Resaca París – Valencia

tumblr_n98qteFvLh1rozuyzo1_400Picture: Valencia airport by Carlota Ocon. Spain 2014
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 – ¡Qué fea es esta ciudad! – dijo ella, sin separar la cabeza de la pantalla de plástico que nos separaba de la ventana.

Estábamos solos, o eso parecíamos creer. Nosotros y la máquina. Y fuera: una caída mortal, un disparo de adrenalina o, más probablemente, un aterrizaje suave, la realidad… Valencia.

Nuestras manos descansaban sobre el reposa-brazos que compartíamos. Inconscientemente, mi alianza chocaba con la suya, y la suya con la mía: se acariciaban con confianza y con fingida timidez.

– Desde aquí yo la veo preciosa.

– No, no es París- replicó.

Seguía con la cabeza apoyada contra el ventanuco y su mano izquierda sobre el regazo. El pelo corto, se le alborotaba al reflejar los parpadeos de las luces de señalización del avión. Sus pestañas escudriñaban el exterior pero su nariz, ligeramente sonrosada por el escaso sol parisino, y sus labios carnosos sin carmín, apuntaban a la ciudad iluminada de abajo. Su barbilla, su mandíbula y su cuello desnudo… vigilaban mi deseo manteniéndolo en vilo. Sus hombros desnudos y el pequeño tatuaje de huellas de gato que bajaban hacía lo más intimo de ella, amenazaban con besarme. Me apretaba mano. Y las huellas escapaban, desaparecían bajo su ropa.

 – Desde aquí parece París – dije mirándola sin disimulo a través del reflejo de la ventana.

Ella encontró mis ojos tras el plástico. Le miraba desde fuera del avión y desde dentro mi aliento se apoyaba en su hombro: estábamos solos y la ciudad cada vez más cerca. Y sus hombros más desnudos. Mis labios, sedientos, siguieron el camino pálido y aterciopelado que conducía hasta su oído apenas protegido por unos mechones suaves y rojos como las llamas del pecado.

Entonces ella se alejó de la ventana y nos atrapamos en un abrazo. Su aroma me rodeó y comencé asfixiarme al ver sus labios entreabiertos buscando los míos

 – Te… – empezó decir.

Pero mi lengua se apresuró a callarla. Mi boca se convirtió en su boca. Segundo a segundo sentía su carne apoderarse de la mía con suavidad y tenacidad: entrabamos en el otro con paciencia y salíamos con la urgencia de querer volver a entrar. Nuestras bocas silenciaban nuestras lágrimas hasta que una azafata nos interrumpió: ya habíamos aterrizado, todos los viajeros habían bajado y por la ventana ya no se veía París.

¿Después? No recuerdo. No recuerdo si llevaba maleta o equipaje de mano. No recuerdo si había mucha o poca gente, ni recuerdo el olor a despedidas ni el usual tráfico de sombras a las que nadie venía a recoger. Tampoco recuerdo el taxi volar por la Avenida del Cid obviando pausas y trámites luminosos y ni siquiera recuerdo la cotidiana molestia que me causa ver al conductor casi doblar el importe de la carrera al cargar el suplemento del aeropuerto con un clic. Por supuesto, no recuerdo los dos escalones de la entrada, ni la cerradura oxidada que me plantó cara, ni los cuarenta y seis escalones desiguales hasta llegar a casa.

Pero recuerdo perfectamente que abrí la nevera y que me quedé frente a ella, mirándola sin prestar atención, sin saber que buscaba y sin tratar de averiguarlo. Y no puedo olvidar la nota que vi al cerrar la nevera:

Cariño, hemos ido al cine. Te queremos, los niños y yo, pero yo más”

Y más abajo, en una letra casi ilegible:

No, nosotros más”

Y recordé que hacía unas horas estaba en París y que me tocaba olvidarlo.

A. Irles