“Ella seguía aquí” (Colaboración con Versando Imposibles)

Nueva colaboración (hacía ya tiempo) en el blog. Un relato que nació a partir de la imaginación de Perla, autora del blog “Versando Imposibles” http://www.versandoimposibles.com/ella-seguia-aqui-colaboracion-con-versando-imposibles/

Ella seguía ahí

Tenía la mirada perdida en el libro que sujetaba con fuerza entre manos, pero pasaba distraída la mirada por la misma frase, una y otra vez. No parecía estar leyendo nada en absoluto. Alzó la vista y yo me giré para mirar a otro lado. Hacía días que esquivaba mi reflejo en ojos ajenos. Las ganas de olvido crecían con la lluvia que se olía en aquel vagón de metro. Volví a fijarme en aquella chica. Seguía concentrada en pasear sus ojos por la superficie del libro, ensimismada en sus pensamientos. Las uñas pintadas de color azul me llamaron especialmente la atención, contraste infantil con el porte profesional del traje chaqueta que lucía con total irresponsabilidad. La falda políticamente incorrecta, la raya estrictamente diplomática, la chaqueta excesivamente elegante. Y las uñas de color azul. Supuse que sería su forma de decirle al mundo que renunciaría a todo lo que le gustaba para cumplir con lo que se esperaba de ella pero conservaría una parte de sí misma inalterable, como un gran cartel que rezara un “ELLA SIGUE AQUÍ” Una protesta en toda regla. Cuánto más me fijaba en su expresión, más me daba cuenta de que no se encontraba en aquel vagón conmigo. Se había ido nada más sentarse, y aún no había vuelto. Y disfrutaba de haber desconectado el GPS. Por desgracia la realidad la despertó. Próxima parada.

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Cerró el libro con un golpe seco e impaciente. Seguro que se había quedado a mitad de página, pensé. Se habrá quedado en ese punto en el que o sigues o paras de golpe. Ese punto en el que de verdad te planteas pasarte a propósito la parada, aunque sepas que no puedes. Y de ahí el golpe seco al cerrar el libro, pensé, porque sabes que el mundo no va a parar de girar para dejarte terminar la página, y eso te asquea y te hace preguntarte ¿y si parara yo de girar con el planeta? ¿qué pasaría? pero no te atreves…

Pero ella no se levantó para bajar ni hizo amago de hacerlo. Y nadie entró en el vagón. No me había fijado que estábamos solos y que, sin embargo, los demás vagones estaban llenos. Pasamos otra parada y ella continuaba con el libro sobre el regazo y la mirada perdida flotando en nuestro vagón. Yo tenía que bajarme en esa parada, pero tampoco lo hice. Pensé que nuestro vagón se abarrotaría en esa parada, igual que estaba pasando con los demás, pero las puertas se abrieron y nadie entró. Una señora llegó corriendo justo con el pitido que anunciaba que se cerrarían las puertas en dos segundos, pero no entró. Se quedó parada mirándonos a los dos únicos viajeros del tren mientras dudaba. Primero a ella y luego a mi. Y luego a ella otra vez. Hasta que se cerró la puerta y se despidió con la mano en alto y abierta hacia nosotros. Yo le respondí, idiotamente, con el mismo gesto y por el rabillo del ojo vi que mi compañera de vagón hacía lo mismo.

Mi giré y nos sonreímos. Y enseguida ella se llevó las uñas azules a los labios y la mirada al regazo. Dos minutos y una parada después, seguíamos solos en el vagón mientras que los demás seguían mutando, llenándose y vaciándose de nuevas caras.

“¿Qué lees?”, “hola”, “bonitas uñas”, “me llamo…” se me hacía una bola en el estómago mientras la miraba a través del reflejo y pensaba algo que decirle. Justine, leía Justine, eso decía el título. Lo intenté buscar usando el móvil, pero internet funcionaba demasiado lento. Otra parada más y volvimos a cruzar miradas, expectantes, curiosos de quién no iba a subir. Esta vez duró más y sus dedos, que tamborileaban sobre la tapa del libro, no taparon la sonrisa de sus labios. “Me gusta tu sonrisa…”, eso era verdad, pensé. La primera en mucho tiempo. Miré hacia delante y hacia mi ventana. Miré el móvil de nuevo y me miré las manos. La miré a ella, que leía y releía el título de su libro. Y llegamos a otra parada.

Y esta vez una ola de gente invadió el vagón, gente con maletines y trajes oscuros. Gente en sandalias y bermudas. Gente con el pelo largo y gente con el pelo corto. Gente hablando con más gente y gente callada ensimismada con sus pantallas. Una chica que leía y un hombre mayor que se sentaba con parsimonia. Un niño que lloraba y una mujer que le tiraba del brazo hacia el interior del vagón. Gente de colores y gente en blanco y negro.

Saqué mi libro, apagué el ruido que me rodeaba y decidí no levantar la vista de las páginas hasta que el metro volviera a mi parada. Cuando llegamos, ella ya no seguía en el vagón.

A. Irles

Podéis encontrar la continuación, por parte de Perla, de la historia en http://www.versandoimposibles.com/ella-seguia-aqui/

Imagen de Allyson Gutchell http://society6.com/turddemon?promo=24fbde