Agua

Agua

(experimento narrativo-visual)

“ … ¿aún persiste la resaca tras el clásico? Para averiguarlo, nuestro equipo de investigación ha salido a la calle a preguntar a los aficionados y…”

El camarero, Arturo, según podemos leer en la pequeña placa dorada y desgastada que cuelga inclinada del bolsillo de su chaleco granate, se apresura a subir el volumen de la televisión. Deja el mando sobre la barra, junto al cuenco de barro lleno de almendras bañadas en grumos de sal, y se acerca al otro extremo del mostrador con un café expresso aún humeante y un vaso de agua.

– Toma, Manolo, tu cafelito de siempre y un vaso de agua… – dice Arturo mostrando un molar dorado en su media sonrisa.

– ¿Agua? ¿Pa’ qué? – responde Manolo, el único cliente que hay en el local, mientras se acerca el café que Arturo le acaba de traer.

– No sé… dice la tele que aún tenéis resaca del partido y mi hijo dice que el agua es lo mejor para la resaca – Arturo suelta una carcajada al terminar la frase y a la vez que, poco grácilmente, esquiva el sobre de azúcar que Manolo le lanza, dice – ¿quieres también una aspirina, Manolito?

– ¡El agua pa’ los patos… ¡malnasío! Me voy a ca’ Luisa a por el café… ¡que te den!

La televisión sigue sonando al fondo, ahora un aficionado responde al entrevistador:

“ … estamos hartos… mira, el árbitro, la caga siempre hacia el mismo lado, eso es ya sospechoso, pero aun así… es que aun así no puede ser que el un equipo se acojone así de esa manera y, claro, es que, estos mercenarios no tienen ni un poquito de respeto por la historia del club…”

Manolo se dirige hacia la puerta, farfullando y a la vez haciendo aspavientos con los brazos. Parece que sigue discutiendo con Arturo y que ahora, además, lo hace también con el aficionado que habla por la televisión.

– Agua… será… ¿y el árbitro? Siempre igual… ¡me cagüen sus muertos!

Y Arturo no contiene la risa. Y clinc, clinc, la puerta suena al abrirse, alguien entra justo cuando Manolo estaba llegando. El pomo golpea con el tope ruidosamente después de que Manolo se apartara para no ser atropellado y saliera del bar sin cruzar la mirada ni el saludo con el nuevo cliente.

Desde la barra, Arturo, observa la escena de reojo, con media sonrisa en los labios. Baja el volumen de la televisión y recoge de la barra un par de tazas. No parece llamarle la atención el nuevo cliente: un hombre muy alto, casi tan alto como la puerta misma; que lleva una gorra blanca con la visera doblada en “u”; que esconde sus ojos tras unas gafas de sol oscuras, de cristales ovalados y grandes y de montura dorada y fina; que tiene una barba pelirroja, espesa pero corta y bien cuidada; que viste con una camisa blanca arremangada y unos pantalones vaqueros claros; y que calza unas zapatillas deportivas totalmente embarradas, como parte de sus vaqueros. Arturo se gira, con el ceño fruncido, cuando el extraño de la gorra blanca se acerca a la bancada. Un “chof” acompaña a cada uno de sus pasos hasta llegar al asiento dónde estaba Manolo. Arturo mira las huellas de barro,  seis huellas del zapato derecho y cinco del izquierdo, a la vez que seca una de las tazas. Sacude la frente y mira al cliente. Vuelve a mirar las huellas.

– Agua – dice el extraño mientras se sienta en un taburete de la barra.

– Amigo, la llevas toda en los pies… vaya pringue me has dejado, joder… pero bueno, hoy estoy de buen humor, toma – contesta Arturo mientras le acerca el mismo vaso de agua que le había ofrecido instantes antes a Manolo – ¿te gusta el fútbol?

– No – dice secamante el nuevo cliente sin apartar los ojos del culo del vaso que ya había vaciado en su garganta – Más, por favor.

– Claro.

