El último sms

Segunda colaboración de Otra Resaca Más, (!me voy a acabar acostumbrando!)

Para celebrar San Valentin, Nei (@putaintensidad), le ha dado principio a una historia que yo tenía en mente.

Espero que os guste, y no dudéis en pasar por  http://putaintensidad.wordpress.com/ y averiguar más de ella.

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El último sms

Estaba apoyado en la parada del autobús, fumando, cada calada le ensanchaba los pulmones y se los congelaba por la temperatura de la calle, hacía frío, llovía… una señora con perro patada estaba sentada en el banco a su lado, y no dejaba de dar grititos con una voz chillona al pobre animal.
– “Muy bien, Bobby, siéntate”
El puto perro no le hacía ni caso, miraba hacía otro lado y de vez en cuanto se rascaba una oreja con la pata trasera con indiferencia.
El puto bús no llegaba, y ella le estaría esperando, pasando el mismo frío que él, sentada en el bordillo de alguna acera o en algún murillo bajo, balanceando las piernas como solía hacer.
Pensó en la noche anterior, cuando por fin se decidió a besarla; en el calor de su piel, en su olor, en lo frágil y delicada que parecía, tan pequeña, tan pálida y rubia con los ojos tan claros, no quería hacerle daño, ninguno, él había estado con miles de chicas y ninguna se parecía a ella, era esa inocencia, ese candor, lo que le volvía loco… y estaba dispuesto a esperar lo que hiciera falta.
Mira su reloj de pulsera y suspiro, 30 minutos tarde, sabia que le esperaría, porque le quería, se lo había dicho aún sin obtener ninguna respuesta de él, varias veces, sin esperar nada a cambio, no se merecía que nada la hiciera sufrir, iba a cuidar de ella, como no lo había hecho nadie.
Sacó el móvil después de todas esas reflexiones y se puso a escribir.
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Al mismo tiempo, en un lujoso loft, no lejos de ahí….
– Te dije que hoy te iba a dedicar todo el día, todo para ti – dijo sin contener la sonrisa y terminando de meterse los faldones de la camisa en el pantalón. – y ahora, te voy a preparar tu plato especial, como te dije… no me creías, ¿a que no?

A. no podía disimular la sonrisa, la alegría le desbordaba lo pulmones. Cuando salía del cuarto, sacó de su bolsillo un pequeño mando a distancia y pulsó el pequeño botón dónde ponía “encendido”. Va a ser genial, se decía, todavía más de lo que lo está siendo, han sido los días más increíbles de mi vida y…va a ser para siempre. En la cocina, la cena estaba a punto, el servicio de catering de la empresa de A. lo había organizado todo, solo debía sacar la fuente del horno y descorchar el vino. ¿Dónde pondría el anillo? Estaba seguro de que iba a decir que sí, era imposible que le dijera que no, después de lo que le había dado… Guardó el mando en su bolsillo izquierdo de su pantalón  y sacó el estuche del anillo. Se lo pondría en la bandeja, definitivamente.

– ¡Cariño! ¡Ahora voy, cielo, dame un minuto!

Agarró la botella de vino chileno que había encargado especialmente para la noche: Amor, se llamaba el vino. Descorchó la botella, y se acercó el corcho a la nariz. Huele a felicidad y a paz, dijo en voz baja, a la vez que asiraba los aromas. Un móvil sonó en el salón. Un bip bip que señalaba que Ella había recibido un mensaje. ¿Quién sería?, se preguntó A. ligeramente nervioso, pero no, hoy nada podría negarle la armonía espiritual que había logrado alcanzar.

En el salón, ella seguía arrodillada frente al sofá, con el torso recostado sobre el mismo, y la falda de tubo, de color azul marino, enrollada alrededor de su cintura. Las manos, esposadas a su espalda, no se separaban de sus nalgas, dónde había clavado sus uñas negras, que ahora lucían pequeñas gotas de sangre roja sobre la laca. Sobre la espalda descubierta, descansaba, pacíficamente, la cola de la corbata de A., anudada con violencia sobre el cuello de ella, con tanta violencia, que la arteria y venas de su cuello parecían querer reventar. Una lágrima azul resbalaba por su mejilla, a la vez que una espesa gota de semen colgaba hasta el suelo desde los pelos más cercanos a sus labios vaginales. El sonido del consolador en forma de taladro que la violaba sin pasión ni descanso no consiguió ahogar el sonido del sms que le acababa de llegar. La luz de su móvil, en el lateral del bolso, parpadeaba tras una espesa niebla roja. Pensó en gritar pero su intento de desahogo murió oprimido en su garganta y sus ojos se cerraron a la vez que el móvil cejó en su empeño de brillar.

A. entró en el cuarto, con dos copas de vino en la mano derecha y la botella descorchada en la izquierda.

– ¿Quien te escribe, cariño? -dijo tras dejar la botella en la mesa y con el movil de Ella ya en la mano. – ¿te importa que lo lea?

Pero ella ya no escuchaba.

A. Irles M.