Pregúntale al Polvo (Cap 4), John Fante

askthedust

SPRING STREET, un bar del otro lado de la calle, justo enfrente de la tienda de artículos usados. Fui allí a tomar una taza de café con los últimos cinco centavos que me quedaban. Lugar a la antigua usanza, serrín en el suelo, las paredes manchadas con desnudos dibujados con tosquedad. Era un bar donde se reunían los viejos, donde la cerveza era barata y dominaba un olor agrio, donde el pasado se mantenía incólume. Me senté a una de las mesas pegadas a la pared. Recuerdo que había apoyado la cabeza en las manos. Oí la voz femenina, pero no alcé los ojos. Recuerdo que dijo «¿Qué va a ser? » y yo creo que le contesté que un cortado. Permanecí inmóvil hasta que me pusieron la taza delante, mucho tiempo permanecí de aquella suerte, pensando en la irremediabilidad de mi destino.


El café era una bazofia. Al cortarlo con la leche me di cuenta de que la leche no era leche, ya que adquirió un color grisáceo y me supo a trapos hervidos. Eran mis últimos cinco centavos y se me encendió la sangre. Busqué en derredor a la chica que me había servido. Estaba a cinco o seis mesas de distancia, sirviendo las cervezas que llevaba en una bandeja. Me daba la espalda y advertí la morbidez tersa de sus hombros debajo del uniforme blanco, la delicada línea de los músculos del brazo, y el pelo negro, espeso y reluciente, que le caía sobre los hombros.
Se volvió por fin y le hice una seña con la mano. Su interés no pasaba de superficial, ya que se limitaba a dilatar los ojos con una expresión de frialdad aburrida. Descontando el perfil de la cara y el brillo de la dentadura, no era una mujer hermosa. Pero en aquel instante se volvió y sonrió a uno de sus maduros clientes y le aprecié una raya blanca en el borde del labio. Tenía la nariz maya, chata, de aletas grandes. Llevaba los labios sobrecargados de pintura y poseían el grosor de los labios de las negras. Era un modelo racial y como tal era una mujer hermosa, pero al mismo tiempo me resultaba extraña. Tenía los ojos muy sesgados, la piel oscura aunque no negra, y al andar los pechos se le movían de un modo que revelaba su firmeza.
Dejó de hacerme caso después de aquel primer cruce de miradas. Se acercó a la barra, donde pidió más cerveza y esperé a que se la entregara el camarero delgado. Se puso a silbar mientras aguardaba, me miró de forma indirecta y siguió silbando. Yo había dejado de hacerle señas porque había dejado bien claro que quería que se acercase a mi mesa. De súbito, abrió la boca al techo y se echó a reír por el más insondable de los motivos, tanto que hasta el camarero se la quedó mirando con asombro. Entonces se alejó bailoteando, girando la bandeja con gracia, sorteando las mesas hasta que llegó junto a un grupo situado al fondo del local. El barman la seguía con los ojos, sorprendido aún de la risa femenina. Yo, sin embargo, comprendí el motivo. La risa era por mí. Se reía de mí. Algo había en mi aspecto, mi cara, mi postura, algo en el hecho de estar allí sentado que le había hecho gracia, y mientras pensaba en ello, apreté los puños con fuerza y medité sobre mí mismo con rabia y humillación. Me palpé el pelo: iba peinado. Me palpé el cuello de la camisa y la corbata: todo estaba limpio y en su sitio. Me estiré hasta alcanzar la altura del espejo que había detrás de la barra y en él vi, desde luego, una cara enjuta y preocupada, pero ningún mono en ella, cosa que me irritó más aun.
Esbocé una sonrisa de desprecio, la miré con fijeza y sonreí con desprecio. No se acercaba a mi mesa ni por asomo. Pasó muy cerca, incluso se aproximó a la mesa contigua, pero no se arriesgó a ir más allá. Cada vez que veía su faz oscura, los grandes ojos negros que relampagueaban de hilaridad, los labios se me curvaban en una mueca que quería ser sonrisa de desprecio. Se convirtió en un juego. El café se puso tibio, luego frío, un grumo de leche afloró a la superficie, pero no me lo tomé. La chica se movía como una bailarina, sus fuertes piernas de seda formaban montoncitos de serrín cuando sus zapatos raídos se deslizaban por el suelo de mármol.
Los zapatos eran sandalias y llevaba las tiras de cuero aseguradas con varias vueltas alrededor de los tobillos. Eran unas sandalias que se caían a pedazos; el cuero trenzado se había deshilachado. Al verlos me puse muy contento porque era un defecto criticable que tenía la chica. Era alta, de espalda muy recta, tendría unos veinte años, impecable a su manera, con excepción de aquellas sandalias que estaban hechas un asco. Así que me puse a mirarlas con fijeza, intensidad y premeditación, e incluso giraba la silla y volvía la cabeza para seguir mirándolas, al tiempo que sonreía con burla y reía para mis adentros. Estaba dejando bien claro que sus sandalias me hacían tanta gracia como a ella mi cara, o lo que fuera. La situación produjo un efecto eficaz en la muchacha. Poco a poco se fueron apagando su bailoteo y sus piruetas, se fue limitando a correr de un lado para otro y al final acabó por servir los pedidos más bien con discreción. Estaba turbada y en cierto momento vi que bajaba los ojos con rapidez, que se miraba el calzado y que al cabo de unos minutos dejaba de reír; en la cara se le dibujó una mueca de resentimiento y al final no hacía más que mirarme con odio.
Yo no cabía en mí de satisfacción, presa de una alegría extraña. Me sentía relajado. El mundo estaba lleno de gente la mar de divertida. El barman delgado echó una mirada en mi dirección y le hice un guiño de complicidad amistosa. Cabeceó con ademán de comprensión. Lancé un suspiro y me retrepé en la silla, reconciliado con la existencia. La chica no me había cobrado los cinco centavos del café. Tendría que hacerlo; si no, los dejaría en la mesa y me marcharía. Pero yo no estaba dispuesto a marcharme. Esperé. Transcurrió media hora. Cuando la joven corría a la barra por más cerveza, ya no se quedaba esperando, a la vista de todos, apoyada en el pasamanos. Por el contrario, se colaba detrás del mostrador. Y ya no me miraba, aunque yo sabía que ella sabía que yo la observaba.
Por fin vino a mi mesa directamente. Se acercó con altanería, con la barbilla alzada, con los brazos en los costados. Quise mirarla, pero no podía alzar los ojos. Miré a otra parte, sin dejar de sonreír.
—¿Quiere alguna otra cosa? —me preguntó.
El uniforme blanco le olía a almidón.
—¿A esta mierda le llamáis café? —dije.
Se echó a reír de pronto. Fue un alarido, una carcajada demencial semejante a un tintinear de platos y que terminó con la misma brusquedad con que había comenzado. Volví a mirarle los pies. Intuí señales de retroceso en su interior. Tuve ganas de ofenderla.

