No hay quien la entienda

– ¡Hooombre! ¡La putita del taller! ¿Ya has recuperao tu lengua? ¿O sigue en el culo del jefe? Jajajaja te se ha olvidao ahí, porque se lo estabas chupando, ¿lo pillas? Jajajaja

-Que va Toni… si yo te contara. No va y resulta que llego al despacho del cabronazo aquel y me encuentro ahí a tu madre, sentada en una silla leyéndo en voz alta pasajes de Trópico de Cáncer mientras el desgraciado aquel le daba duro a tu hermana.

– ¿Eh? ¡¿qué?! ¡te rajo cabrón! Jajaja

El resto, los que podían mantenerse erguidos sobre la silla se partían de risa, supongo que por el comentario de Toni. Al menos estaba Sara, en la barra, como siempre, sirviendo ya mi birra.

– A., ¿nunca cambiarás? No te metas con la clientela. Además, Toni no sabrá ni qué es un pasaje y menos quién es Miller.

– Que se joda. Oye, esto es todo espuma.

– Que te jodan a ti.

– Mira que te pones guapa cuando te enfurruñas.

– Que te den.

– Yo creo que es por los morritos que pones.

– Bah, A, déjalo, ahora no te pongas zalamero. ¿Qué tal con el jefe? Ya te dije que yo te podía ayudar. No puedes seguir así…

– ¿Me vas a poner ya una birra en condiciones o qué?

La verdad es que llevaba meses con la lengua en el trasero de mi jefe, arrastrándome como un cerdo entre la mierda. Pero necesitaba el trabajo y la pasta. Y aquel cabrón lo sabía. Lo sabía bien.

– Oye, A… ¿vamos dentro? Me apetece…

– Sabes que tu culito es demasiado caro para mi… y más ahora.

– Eres imbécil, sabes que no te voy a cobrar.

Giró sobre sus tacones y desapareció tras la puerta de la cocina. Ese culo estaba fuera de mi alcance, totalmente. No hay quien las entienda.

– ¿Sabes que ya terminé la novela?

– ¿Ah, sí? Si que te va bien el bar que hasta te sobra tiempo… Ponte contra la mesa, nena. ¿Te sirvieron mis comentarios?.

– No les hice ni puto caso, venga A., date prisa que estoy cachondísima…

Llevaba una minifalda negra, muy cortita, mostrando sus muslos sin medias. Se puso, como le dije, contra la mesa y contoneando las caderas se bajó las bragas rojas deslizándolas sobre sus nalgas, luego sobre sus muslos, sus rodillas hasta sus tobillos, hasta quedar enganchadas en el tacón de su zapato negro izquierdo. Intentó desengancharlas, utilizando su otro pie como gancho y tirando hacia abajo.

– Da igual, nena. No puedo esperar más. Y estás empapada, joder.

– Es que llevo todo el día pensando en tu polla.

Cabrona. Verla así de empapada hasta me mareaba. Aun apenas la había tocado más que para levantarle la falda y ya le deslizaba una gota por el interior del muslo desde el coño camino hacia la rodilla. Se la clavé de un solo golpe, aplastándola contra la mesa mientras le agarraba las caderas con fuerza. La muy zorra se corrió a la segunda embestida. Le flojearon las rodillas y su fuerza pasó a sus uñas que clavó en mi muslo derecho. No hay quien las entienda. La mesa comenzó a zarandearse rítmica y, al principio, lentamente golpeando la pared en cada embestida. El sudor y los fluidos impregnaba la habitación por encima incluso de sus jadeos y del traqueteo de la mesa. Le cogí el brazo, estaba a punto, retorciéndoselo en la espalda y volcando todo mi peso sobre ella. La follába con furia y no tardé en explotar con una enorme corrida.

– Joder, A… no salgas todavía, espera…

No hay quien las entienda. Podía follarse a cualquiera… Se la saqué desparramando nuestros fluidos sobre el pequeño charco que había a nuestros pies.

– Ponme otra cerveza nena, que me tengo que ir.

– Mierda A, ahora no puedo ni moverme. Me tiemblan las piernas, cabronazo.

Ella seguía sobre la mesa, boca abajo, despeinada sudorosa y respirando aparatosamente, con las piernas chorreantes temblándole sobre los tacones, las bragas aún en el suelo y un chorro de semen borboteándole del coño.

– Me la estás poniendo dura otra vez.

– Soy tuya.

– Te he dicho que me tengo que ir.

– ¿A verla a ella?

– Sí, joder.

– Ya hace casi dos años, ¿no?

En realidad no llegaba a un año.  Solo once meses y 5 días.

– Sí. Alguien le escribió a Silvia. Al parecer la convencieron de que ahora soy un tipo decente y que he cambiado. Debió ser alguien muy convincente…

– Qué gilipolleces. Yo le habría escrito sobre tu polla.

No hay quien las entienda, joder. ¿Por qué?

Me la limpié con papel de cocina y me terminé de vestir. Ella se había incorporado se acercó a mi y, metió sus bragas en el bolsillo izquierdo de mi pantalón, entreteniendo su mano dentro por más tiempo del normal y sin apartar su mirada de mi boca ni sus dientes de mis labios convertidos en imaginarias presas. Luego, sin más, se arregló la falda y se peinó.

– ¿Sabes…? Le compré un peluche, un pingüino, como los de aquel día del zoo.

– Venga A, déjate de moñadas, que te pongo esa cerveza.

De verdad, no hay quien las entienda y a esta menos.

– Gracias.

– ¿Por la cerveza? La tienes que pagar. El resto… bueno, ha sido un placer, nene, como siempre.

– No. Por la carta, por todo. No hay quien te entienda.

Ella ya había salido de la cocina, pero me había escuchado, seguro. De verdad, no había quien entendiese a esta mujer.

A.I.M.