La última copa

Primera colaboración de Otra Resaca Más, y no podía empezar de otra forma que con una copa…

Pero esta vez, será la última copa. Desde @c_delaVida me lanzaron una idea -La última copa- y una fotografía -la que véis abajo. De ahí nació una escena, y Felipe Gómez Rivas le ha puesto su guinda.

Podéis encontrar mucho sobre su forma de ver el mundo y escribirlo en:

http://felipegomezrivas.wordpress.com/

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La última copa

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Mario se agachó resignado, apoyando la mano izquierda en el quicio de la puerta, y recogió el manojo de llaves. Volvió a introducir la llave, esta vez la adecuada, en la cerradura, la hizo girar y entró en casa. Dejo caer las llaves sobre la mesita de la entrada y, después, el abrigo que cayó al suelo.

– Qué tarde, ¿no? -le dijo Irene mientras recogía el abrigo del suelo y lo colgaba en la percha que había tras la puerta – vaya… tienes cara de cansancio… ¿qué tal la tarde?

Mario no contestó más que con una especie de gruñido y un esbozo de media sonrisa que parecía incluso dolerle.

– Bueno, queda algo de comida en el micro, ¿te la caliento? ¿estás bien?, ¿Mario?

– Sí, sí, solo estoy cansado y… ¿te acuerdas de Luis? Ya lo caliento yo, tranquila – y encendió el microondas – El amigo de Sara, ¿sabes quién digo?… Lo he visto hoy, en el bar. Ha sido muy raro, no sé…

Mario apoyó la espalda contra la nevera mientras se masajeaba las sienes con los dedos corazón y anular de ambas manos y miraba a Irene en la cocina, de espaldas a él, recogiendo la mesa. Claro que se acordaba de Luis, cómo no se iba a acordar, pensó Mario.

– Ha venido y me ha pedido un gin tonic y un vodka limón. No, un vodka con… tónica, eso, con tónica. Pensé: sigue igual de raro. Parecía que no me había reconocido, pero al dejarle los dos vasos, me ha dicho: gracias, Mario.

– ¿Vodka con tónica? qué raro… el era más de ron –  musitó Irene casi para si misma –  pero bueno, no es tan raro, ¿no?

– No sé… me ha dicho “gracias, Mario” y casi ni me ha mirado. Pero el vodka no era para él, eso no era tan raro. Esperaría a alguien… no sé, supongo. Pero el gin, el gin… ¡se lo ha bebido de un trago! Y el vodka ahí, a su izquierda… muy raro.

– No lo veo tan raro, Mario, es que estás cansado.

– Puede… por cierto, ¿qué estoy calentando? huele fatal… como a pedo…

Irene, astutamente, había salido de la cocina justo cuando vio como Mario inflaba las aletas de la nariz, y con una sonrisita pícara en los labios, desde el salón, dijo:

– Es la coliflor que hizo tu madre, dice que te encanta.

Pero Mario no la estaba escuchando. Estaba pensando en Luis y en esa copa, la última que había servido esa noche…

A. Irles M.

Pero Mario no la estaba escuchando. Estaba pensando en Luis y en esa copa, la última que había servido esa noche. El pitido del microondas lo extrajo de sus pensamientos, la cena estaba lista. Esbozó una sonrisa en su rostro, el olor de la coliflor le hizo recordar las interminables discusiones que había tenido con su madre por culpa de aquel pestilente e insípido vegetal.

Lo intentaba una y otra vez, pero lo único que conseguía era dar vueltas en la cama. No podía parar de pensar en la escena del bar, en Luis y en esa copa que dejó a su izquierda. Luis siempre había sido un tipo simpático y sociable, aunque ciertos aspectos de su personalidad hacia de él un tipo bastante extraño, pero nunca lo había visto así.

– Cariño…¿Estás despierta?

– Por Dios Mario… son las 3 de la mañana…¿Qué te ocurre?

– No puedo dejar de pensar en Luis, no se encontraba bien cariño, deberías de haberlo visto, era como un…fantasma, estaba ausente… más de lo normal en él.

Irene encendió rápidamente la luz de su mesita de noche. Su rostro lucia un color amarillo blanquecino. Sus ojos reflejaban una gran sorpresa,así como un cierto temor.

– Mario… ¿De qué has dicho que pidió la copa que dejo a su lado?

– Vodka con tónica ¿Por qué cariño?

– Dios mío… ¿No te acuerdas? ¡Es la bebida que siempre pedía Ana!

Mario se quedó completamente petrificado. Un escalofrió le recorrió todo el cuerpo, notó como se le secaba la garganta y como el corazón se le paraba durante un par de segundos. Fue entonces cuando recordó aquella bebida y todas las piezas del puzzle encajaron:  Ana, el gran amor de Luis, había fallecido trágicamente hace año y medio.

Una gran pena y tristeza inundó a Mario.  El Luis que el conoció ya no existía. Se había transformado en un espectro condenado a vagar por el mundo aguardando una simple oportunidad, una última copa con la que despedirse de ella.

Felipe Gómez Rivas.

7 comentarios en “La última copa

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