Como el perro y el gato

– ¡Gamón! ¡Gamón! ¡Gamón! ¡Chini! ¿Has visto? ¡Ha ido a la cocina! Va a darnos ¡gamón! ¡gamón! ¡gamón!

– A ver, analfabeto saltarín, rabo loco , onanista profesional… se dice JA-MÓN. Y además, cacho esquizofrénico husmea cacas., ¿no ves que no está abriendo la nevera sino el armario?

– ¡Gamón! ¡Gamón! ¡Chini, chini, chini! ¡Gamón!

– JA-MÓN, con JOTA, como GI-LI-PO-LLAS. Y de “Chini” nada, bastardo chupaculos, me llamo Henri, Henri Chinaski. Me llamaron como el alter ego de Bukowski… y ¿a ti?  A tí, como a una putita barata: Jackie. Tarado…

– ¿No hay gamón? Da igual, Chini, da igual, mira, ¡mira! me lamo las pelotas, ¡mira! ¡miraaaa!

Clic, clic, clic. Desde la cocina, un chico, un joven extremadamente apuesto (hay que decirlo) aunque algo despeinado, con una copa de vino pretencioso y barato en la mano izquierda y el  móvil en la mano derecha, fotografiaba la escena: junto al sofá, en el suelo, un perro pastor con el pelo blanco y negro y con no más de dos palmos de altura, se lamía con ansia – un ansía exagerada y hasta peligrosa según la opinión del casual fotógrafo – las pelotas; sobre él, tumbado en el sofá, un gato romano, con la cabeza sobresaliendo del asiento y con la pata delantera derecha acechando la cabeza del inocente can, al que cada dos o tres segundos propinaba un golpe de su pata, como, imaginó el chico, habría hecho Pavlov a su perro si hubiese sido gato y no un fisiólogo perturbado.

“Mira que monos”  escribía el joven en un whatsapp al que añadía un emoticono de una sonrisita sonrojada antes de enviarlo.

A. I. M.

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