—A lo mejor no es café —dije—. A lo mejor es el agua que ha quedado después de hervir en ella esos zapatos tan cochinos que calzas. —Alcé la mirada y contemplé sus ojos negros y relampagueantes—. Puede que no sepas hacerlo de otra manera. A lo mejor eres torpe y desmañada por naturaleza. Pero si yo fuera mujer, no me verían con unos zapatos como ésos en una travesía de Main Street.
Jadeaba cuando terminé de hablar. Los gruesos labios le temblaban y los puños que tenía metidos en los bolsillos se retorcían bajo la rigidez del almidón.
—Eres odioso —dijo.
Sentí su odio, lo olí, incluso lo oí brotar de toda ella, pero me limité a sonreírle otra vez con desprecio.
—Esa era mi intención —le dije—. Porque ganarse tu aborrecimiento es propio de personas de categoría.
Dijo entonces algo muy raro; lo recuerdo con claridad:
—Ojalá te mueras de un ataque al corazón. Ahora mismo, en esa silla.

Aunque me eché a reír, aquello la dejó satisfecha. Se alejó sonriendo. Volvió a acercarse a la barra, en busca de más cerveza, y sus ojos corrieron a posarse en mí, brillantes a causa de la singular maldición, que, aunque no me apagó la risa, me puso incómodo. Volvió a moverse con paso de baile, a deslizarse de mesa en mesa con la bandeja en la mano, y cada vez que yo la miraba, ella me maldecía con su sonrisa, hasta que la coyuntura me produjo un efecto misterioso y comencé a ser consciente de mi interioridad, de mis órganos, de mis latidos cardíacos y de mis conmociones gástricas. Supe que no iba a volver a mi mesa y recuerdo que el detalle me alegró, y que una inquietud anómala se apoderó de mí, tanto que estaba deseoso de huir de aquel lugar, de huir del alcance de su inmutable sonrisa. Antes de irme hice algo que me complugó muchísimo. Saqué los cinco centavos del bolsillo y los dejé en la mesa. Y derramé encima la mitad del café. La chica tendría que secar el líquido con el paño. La cochinada aquella de color marrón se extendió casi por toda la mesa y cuando me puse en pie para marcharme goteaba ya en el suelo. Al llegar a la puerta me detuve para mirarla una vez más. Me sonrió del mismo modo que antes. Hice un gesto con la cabeza hacia el café derramado. Agité los dedos en señal de despedida y salí a la calle. Me sentía a gusto otra vez. Y otra vez me dominaba la sensación de antes, la sensación de que el mundo estaba lleno de detalles divertidos.
No recuerdo lo que hice después de dejar a la chica. Es posible que fuera a la habitación de Benny Cohen, que daba a Grand Central Market. Tenía una pata de palo y una ventanilla en la pata. En el interior escondía cigarrillos de marihuana. Los vendía a quince centavos la unidad. Además vendía periódicos, el Examiner y el Times. Tenía un cuarto lleno hasta el techo de ejemplares de The New Masses. Quizá me pusiera triste Benny, como siempre, porque tenía un concepto muy pesimista del mundo futuro. Quizá me pusiera los dedos sucios bajo la nariz y me acusara de haber traicionado al proletariado del que yo procedía. Quizá, como siempre, me ordenase salir de la habitación, temblando como un flan, y yo bajara las escaleras mugrientas y saliese a la calle engalanada de niebla, ávido de cerrar los dedos alrededor del cuello de un imperialista. Quizá sí, quizá no; no me acuerdo. Pero sí recuerdo la noche que pasé en mi cuarto, con las luces rojas y verdes del St. Paul Hotel