Baile de Máscaras (parte II)

Segunda parte del relato: Baile de Máscaras

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[…] en una discoteca cualquiera ella salía de un retrete cualquiera del baño de “caballeros”. Arreglándose la corta falda negra que apenas cubría sus ligueros de encaje le guiñó el ojo derecho, casi oculto tras la máscara negra, a un tigre de peluche que meaba junto a un tipo con gabardina y pajarita que le enfocaba el chorro de pis con una especie de linterna de luz violeta que zumbaba a la vez que iluminaba. Él salió del retrete frotándose la nariz y se dirigió al único urinario libre. Se sonrieron. Ella esquivó al Batman que se arremangaba la capa con la mano izquierda y que con la derecha sujetaba un billete enrollado y salió. Fue directa a por una copa.

– ¡Eh! ¿Dónde mierda estabas? -una mano de hombre le rodeó el bíceps y tiró hacia él.

– Me haces daño Bob Esponja – dijo ella dando un saltito hacia él para mantener el equilibrio.

– Te he dicho que no soy Bob, que soy Jake, coño, soy un perro, coño,¿tan pedo vas que no distingues una esponja de un puto perro?

– Pero eres amarillo… y con los ojos saltones – ella se retorcía levemente descargando su peso en el disfraz de él y se relamía los labios, sacando la lengua algo más que imperceptiblemente.

– ¡Qué soy Jake! – la agarró ahora de los dos brazos – ¿y qué te pasa en la boca? ¿¡Me escuchas?! ¿Dónde estabas?

– Eh, eh… Jackie… cariño… tranqui… me haces daño…

Ella miraba el monigote amarillo, y con parsimonia lo escrutaba. Los pies medio le colgaban en el aire, tranquilamente. Bob esponja lleva corbata, pensó, y él no y, la verdad, empezaba a sospechar que igual sí que era un perro, pero ¿desde cuándo los perros eran amarillos?

– No tienes corbata, no puedes ser Bob…

Él la soltó, desesperado, se dio la vuelta, tropezó con una policía en minifalda y se fue hacia los baños. Ella se fue directa hacia la barra. Con la boca seca y más pastosa que antes incluso, se pidió otro gin-tónic, el tercero no solo de la noche, si no de su vida, pero le gustaba el contraste con el amargor del cristal. Sonrió al dar el primer sorbo.

Estaba dulce y la música parecía empezar a sonar más lejos. Sus pies parecían enfriarse o calentarse y una sonrisa se presintió en su cara, tras sus mandíbulas apretadas. Y la música sonaba más clara, aunque mas distante. Empezaba a entenderla y no pensaba en los moratones que le nacían en los brazos. Su cuerpo caminaba al centro de la sala y las luces se derramaban sobre ella, en paz y armonía con su piel. La copa de balón levitaba en equilibrio, vibrando con ella y con los parpadeos de la música nítida como nunca. Ahora la entendía, tanto tiempo y ahora la entendía. Lo entendía todo, y sus pies no cargaban zapatos ni su cara una máscara. Ya nadie lo hacía. Todo tan claro, lo veía todo tan claro mientras su cuerpo permanecía en la pista, bailando y doblándose bajo el ritmo casi monótono, desde arriba de sí misma se extasiaba de los sonidos, de las caras fugaces, de los reflejos intermitentes. Su mente sobrevolaba la sala, consciente de que todo, por fin, tenía sentido. Flotando al ritmo de sus pies. Sus pupilas se dilataban más y más, absorbiendo cada instante de placer que le rodease. Volvía a su cuerpo. Quería disfrutarlo: su mano izquierda recorría sus muslos deleitándose en descifrar cada mensaje secreto oculto en el encaje de su liguero y la subía, la mano, acompañada del contoneo de sus caderas, hacia su estómago. Se sabía sola, pues los demás no comprendían nada: no comprendían la música, los olores… no podían entender que ella era libre y ellos no, que su copa, que sus dedos, que su cintura, su cuello… todos eran libres y aun así la obedecían a ella y formaban parte de todo. Sólo él la entendía, estaba segura. Él que se acercaba entre la gente desnudo tras su máscara.

– Ahora lo entiendo todo – le susurró ella – la música, la realidad, tú, yo, nosotros…

Enredó sus dedos entre su pelo mientras le miraba como una niña miraría a un extraterrestre, ladeando la cabeza y moviendo los labios sin decir palabra.

– Esto es… – no terminó la frase.

Sus labios acompañaban a sus pupilas que examinaban sus uñas negras esconderse y reaparecer tras los mechones de él.

– ¿De dónde has salido? – consiguió decir – todo este tiempo, y yo no entendía nada, ¿sabes? No hablo de tí, ni de mí. No entendía nada de nada.

Él le agarró de la cintura con las dos manos y acercó su boca a su oído y le dijo algo. A ella no le importaba lo que le dijera, dejó caer la copa al suelo y la escuchó estallar antes de que tocara el suelo y mientras observaba sus diez uñas negras enredarse entre los cabellos de él. Aparecían y desaparecían entre su pelo claro.

– Son como delfines en el mar de noche ¿sabes? Pero al revés… tù eres el mar, pero como el negativo de una foto. Entro y salgo de tí y te veo.

Él la atrajo hacia si mismo, quedando juntos. Pegados irremediablemente, máscara con máscara. Dos cuerpos latiendo juntos. Y esta vez a ella si que le importó lo que le dijo:

– Vámonos al baño. Quiero estar dentro de ti.

Sin más palabras, ella se separó de él y le agarró de la mano. Se deslizaron camino del baño. Desde la barra, el chico vestido de Jake el perro, los miraba. Dejó la cerveza en la barra y dio dos pasos hacia el baño. Se paró y volvió sobre sus pisadas.

(¿continuará? …)

A. Irles

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