siguiente. Así que me fui a dormir.

Al día siguiente había sol, mercadillo, parques nuevos, la gente parecía más simpática… la verdad es que empecé a pensar que el día anterior me había pasado con el bromuro. Decidí comportarme como un hombre, mirar a la cara a la vida y enfrentarme a ella. Cumplir con mi palabra e ir de tiendas y además, hacerlo de buen humor. Sobre todo porque estaba solo y aguantarme a mí mismo mi mal humor es un coñazo. ¡Claro que sí! ¡Me sentía capaz y con fortaleza! Así que después de deambular un rato, tomarme un pinta y comerme un snitzel bastante lamentable (pero de buen humor) me acerqué a uno de los escaparates que vi el día anterior durante mi ataque de apática fiebre dónde vi un par de americanas muy decentes (me refiero a las prendas de vestir). Pero, ¡oh, sagrados dioses del Olimpo!, resultó que la tienda era El Corte Inglés alemán (por suerte he olvidado el nombre) y… YO NUNCA ENTRO al Corte Inglés. Vaya encrucijada. ¿Iba a traicionar mi palabra? ¡ESO NUNCA! (demasiados ‘nuncas’ luchando entre sí…). Total, me dije, en realidad no es El Corte Inglés, estrictamente hablando. Así que entré.

Cinco segundos. Cinco segundos tardaron en confirmarse mis más oscuros temores. Cinco segundos tardaron en acorralarme un grupo de altas y esbeltas señoritas armadas de sprays de perfumes cortándome la salida y dejándome una sola escapatoria: escaleras arriba. Esas ninfas perfumadoras se acercaban revoloteando a mi alrededor mientras yo mantenía la mirada fija en la escalera (a 20 metros) y el paso tranquilo para no mostrarle mi debilidad al enemigo hasta que… maldita la rubia, se me cruzó una de ellas y por una décima de segundo nuestras miradas se cruzaron. Ahí me di cuenta. Había perdido. Me perfumó, ¡ZAS!, ¡en toda la cara! Directo a mis ojos, un golpe maestro. La confusión y desconcierto tomaron mi mente y empecé a correr, ciego y sin rumbo. Tropecé con dos señoras y con un maniquí y escapé de aquellas zorras kraut con spray. Más vale cobarde vivo que valiente perfumado. Y si tardé cinco segundos en adentrarme en esta emboscada, ¿por qué tardé 18 minutos en encontrar la salida? En teoría, en un universo euclídeo tridimensional o incluso en un universo relativista, solo tendría que volver hacia atrás, pero estos lugares viven al margen de las matemáticas.

Ya fuera me senté en un banco, conversé un rato con un borrachín que sabía mucho sobre el doctor Albert Hoffman y me relajé. Me he visto en peores, al menos encontré la salida. En el fondo sabía que iba a fracasar, no es bueno marcarse metas tan altas. Así que decidí bajar un poco el listón e ir a H&M (seguía emperrado en mantener mi palabra o lo que quedase). Una meta más sencilla.

—¡Aquí estoy! ¡No te temo!

Entré y tras unos minutos de pequeño desconcierto descubrí que ‘herren’ es ‘caballeros’ y, por alguna razón, decidí que esa era mi sección. Tras cruzar, sin ningún Virgilio, los nueve círculos del infierno en forma de secciones femeninas y atravesar el purgatorio de la sección infantil, llegué a lo que supuse que era el Paraíso. La meta final. La sección de caballeros. A la que entré sin mi Beatriz. Sin embargo, una sorpresa me esperaba: la Bestia. Atada con enormes y oxidados grilletes forjados fuera del Tiempo. Enorme, roja y negra, con llamas en el alma, dolor y sufrimiento en sus rugidos, odio en su corazón. El Infinito y la Nada en su mirada. Obviamente el miedo tomó todo mi ser pero no podía fallar otra vez. Le miré a los ojos y le dije:

—¡Soy un hombre! He llegado hasta aquí solo, he luchado contra tus sirenas perfumadoras. He luchado contra mí mismo y he vencido. No voy a rendirme ahora, voy a conseguir esa americana y tú no lo impedirás. ¡He visto cosas que te harían enloquecer! No te temo porque he visto el Universo en tus ojos y sé que estás fatigado. ¡No quieres pelear más, pero no me importa, acabaré contigo! ¡Témeme! Pues cualquier otra cosa sería locura insana. ¡Muere! —En realidad me había hecho popó…

—¡Grroaaar! —la Bestia se estremeció con gestos de duda y debilidad, nunca antes le habían hecho frente —¡Tú ganas! Pero… antes, quiero preguntarte algo.

—Dime, oh Bestia cobarde —le contesté.

—¿Has visto la cola que hay para pagar?

—¡Joder! Bufff y solo quedan 4 horas para mi tren… Paso de la americana, te vienes a tomar unas cervazacas, ¿o qué?

Y así fue.

A. I. M