La playa – ejercicio de subjetividad

 La playa de un niño

(Una playa, un niño, dos miradas)

Colaboración con JD – http://www.tusrelatos.com/autores/jose-david

 

 Tres líneas casi rectas dibujadas en el suelo con la punta de una vara señalaban las ficticias fronteras que separaban el mundo de Yago del resto de la alargada playa. Un pequeño territorio, de apenas unos metros cuadrados, delineado, en el lado más alejado del agua, con la sombra que proyectaba el peñasco de rocas afiladas al que no le dejaban acercarse sus padres bajo ningún concepto.

Una prohibición que él había, a su manera, burlado, al utilizar su sombra como linde de sus territorios. De cuclillas, con el gorro de pescador, que debía llevar a todas horas, convertido en un saco para transportar piedras, Yago jugaba con la vara que había conseguido en su primera y única incursión al peñasco. Con ella dibujaba y redibujaba las lindes de su territorio según la sombra del peñasco le robaba milímetros o, como sospechaba que pasaría en breve, alguna ola atacara su fuerte. En ese caso, lo estaba planeando, se afanaría en endurecer rápidamente la tierra mojada, utilizando sus pies como apisonadora y volvería a dibujar la línea. Y si el mar se envalentonaba en demasía, haría una barrera con las piedras de su gorro. Pero no solo esa frontera corría peligro. Justo un escarabajo acababa de violar la frontera contraria. Un pequeño escarabajo que zigzagueaba entrando y saliendo de su territorio, riéndose de Yago. Lo intentó empujar con el palo, incluso aplastarlo, pero la arena estaba tan suelta que solo conseguía que se hundiera brevemente y luego volviera a trepar por los montículos. Hasta que el insecto se enganchó, por sí mismo al palo. Yago lo observaba de cerca, con curiosidad, ensimismado en su total negrura y sus patitas de movimientos mecánicos.

–  Solo tienes seis patas. Entonces eres un insecto. Las arañas no son insectos, pero lo parecen. Pero tienen ocho patas y montones de ojos. Como los pulpos, que tienen ocho patas. Pero las arañas pican y pueden ser peludas y le dan miedo a la tonta de mi hermana y sus amigas. Los pulpos son como chicles. Y tienen un pico, como los loros. Pero los pulpos y los escarabajos no se parecen. Las arañas y los escarabajos sí…

Yago acababa de tener una idea lo suficientemente divertida como para no preocuparse de la ola que acababa de borrar su frontera marina. Ágilmente, consiguió que el escarabajo pasara del palo a la palma de su mano y haciendo una jaulita con la otra, se levantó de un salto y salió disparado como un galgo, con su “peligrosa” captura encerrada en su mano, hacía dónde estaba su hermana.

A. I. M.

*****

Playa espacio subjetivo

Se detuvo frente a ella, mirada traviesa, sonrisa asomando en la comisura.

-¿Qué quieres? –preguntó ella, alerta.

Yago abrió la palma de la mano y el escarabajo infernal comenzó su andadura.

En la playa, la chiquilla corrió desesperada: gritos y carreras de vértigo sobre la arena.

Yago cruzaba la frontera como buen perseguidor, pero de pronto, se detuvo.

<<Las hermanas solo tienen dos patas –razonó- No parecen insectos, pero lo son.

Y corren cuando ven que otro insecto las puede comer, aunque sean más pequeños. Además las hermanas son tontas>>

Su hermana se alejaba mucho y hacía calor. Decidió dejar la persecución para más adelante.

Las barricadas quedaban a su derecha. Se dirigió hacia allí con su compañero bien agarrado entre sus dedos. Aquel era el territorio de los enemigos: debían de estar escondidos tras las trincheras.

Ideó la estrategia, calculó la altura de las montañas de arena y el tamaño de su amigo. Le miró muy seriamente, le susurró coordenadas y planes de ataque, le infundió confianza:

-Eres un guerrero –le dijo.

Y le soltó para hacer frente al batallón escondido.

-¡Yago! Vuelve aquí –escuchó.

Dubitativo, miró en todas direcciones, aún no había rastro del enemigo. Pero el soldado avanzaba, firme, hacia delante.

-¡Yago!

A la segunda vez, Yago decidió obedecer ante la sorpresa de la voz que le llamaba. Yago tenía un nuevo objetivo.

¡Las olas!

-¡Os descubrí! Sé que andáis escondidos en el agua –chilló al pasar al lado de una familia desconcertada.

-Tenéis un hijo gilipollas –razonó la hermana.

Yago entró en el azul, se mojó los pies, las piernas, se abalanzó sobre las olas, cruzó el océano y, de pronto, ¡recordó! ¡El barco enterrado con su tesoro!

Comenzó a bucear concienzudamente, a sumergirse en otros mundos de otras olas palpando y tocando fondos tenebrosos, escarbando, descubriendo, indagando, totalmente ajeno a las voces paternales que reclamaban su atención de nuevo y a su insecto-hermana que le miraba y suspiraba.

JD

 

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