El secreto

frances

Era mi amigo, pero el pobre ¿quién lo podría haber imaginado? …  Era un inadaptado y un perturbado (cosas muy moderna hoy en día) y, la verdad, bastante infeliz…  Como quien esconde un secreto horrible. Pero, él lo llevaba bien, pues había enterrado ese secreto en lo más hondo de su mente.  Hasta ese martes. Un martes cualquiera. O miércoles. No nos apetecía a ninguno ir al trabajo, y nos fuimos a su casa . Nos emborrachamos con un tinto horriblemente caro, y sacó  algún tipo de queso podrido. Estábamos filosofando sobre la carencia o no de sentido de la vida, de la suya en particular, y  como sin querer pasamos a hablar de senos (femeninos), de los de su vecina, concretamente  Él decía que eran como dos “petit pain au chocolat”. Supuse que se le habría trabado la lengua o a mi el oído, con aquel vino, todo podía pasar… debí haberme dado cuenta entonces.  La cuestión es que tendríamos que haber parado ahí. Pero no. De las mamellas de su vecina, pasamos a discutir sobre la impronta que un origen geográfico puede tener sobre el tamaño y forma de las mamas de sus habitantas. Él defendía, vehementemente, una correlación entre el tamaño y voluptuosidad de los atributos femeninos y la septentrionalidad de su procedencia. Yo defendía con ahínco una postura mucho menos topográfica y más universal: las bebedoras asiduas de cerveza tienen tetacas, y punto. Ahí estábamos y, de alguna forma totalmente ilógica pero natural, que no recuerdo, pasamos a hablar de la familia: resulta que mi amigo tenía un árbol genealógico por ahí guardado. La conjunción de queso podrido y vino caro había activado el área de su cerebro dónde escondía ese recuerdo que, sabiamente, había sido recluido durante años.  Fuimos a la buhardilla y, efectivamente, tenía un árbol genealógico… o lo que fue un árbol en su día. Tanta crueldad para con un inocente arbolito… tenía que tener un motivo. Le rogué que bajáramos. Que saliéramos de aquel sótano reconvertido en buhardilla. Le supliqué, le agarré, le empujé, le grité pero… era tarde. Sus recuerdos habían despertado. Su cerebro parecía bullir y su cuerpo parecía congelado. Sus ojos se tornaron grises y regaban su cara con lágrimas. Ni un gesto. Ni una mueca. Sin abrir la boca me dijo:

– Irles, ahora lo entiendo. Ahora lo recuerdo todo. ¡Soy francés!

Me quedé sin habla. Un baño de sudor frío, con olor a vino sobrevalorado, me congeló el cuerpo. Ahora lo entendía todo. Todo ese horror latente….

– ¿Qué voy a hacer? – sollozó

Yo no lo sabía. ¿Cómo lo iba a saber?

 

 

A.I.M.

Imágenes: http://scargut.tumblr.com/

 

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