Arturo recoge el vaso ya sin sonreír y con una ligera, casi imperceptible, mueca en los labios. Acerca el vaso al fregadero y con la mano derecha agarra la jarra llena de agua hasta los tres cuartos. Mientras vierte el agua en el vaso, vuelve a mirar el camino de pisadas que había dejado el desconocido. En la televisión ya no hablan de deportes, parece que acaban de empezar las noticias: una joven rubia de ojos azules habla a la cámara desde detrás de un escritorio. Arturo parece reconocer su voz y se gira hacia la televisión.

Pasamos a las noticias locales. Conectamos con el Palau de la Generalitat donde la diputada […] ha protagonizado la jornada de debates […]”

– Jefe, lo siento por lo de las pisadas, ¿tienes una fregona?

Arturo estaba embobado mirando la televisión con el vaso a punto de rebosar. Justo levanta la jarra al oír al hombre de la gorra. El vaso se ha colmado y parte del agua se ha desparramado por la encimera y el fregadero. Ambos hombres se miran, Arturo se fija en las manos del cliente, son fuertes y grandes y tiene las uñas marrones, llenas de barro.

– No pasa nada… eres nuevo por aquí – no parece una pregunta  – pasa al baño a limpiarte, estás hecho un asco, amigo.

Arturo le pasa el vaso de agua.

– Gracias.

De otro trago, el hombre de la gorra, da cuenta de toda el agua del vaso y se levanta examinando el local con la mirada. Arturo señala con la nariz hacia la derecha mientras recoge el café de Manolo.

Última hora en Anna, nos llegan… un momento ¿si? ¿están las imágenes? No, parece que no, perdonen las molestias, estamos improvisando según nos llegan las informaciones y… al parecer una joven de probablemente dieciocho o diecinueve años ha sido hallada muerta en la orilla del lago Anna…”

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El hombre de la gorra entra al baño, se escucha la puerta cerrarse y el pestillo correrse, Arturo presta atención a la televisión. Le sube el volumen. Aprieta el mando la mano derecha y fija sus sentidos en lo que dice la joven rubia.

“ … brutalmente asesinada en una situación… salvaje diría… la que podría ser la desaparecida hija del magnate del petróleo… un momento… ¿sí? ¿tenemos imágenes?… ”

Los ojos de Arturo se abren como platos y sus dedos abrazan el mando con fuerza. En la pantalla aparece la imagen de una joven boca a bajo en la orilla del estanque Anna. Tiene la cabeza medio enterrada en el barro y el trasero levantado en una posición extraña, como si estuviera besando el suelo pero con las piernas dobladas hacia fuera. Los brazos los tiene sobre la nuca, como si ella misma se hubiera enterrado el cerebro en el barro. Arturo aprieta con más fuerza el mando haciendo subir la voz de la reportera en más de diez puntos. La reportera parece que grita:

“ … LAS AUTORIDADES LOCALES SOLICITAN LA COOPERACIÓN CIUDADANA, EL PRINCIPAL SOSPECHOSO SE PIENSA QUE PUEDE SER UN VARON DE 1.80-1.90 CON CAMISA Y GORRA BLANCA. AL PARECER HA SIDO VISTO…”

Arturo está quieto. Vemos como su mandíbula se tensa y hasta parece que oímos sus dientes rechinar. El mando cruje entre sus dedos justo cuando se oye un chasquido detrás suya. Se gira rápidamente hacia su izquierda, con el brazo derecho en alto, armado con el trozo de plástico y la pierna izquierda flexionada mientras con la derecha se impulsa. Antes de completar el giro, la jarra de cristal medio llena de agua, le estalla en la parte derecha de la cara. Su cuerpo sale despedido contra las botellas de la barra y el aire a su alrededor se llena de agua, cristales y sangre. El hombre de la gorra, con el asa de la jarra en la mano, mira a Arturo desplomarse contra el suelo. Durante unos segundo no se mueve. Un colgajo de carne ensangrentado es lo que le queda como oreja a Arturo. El resto de la cara apenas se le distingue tras los borbotones de sangre. No se mueve, pero está consciente. Durante el golpe, Arturo ha cambiado de canal, el hombre de la gorra se queda ahora mirando al televisor: un documental sobre las cataratas de Iguazú. Arturo gime y trata de levantarse, parece que intenta gatear hacia algún sitio, pero no avanza más que unos centímetros. El hombre de la gorra blanca se quita las gafas de sol y las deja sobre la barra. Tiene unos ojos muy claros, azules casi cristalinos. Se acerca a la puerta y cambia el cartel de la entrada. “Cerrado” reza ahora. También corre el cerrojo.

