Y se encontró un kiwi (colaboración)

Nueva colaboración en “Otra Resaca Más…”, bueno, esta vez, es un aporte completo: un buen amigo, no muy allá de la olla, me mandó esta historia. Espero que os guste (si os gusta más que mis textos, no lo digáis, cabron@s!)

Y de paso, os notifico que sigo vivo. La frecuencia (y hasta creo que la calidad) de mis publicaciones está bajando, pero voy a tener una charla conmigo mismo para solucionar esto.

Y se encontró un kiwi

Juanito, de los árboles y de las fresas, o así le gustaba que le llamaran, iba andando por el bosque y se encontró un kiwi. Este elemento frutal tenía uno de los mejores lejos que ha podido tener una fruta, pero de cerca, mirándolo detenidamente a eso de medio metro de distancia, inspiraba un fuerte sentimiento de atracción, casi podías oír un coro de querubines selectos entonando sus mejores notas. Tenía una piel que el pensar solo en tocarlo producía una experiencia cercana al orgasmo. El olor tenía ligeras tonalidades de madreselva y freesías, eclipsando cualquier olor de los alrededores, algo nunca visto en un kiwi. Juanito deseaba más que nada hacerlo suyo. Pese a nunca haber deseado un kiwi, sentía como si hubiera nacido para esto, como si su vida se hubiera ido entrelazando para finalmente tejer este momento. Sin embargo, sentía también gran desasosiego, como si aquello estuviera terriblemente mal. “Es que no puedes ir por ahí cogiendo cualquier kiwi que te encuentras”, se decía una y otra vez. Pero había una fuerza superior, el destino pensaba, que le atraía irrefrenablemente hacia la fruta. Se acercó sigiloso, como si el postre se fuera a asustar, y cuando ya estaba bien cerca, se abalanzó sobre él cual tigre hambriento. Al cogerlo, los cantos celestiales se hicieron más intensos que nunca.

 

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Ya en casa la emoción le embargaba. Al acariciarlo suavemente notó que la piel era aun más suave de lo que parecía. El olor más intenso y delicioso, cuando inspirando fuertemente, restregaba su gran y bulbosa nariz sobre él. Impaciente, como si no hubiera mañana, lo puso encima de la mesa y abrió todos los cajones de la lacena buscando el cuchillo idóneo. ¡No se podía cortar con cualquier instrumento! se quitó la ropa suavemente, tratando de alargar el momento. “No te abalances Juanito”, se decía. Se sentó frente a la mesa conteniendo el aliento. Allí lo tenía, delante de él, inmóvil,  todo lo que él deseaba, el mayor diamante, el ídolo oculto, el santo grial, la fruta prohibida, estática y esperando a ser cortada. Aproximó el cuchillo lentamente y la habitación se llenó de una música nunca compuesta por nadie pero ya en la tierra, ya no era sagrada, ahora se podía escuchar sin perder la cordura. Hizo la primera incisión y el líquido del kiwi fluyó lentamente, de un color más suave, más pastel. Juanito no se podía contener, sus papilas gustativas estaban a punto de estallar. Cortó finalmente, poco a poco, disfrutando del momento. Todos sus sentidos estaban en alerta y su concentración era absoluta. Empezó a hacer rodajas finas para aquel instante no terminara. El líquido empezó a deslizarse suavemente sobre la mesa poniendo a Juanito en estado de alarma, “¡Nada se podía derramar de aquel fluido supremo!”, pensó, aquel  néctar de los dioses solo estaba destinado a fundirse con él. Hinchó su blancuzca lengua todo lo que pudo y la colocó como un cuenco intentando contener hasta la última gota, y sin pausa siguió su curso. “¡Así sabe la vida!” quiso gritar de alegría. Pero las palabras, como piedras, no salieron de su boca. ¡Qué tristeza le inundaba! ¡Qué extraña mezcla de pasión y llanto!   Pues creyó comprender que para probar la vida has de antes quitarla. ¡Qué pecado sin nombre! ¡Qué frenesí amargo! Sin retorno se entregó a su labor. Acarició, con sus labios mojados de lágrimas, el terso interior del kiwi hasta que los dientes entraron suavemente en la pulpa. Desgarró la piel y devoró la carne, y cuando el jugo se filtró hacia lo más profundo, el tiempo recobró su hambre.

 

J. R.

(Imagen cortesía de A. P.)

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