Cruce de caminos

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Yo conducía y ella giraba y giraba el mapa. Cuatro giros después, lo arrugó y lo guardó en la guantera. Queríamos divertirnos: yo llevaba mi viejo panamá que rozaba el techo del coche y ella su pañuelo rojo al cuello. Pero en dos días no habíamos hecho más que deambular por carreteras semi abandonadas y aburridas. Entonces fue cuándo paramos en aquél motel con gasolinera y bajé del coche. “¿Quieres algo?”, le pregunté. “Una coca cola”, me dijo.

No nos hacía falta echar gasolina pero quería descansar y, además, ese motel (La Autoestopista) no salía en el mapa que ya había memorizado yo antes. Tenía curiosidad. Entré a la recepción y golpeé la campanilla. Tenía la esperanza de encontrar a una recepcionista como las que imaginaba mientras conducía, pero era un señor gordo y desagradable. “Una coca cola y una litrona”, le pedí. El teléfono me vibró con un mensaje: “David, pilla dos litronas más, tenemos compañía. Creo que por fin vamos a tener algo de diversión…” Miré por la cristalera y vi a un tipo, más o menos de mi misma edad, con un panamá novísimo, sentado sobre el capó de mi coche, mirando hacia el motel y fumando un pitillo. Junto a él, apoyada en la ventanilla de Charlotte, con la cabeza casi dentro del coche, vi unas jóvenes, largas y blancas piernas de chica. Llevaba unos botines marrones y de ahí, nada más hasta donde casi nacían sus nalgas, dónde entonces aparecían unos cortos (cortísimos) pantalones vaqueros claros y deshilachados. Tenía una de las dos piernas ligeramente doblada hacia delante, acariciando la puerta de mi coche con su rodilla desnuda y a la vez jugueteaba con el suelo, dibujando pequeños círculos en él con la punta de su botín. “Vaya, vaya… ¿quién es la jovencita? ¿llevo whisky también? Por cierto… usar el móvil junto a los surtidores es peligroso” le contesté. Parecían tener una charla amena. Él seguía sentado en el capó, mirando hacia la tienda. No me contestó pero pedí el whisky igualmente y pagué. Cuando volví a mirar, la chica y el hombre se estaban metiendo en el coche. Salí del local, me dirigí hacia allí y me senté en el asiento del conductor.

– Hola, cariño, esta es Lola, aunque algo mayor que la Haze – me dijo Charlotte con una sonrisa pícara y lanzándome un guiño.

– Y tú serás Humbert, ¿no? – bromeé con el tipo del panamá justo cuando este lo dejaba cuidadosamente sobre la bandeja del maletero.

– ¿Humberto? No, se llama Dusty y no habla mucho. Acabamos de conocernos…hacemos autoestop y vamos… ¡dónde vayáis vosotros! – dijo la joven mirándome a través del espejo retrovisor -¿qué es eso? ¿whisky? ¡Genial!

Arranqué sin prestar mucha atención al tipo, que no dijo ni , pero sin parar de observar a la chica, que respondía a mis miradas a través del espejo. Tenía el pelo rojo, totalmente rojo, y muy corto. De la parte superior de su oreja izquierda, de entre dos mechones rojos, asomaba un aro plateado. Bajo su mirada lucían unos labios carnosos, húmedos y con restos de carmín color rojo intenso. Se acercó a nosotros y, sacando la cabeza entre los dos asientos, agarró la botella de whisky que yo apretaba entre mis piernas. Antes de quitármela, mientras le rodeaba el cuello de cristal con sus dedos, dejó a mi vista un tatuaje de un pequeño corazón en el dorso de su dedo anular. Después me la arrebató de entre las piernas, le rompió el precinto, le desenroscó el tapón, echó un trago, se la ofreció a Charlotte y, apoyando sus manos sobre nuestros hombros, dijo “bueno… ¿dónde vamos?” Estuve conduciendo durante media hora, combinando los tragos con la risa, con los juegos de miradas y con los roces casuales: Charlotte rozaba mi mano sobre el cambio de marchas; Lola acariciaba el pelo de Charlotte; el pelo de Lola, al girarse, cosquilleaba mi oreja; Charlotte acariciaba los labios de Lola, en la comisura, y le limpiaba el carmín “cariño, tienes un poco de carmín aquí… no aquí no, aquí, mira… sí ahí… qué bonito color ¿russian red?”. Quedaba solo media botella de whisky. “¿Paramos?” dije ansioso. “Dusty puede conducir” dijo Lola. Yo ya me había olvidado de él. “Está bien, que conduzca él y seguimos hasta algún sitio donde podamos… David, ¿te pasas al asiento trasero con Lola?”. Paré el coche en el arcén y me intercambié el sitio con Dusty, que aun no había dicho ni palabra.

– ¿Por qué no te quitas el sombrero? – me dijo Lola mientras me lo quitaba ella misma y apoyaba su otra mano en mi rodilla – este te queda mejor – y me puso el sombrero de Dusty. – os parecéis mucho, ¿no?