Arturo parece que ha conseguido reincorporarse en parte y se ha apoyado sobre el fregadero de gres. Alarga el brazo buscando algo. Cerca de sus manos hay unos guantes de látex y un enorme cuchillo de cortar carne. Un poco más allá, hay un teléfono móvil. Tantea a ciegas, pues su rostro está lleno de sangre y ristras de carne. El hombre de la gorra vuelve sobre sus pasos, siguiendo las 11 huellas de antes e ignorando las nuevas, más desordenadas pero menos marcadas en el suelo. Recoge el mando del suelo, junto a los pies de Arturo, y baja el volumen de la televisión.

[…] descubiertas en 1542 por el español Álvar Núñez Cabeza de Vaca, las sorprendentes cataratas del río Iguazú[…]”

-Jefe, no debería ver tanto la televisión. ¿No sabe que da cáncer? Le va a matar.

El hombre de la gorra explora la barra con la mirada, hasta que agarra los guantes de látex y se los pone. Sin prisa, mecánicamente. Se coloca tras de Arturo. Se queda mirando el cuchillo junto a la mano ensangrentada de Arturo. Balancea la cabeza.

– No amigo, no. -hace un chasquido con la lengua.

Agarra a Arturo del pelo, enredando sus dedos fuertemente entre el cabello del camarero. Y le levanta la cabeza hacia atrás. Arturo llora y parece intentar decir algo, pero en esa posición es imposible. De rodillas y mirando al techo, su cuello está tan estirado hacia atrás que de su garganta no puede salir ni entrar aire. Balancea los brazos, golpeando al aire. Súbitamente, el hombre de la gorra, estampa la cara de Arturo contra el fregadero. Le golpea la frente contra el borde. Se escucha un “crack” seco y luego otro y otro. Luego los “cracks” se vuelven más apagados y húmedos. El extraño golpea la cabeza de Arturo contra el mármol con la misma fuerza una y otra vez y utiliza la otra mano como parapeto, para protegerse de los trozos de hueso, carne y dientes que saltan por el aire. Sus ojos siguen igual de claros y su barba continua igual de bien cuidada incluso cuando el fregadero se parte y el agua empieza a desbordar y el suelo se tiñe de rojo y marrón, de agua sucia y trozos del cráneo y cerebro de Arturo.

Un coche de policía pasa por delante del bar, a toda prisa, con las luces y las sirenas enchufadas.

El extraño de la gorra deja el cuerpo de Arturo caer sobre el suelo y de un salto se aparta del charco. En la televisión, el agua del río Iguazú cae desde las alturas. El hombre apaga el televisor y se dirige hacia el baño. Tras la barra, el agua del fregadero golpea la cabeza destrozada de Arturo. Lo que queda del fregadero se desploma junto a Arturo. Dónde instantes antes estaba el grifo, ahora el agua brota hacia arriba a borbotones. En el baño, el hombre de la gorra deja de serlo: la tira a la basura junto a los guantes. Además se quita la camisa. Debajo lleva una camiseta negra de manga corta. Tiene la piel blanca y los brazos anchos. Con la camisa blanca se limpia los zapatos y después la tira también a la basura. Se mira al espejo. Sus ojos continúan claros, como el agua del Iguazú al caer en la pantalla del televisor. Una gota de sudor le resbala por la sien. Sus ojos siguen la gota desde la sien a las mejillas y luego vuelve a mirárselos. Se seca la cara con las toallas de papel y las tira también a la basura. Se examina la cara, los brazos y las piernas. No encuentra nada. Coge la bolsa y sale del baño, pasa por la barra y recoge el vaso, las gafas y el mando de la televisión. Lo echa todo a la bolsa y le hace un nudo.

No hay nadie en la calle: nadie le ve salir del bar.

A lo lejos se escuchan sirenas y un helicóptero.

Imagen: http://a-nnna.tumblr.com/post/101186942046

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