Me tenía que ir

– Me tengo que ir- afirmé secamente tratando de camuflar el duelo que mantenía mi cuerpo con mi mente.

– Sí, tienes… – contestó sin apenas mover sus finos labios que mantenía entreabiertos pero aun enjaulando su húmedo tesoro que vibraba silenciosamente en cada sílaba que pronunciaba a la vez que rozaba los dientes suavemente – … tienes que irte.

Su mano se aplomó sobre mi pecho y sus ojos, antes bajos, subieron por el cuello de mi camisa hasta mi boca ansiosa y callada.  No viajó, su mirada, mas allá, ni yo lo exigí, pues los dos estábamos asustados de lo que podíamos encontrar. Atrapé su mano entre mi pecho y mi mano; y sin atrevernos a apartar la mirada de nuestras palabras mudas, se dejó acariciar allí dónde muere la mandíbula y nace el deseo: ese pequeño recoveco, ese pequeño hoyuelo bajo el lóbulo y en la frontera con el cuello, ese minúsculo punto que, al ser besado con la yema de los dedos, transmite millares de sensaciones, y descargas eléctricas que recorren la espina dorsal y se se reparten para cubrir cada rincón, cada poro… Apretó su mano más todavía, compartiendo así, los dos, el desbocamiento de mi corazón, que bombeaba apresurado.

Nuestras miradas se retaron y mis latidos quedaron suspendidos en otro instante pasado y futuro mientras nuestros párpados, inmóviles, nos hacían gravitar  alrededor de nuestros labios ambiciosos de besos no dados. Milímetro a milímetro nos acercábamos, luchábamos  y nuestros cuerpos se encendían como estrellas a punto de estallar o de morir. Nos sumergimos en las pupilas oscuras del otro y vimos lo que ya sabíamos, lo que cada vez costaba más aceptar: no podíamos.

– Me tengo que ir -traté de convencerme.

– Sí, te tienes que ir -trató de convencerse.

Me tenía que ir y lo sabíamos. Nos convencimos el uno al otro, sin creernos, y, simplemente, me fui y aparecí al otro lado de la puerta, en el lado de la cobardía y de la decencia.

A. I. M.

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