Por el retrovisor, Dusty me clavó la mirada. Vi como ponía la mano sobre la rodilla de Charlotte. Y yo acerqué mi pierna todo lo posible a la de Lola, hasta casi que las dos parecían formar una sola. Su mano, la de él, poco a poco subía, muy lentamente, abarcando casi todo el ancho del muslo desnudo de Charlotte. Y la mano de Lola, muerta en mi rodilla, parecía desmayarse. Y él clavaba su mirada en mi, sin casi prestar atención a la carretera. Entonces él inclinó la cabeza, le dijo algo al oído, y ella empezó a reír tímidamente, ocultando su sonrisa tras sus dedos. Lola, ahora, apoyaba su pelo sobre mi cuello y sus mano derecha sobre mi pecho… “estoy cansada”, musitaba, “tengo sueño”. Dusty seguía mirándome por el espejo y pensé “es verdad que nos parecemos”. Cada cinco o diez segundos nuestras miradas se cruzaban en el retrovisor. Y Lola me hablaba al oído: me repetía, en susurros, que estaba muy cansada y que necesitaba dormir. Me silbaba al oído lo mucho que me parecía a Dusty y lo bien que me quedaba su sombrero. Me rozaba el oído con sus palabras y se me erizaban las entrañas. Sus palabras me mecían suavemente y su blanco cuerpo latía pegado al mío, desbocando mi pulso. Su mano en mi pecho poco a poco, como vencida, bajaba hacia el abdomen. Y Dusty seguía mirándome por el espejo. Y la mano de Lola se detuvo justo antes de llegar a dónde yo ansiaba. Y Charlotte no me miraba, no giraba su vista hacia atrás y no hablaba: apretaba bajo su falda la mano de Dusty que había llegado hasta su entrepierna; se agarraba del freno de mano y se estremecía; tensaba su brazo contra el freno y levantaba el cuerpo del asiento; se arqueaba; se retorcía en el asiento: vibraba de tal manera que se le desató el pañuelo rojo y quedó colgando de su asiento; apoyaba la mano abierta contra su ventanilla empujándola con todas sus fuerzas, tratando de sacar al coche de su ruta; y no gritaba ni gemía; y de repente pareció ahogarse entre suspiros silenciosos y su cuerpo cayó desmayado sobre el asiento.

Dusty devolvió la mano al cambio de marcha y el pañuelo rojo cayó en el asiento de atrás, sobre los botines de Lola. Dusty me sonreía por el retrovisor. Sus dedos estaban húmedos sobre el cambio de marchas de mi coche. Y Lola empezaba a dormirse con su aliento sobre mi hombro. Quería despertarla, quería coger su mano y meterla dentro de mis pantalones, quería… quería… pero no me atreví a moverme. Quería que sus labios terminasen con mi ansia… Pero Dusty seguía mirándome mientras con sus manos agarraba el volante de mi coche y aceleraba, y tomaba las curvas con destreza, domando la carretera. Me miró por el retrovisor, otra vez.

– ¿Queréis parar? – “hasta su voz se parece a la mía”, pensé. Charlotte no dijo nada, solo se arreglaba la falda mientras mantenía la mirada fija en el horizonte. Lola respiraba rítmica y pausadamente y sus manos descansaban una sobre mi estómago y la otra, como resbalada, sobre su pierna – por cierto, que bien te queda el panamá, David.

– Gracias – contesté – ¿dónde vais? – pregunté.

– Pensamos seguir la nacional cuatro hasta pillar la seis, hay un cruce en unos pocos kilómetros, ¿no nena? Tienes el mapa ahí – le dijo a Charlotte mientras le señalaba hacia la guantera – por ahí pasa mucho tráfico hacia la ciudad. Seguro que encuentras alguien que te lleve a algún lado.

Charlotte, sin apenas moverse y sin decir palabra, abrió la guantera y sacó el mapa. Intentó, torpemente, desplegarlo, pero se rindió rápidamente. Lo dejó caer sobre sus rodillas, arrugado como estaba, y lanzó un bufido. Cogió aliento para decir algo pero no dijo nada.

– Bueno da igual, – dijo él – ahí hay una señal que lo dice, y me equivoqué, no eran unos pocos kilómetros, estamos ya: quinientos metros, ¿te viene bien? Si no, habrá alguna gasolinera cerca. Podemos ir hasta…

– No, está bien. Dejadme aquí.

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Frenó en el arcén junto a la señal en equis que indicaba qué carreteras se cruzaban en ese punto: la nacional cuatro (por la que llegamos) y la seis. Les di las gracias con el pulgar en alto mientras el polvo levantado al frenar en la arena del arcén caía tapando el solo en lo alto del mediodía. Moví suavemente mi hombre bajo la cabeza de Lola y ella reaccionó tímidamente. Aproveché que parecía despertar y la aparté suavemente, agarrándola de la cintura. Baje mis manos a sus muslos y los toqué fugazmente, apenas una milésima de segundo, un leve roce con los nudillos. “Lola, hasta pronto”, le susurré al anillo plateado de su oreja. Ella farfulló algo y se acurrucó hacia el otro lado. Bajé del coche y, sin más despedidas, me dirigí hacia el arcén opuesto. No había ningún otro coche cerca.

– ¡Amigo! – me gritó Dusty bajando la ventanilla – … que te queda muy bien, pero el sombrero es mío.

– Ah, claro, debe haber sido Lola… que me lo ha cambiado antes y… lo olvidé.

Dusty se giró hacia atrás, hacía dónde estaban mi sombrero, Lola acurrucada y el pañuelo rojo de Charlotte. Me pareció que Charlotte le dijo algo en ese momento, él pareció cavilar un segundo y después arrancó. Torcieron a la derecha y se alejaron por la carretera seis. Me acomodé el sombrero. Me sentía bien con él.

 

A. Irles

 

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