Baile de Máscaras (parte IV y final)

Final de la serie de relatos que empezó con: https://otraresacamas.com/2014/06/25/baile-de-mascaras-parte-i/


Última parte del relato: Baile de Máscaras.

Jake, el perro amarillo, entró al baño con pasos nublados y angustia en los ojos. Todo lo que él había hecho por ella, pensaba, y ahora… aquí estaba, con el chuloputas este. Eres una puta comebolsas, le diría, no mereces una mierda de mi, seguiría, te odio, no me vuelvas a llamar en tu puta vida para contarme tus mierdas, terminaría gritándole a la cara… ¿Pero y si la culpa no era de ella? En realidad, ella seguía necesitando su ayuda y el cabrón ese volvía a aprovecharse de ella, de su debilidad… ella necesitaba un hombre tierno que la cuidase, alguien que la mimase, alguien a quien pudiera esperar en casa con la mesa puesta y las sábanas tíbias… Él la cuidaría. Estaba convencido y lo estuvo más cuándo abrió la puerta del primer baño y no vio a nadie. Lo tenía planeado: agarraría al puto camello de la pechera, lo pondría contra la pared y se lo diría claramente: no te acerques más a ella, es mía, me necesita. Lo decidió justo cuando empujaba la segunda puerta y encontraba al spiderman cagón. Con las mallas aún por los tobillos pero esta de pie en el water y con su trozo de carne más preciado (y gastado y amoratado y…) abrazado por su mano izquierda mientras se asomaba al cubículo vecino con  los ojos como platos.

Los miraba a ellos. Ahora ella con la espalda contra la pared dónde el mismo spiderman se apoyaba, con la mirada perdida tras la máscara negra. Ella jadeaba con cada embestida, asesina y despiadada, apoyando su tacón derecho, pierna flexionada, contra la cisterna y el izquierdo contra la pared de enfrente, con la pierna totalmente estirada. A él se le veía solo el pelo y los hombros agitados en cada sacudida. Las manos de ella arañaban su cuello. Jake escuchaba los chillidos de ella. Rítmicos y salvajes.

– Van a tumbar la pared, cabrones. Oye, tio, ¿tienes batería? Pásamelo y lo grabo jajaja, vaya potraca… – no paraba de meneársela mientras hablaba – mira, mira…

Jake no subió, se paró un segundo y pensó, no con mucha agilidad, que si se subía ahí con spiderpajas se matarían los dos… así que lo cogió de la muñeca y lo empujó hacia fuera, haciéndole trastabillar y caer sobre el portero rubio que justo se asomaba al cubículo. Spiderman cayó de boca sobre el rubio que lo apartó de un manotazo, como si de verdad se tratara de una triste arañita.. El accidentado Spiderman con la mano derecha, la otra aun sujetaba la escasa virilidad que le quedaba, consiguió agarrarse al pomo del baño e, intentando evitar partirse el sentido arácnido contra el suelo, se colgó de él y cerró la puerta de un golpe justo en el momento en el que Jake se subía a la cisterna y trataba de saltar al nido de amor de los enmascarados.

A ella le temblaban las piernas y la mirada. Los labios le bailaban y un grito le salió de las mismas entrañas en el momento en el que los ojos se le tornaban blancos.  Con cada jadeo, con cada grito, un haz de luz fluorescente violaba las pupilas dilatadas de ella y los sentidos se le colapsaban cuando el torbellino de sensaciones la dominaban. Entonces apretó al enmascarado contra sí misma utilizando las piernas, los brazos, la barbilla y cada esquina de su cuerpo, prolongando el orgasmo y secuestrando al cuerpo que le hacía correrse en todos sus poros, al cuerpo que le hacía desbordarse en placer. Parecía querer engullir no solo el semen del enmascarado, si no sus entrañas. Justo cuando él cedía y se derramaba dentro de ella la puerta del cubículo de Jake, que los miraba con los ojos ensangrentados, se abrió violentamente y golpeó al voyeur en el tobillo haciéndole perder su punto de apoyo.

Todo lo demás pasó muy rápido, excepto para ellos, que parecían suspendidos en el éxtasis del orgasmo y de la noche.

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– Aun nos estábamos corriendo – le dijo ella en el metro al cabo de las horas – sentía tu puto semen arder dentro de mi cuando lo vi caer – le volvió a coger la mano – y yo no podía parar. No quería.

Él no contestó.

– Llévame a tu casa -le apretó la mano más fuerte.

– Claro – respondió él sin mirarle.

(Fin)

A. Irles

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