iluminando intermitentemente la cama en que yo dormía, en que tirité y soñé con la cólera de la camarera, con la forma de ir bailoteando de mesa en mesa, y con la luminosidad negra de sus ojos. Lo recuerdo perfectamente, hasta el punto de olvidar que era pobre y que no se me ocurría nada en absoluto para comenzar un cuento. Fui a buscarla al día siguiente por la mañana. No bien dieron las ocho cuando ya estaba yo en Spring Street. Llevaba en el bolsillo un ejemplar de El perrito rió. Cambiaría la opinión que tenía de mí si leía la historia. Había firmado el ejemplar y lo llevaba en el bolsillo trasero, listo para sacarlo a la menor observación. Pero el local estaba cerrado a hora tan temprana. Se llamaba Columbia Buffet. Pegué la nariz al ventanal y miré el interior. Las sillas estaban amontonadas sobre las mesas y un viejo con botas de goma fregaba el suelo. Anduve un par de manzanas, el aire húmedo, azulenco ya a causa de los gases carbónicos. Me pasó por la cabeza una idea genial. Saqué el ejemplar de la revista y borré la firma. En su lugar puse:

«A una princesa maya de un gringo insignificante».

No estaba mal, era justo lo que convenía. Volví al Columbia Buffet y golpeé el ventanal. El viejo abrió la puerta con las manos mojadas, el pelo chorreándole sudor.
—¿Cómo se llama la chica que trabaja aquí? —le pregunté.
—¿Te refieres a Camila?
—La que estaba trabajando aquí anoche mismo.
—Sí, es ella —dijo——. Camila López.
—¿Querría entregarle esto? —dije—. Personalmente, por favor. Dígale que vino un tipo y que le dijo que se lo diera.
Se secó las manos goteantes en el delantal y cogió la revista.

—Tenga cuidado —dije—. Es de valor.
El viejo cerró la puerta. Por el escaparate le vi volver cojeando donde le esperaban el cubo y el mocho. Dejó la revista en la barra y siguió trabajando. Una brisa ligera agitó las páginas de la revista. Mientras me alejaba tuve miedo de que el viejo se olvidase. Cuando llegué al Civic Center me di cuenta de que había cometido una grave equivocación: una dedicatoria como aquélla no impresionaría a una chica así. Volví corriendo al Columbia Buffet y golpeé el ventanal con los nudillos. Oí los gruñidos y maldiciones del viejo mientras trasteaba con la cerradura. Se enjugó el sudor de los ojos ancianos y volvió a tenerme ante si.
—¿Podría devolverme la revista? —dije—. Quisiera escribir una cosa.
El viejo no entendía nada de nada. Cabeceó, suspiró y me dijo que pasara.
—Cógela tú mismo, coño —dijo—. Yo tengo trabajo.
Abrí la revista encima de la barra y borré la dedicatoria a la princesa maya. En su lugar puse:

«
Distinguida Zapatos Rotos:


Tal vez no lo sepas, pero anoche ofendiste al autor de esta historia. ¿Sabes leer?
De ser así, invierte quince minutos de tu tiempo y permítete el lujo de saborear una
obra maestra. Ten cuidado la próxima vez. No todos los que entran en este cuchitril
son pordioseros.

Arturo Bandini

»
Tendí la revista al viejo, pero no apartó los ojos de la faena.
—Désela a la señorita López —dije—. Y procure que llegue directamente a sus manos.
El viejo soltó el mocho, se limpió el sudor de la cara llena de arrugas y señaló con el dedo la puerta principal.
—¡Largo de aquí!—dijo.
Volví a dejar la revista en la barra y me alejé con parsimonia. Al llegar a la puerta me volví y saludé al viejo con la mano.

 

John Fante

Pregúntale al Polvo, Capítulo 4