Cervezas y zumo de naranja en el tren

Este es el primer relato que subo a la sección “Oniria”.

Como veréis, de eso va, de recuerdos, onirismos y mensajes

que a veces encuentro en mi cabeza

cuando no pienso en nada.

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Íbamos en un tren que apuñalaba la penumbra pegajosa. Era un tren antiguo, de madera oscura y asientos forrados en fieltro granate allá dónde mi mirada enfocaba; y moderno, metálico y pulcro dónde mi vista no vigilaba. La mesa entre los asientos estaba dispuesta perpendicularmente a cómo uno esperaría, con los asientos en dos hileras: una, en la cuál yo estaba sentado, dando la espalda a las ventanas y la otra de cara. Había al menos seis asientos en cada hilera, pero podría ser que fueran diez o doce.

Mi vaso de cerveza estaba vacío a excepción de unos pocos restos de espuma y el camarero no venía. Frente a mi, había un señor de ojos brillantes y tranquilos. Tenía esa edad dónde las canas transmiten confianza pero no debilidad. Llevaba una camisa humilde, de cuadros claros y unas pequeñas arrugas rozaban sus sienes y acompañaban su mirada. Se atusaba la barba, corta y blanca según asumo, pues no recuerdo haber soñado más detalles sobre ella. Mi vaso seguía vacío y el camarero seguía sin aparecer.

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– Estos jóvenes, no aprecian el valor de las cosas – dijo el señor a raíz de una conversación que al parecer acabábamos de tener.

Ella (mi ella), que estaba a su derecha, le dio la razón con un gesto.

– ¿No se lo habrán enseñado sus padres? – se preguntó el señor, dirigiendo la mirada hacia ella.

– No sé – contestó ella – yo me eduqué sola.

Y ella desapareció. Como se desaparece en los sueños, sin artificios. Quedamos solo el señor y yo y un vagón repleto aunque sin camarero alguno.

– Yo me eduqué solo también, quiero decir, después de pensarlo mucho – empecé a hablar ante la atenta mirada del señor, que me sonreía a la vez que daba un trago de zumo de naranja que tenía en un vaso corto – me he dado cuenta de que – continué – en el fondo no comparto valores con mis padres. No quiero decir que los suyos estén mal ni los míos bien, solo que los míos son míos y los suyos suyos y de que, hasta dónde yo recuerdo, ellos no tienen mayor mérito o demérito en que yo tenga los que tengo… ¿me entiende? Siempre han sido diferentes. Desde que tengo uso de memoria tengo esa percepción, como de desubicación.

El señor asentía sonriéndome. A mi izquierda un amigo apareció sentado a mi lado y me dijo que si veía al camarero que le pidiera otra cerveza para él. Efectivamente su vaso estaba tan vacío como siempre. Entonces se oscureció, mi amigo, y se convirtió en una sombra, una especie de eco o recuerdo. Y ahora en el vagón solo estábamos el señor y yo, frente a frente. Digo que solo estábamos él y yo porque el resto de personas, todas a mi izquierda y a la derecha del señor, estaban suspendidos en el espacio-tiempo onírico que nos rodeaba, como personajes que aun no han revelado su personalidad o incluso su nombre pero están listos para saltar a la escena y entonces todos pensarán: “ah, es tal o cuál”. Y no había ningún camarero: miraba hacia un lado y hacia el otro del vagón y no aparecía ninguno.

– Usted es profesor, ¿no? – le dije al señor.

– ¿Tan obvio es? – me contestó riendo y repantigándose en el asiento a la vez que dejaba el vaso con zumo en la mesa – me dedico a contar cuentos a los jóvenes, por aquí y por allá. Ahora estoy aquí, en Alemania, de excursión, y cuento cuentos a quien quiere oírlos – en ese momento la niebla alrededor del tren despareció y la Hauptbahnhof de Berlín apareció tras las ventanas.

Nos quedamos mirándonos, sin hablar, y aun así me contó sus peripecias y sus viajes contando cuentos por el mundo. Estaba ensimismado en su historia cuando me interrumpió:

– No viene el camarero, ¿verdad?,  por eso estás tan nervioso: es obvio que tienes un problema con el alcohol.

Me pilló desprevenido y me enfadé. ¿Quién era aquel abuelo entrometido? Apoyé mis dos palmas en la mesa y atenacé, por orgullo, mi ansia por la cerveza que no llegaba. Nos retamos con la mirada, él sonriendo y yo con las mandíbulas apretadas, hasta que vi los vasos en la mesa. Cinco vasos cortos llenos hasta un tercio cada uno de zumo de naranja aun por beber.

– Y usted tiene un problema para concluir sus asuntos – le dije señalando los vasos.

– No te equivoques – volvió a hablarme con sus ojos sonriéndome – los he guardado a propósito: son para vosotros.

– ¿Nosotros? Estoy solo…

Automáticamente tres de los personajes suspendidos se hicieron evidentes para mi. Mi amigo que me había pedido otra cerveza y los otros dos. Es verdad que seguían sin estar ahí del todo, seguían sin rostro ni palabra, escondidos tras siluetas negras pero eran ellos y me abrazaban sin tocarme.

– Aun así, sobra un vaso – dudé.

– Sabes quien es la otra persona.

Y no lo sabía, pero sí que lo sabía. La cuarta sombra estaba ahí y la conocía en lo más hondo de mí, tenía la certeza de conocerle, tanto que ni intenté reconocerla. Él no tenía nombre, pero todos teníamos nuestra parte de zumo de naranja. Brindamos y el señor desapareció.

A. Irles

Imagen: http://blackoutraven.tumblr.com/post/103521241648