Infección divina, cura terrenal: una historia de sumisión y venganza

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Desperté con un zumbido perforando mis sientes. Abrí los ojos y tras una neblina que se disipaba lentamente vi unas botas altas y negras embutidas en dos piernas blancas y largas como las agujas que parecían punzar mi cerebro. Intenté mirar hacia arriba pero algo me impedía mover la cabeza. Grité pero mis dientes chocaron con una especie de pelota que llenaba mi boca por completo. Me fijé y vi que frente a las puntas negras y afiladas de las botas había un charco de saliva. Debía ser mía. Escuché una risa de mujer, comedida pero prepotente.

– Ya era hora – le escuché e inmediatamente reconocí su voz y un espasmo recorrió mi cuerpo. No podía ser… ¿cómo?

Cuando noté sus dedos acariciar mi mejilla una corriente eléctrica recorrió mi cuerpo: desde mis mejillas hasta mi entrepierna.

– Grrmmmmmmffffff – intenté gritar, patalear y bracear cuando noté una opresión metálica oprimiento mi sexo – uuffffmmmgggggmmm

– Mmmmmm ¿te gusta la jaulita que le hemos puesto a tu pajarito? – me dijo mientras deslizaba lo que parecía la punta de una fusta por mi cuerpo, desde los hombros hasta el culo. Poco a poco comprendí mi situación: estaba amordazado, desudo y encadenado a una especie de aspa que me mantenía oblicuo al suelo. No podía moverme, ni hablar y no sabía cómo coño me había traído aquí. Gritaba lo más alto que pude y apenas me oía a mi mismo.

Zassss zasss

Me fustigó en las nalgas y empecé a llorar. Mis lágrimas se mezclaban con mi saliva y me ahogaban.

– ¿Te acuerdas? – me susurró ella al oído, agarrándome del pelo – ¿te acuerdas de lo que me hiciste? Hoy me toca a mi.

– Grrmmmmmmffffff – gemía y babeaba el suelo, no me dejaba ni rogarle, podía explicarlo, tenía que curarla y ella no se dejó…

– No, no fuiste un caballero, ¿lo recuerdas? – ella andaba a mi alrededor, fustigándome en los cachetes, en los muslos, en los pies, en los riñones.

Mi polla se me hinchaba en la jaula que la retenía y me hacía sollozar y gritar en silencio. ¿Qué me pasaba?

– ¿Qué? No te escucho – la muy puta me dio dos guantazos – ¿que cómo te he traído aquí? – había perdido la cabeza.

Oí un clic y el soporte que me tenía inmovilizado se inclinó un poco hacia arriba. Sus muslos se dibujaron frente a mi hasta que mi vista llegó a su cintura. Ella se ataba a la cintura un arnés de cuero negro del que pendía un dildo granate de al menos un palmo de largo. Lo embadurnó con un gel viscoso. Me sacudí y gemí hasta casi desfallecer. Luché con todas mis fuerzas pero ella no quería escuchar, no me dejaba hablar, estaba ida, poseída por el demonio de la lujuria y de la depravación. No podía hacer nada ni siquiera rendirme me permitía: dejé caer mi cabeza sobre mi pecho pero ella me la levantó con dos dedos en mi barbilla. Se agachó para mirarme a los ojos y con lascivia en los labios rojos me tapó la boca con un trapo y apretó una de las aletas de mi nariz mientras me susurraba al oído:

– Tranquilo, shhh tranquilo… aspira esto, o te tapo el otro agujerito de la nariz hasta que te asfixies- dudé, me golpeó la cara con la vara y lo aspiré de una tacada – no te preocupes, solo es que no quiero que te desmayes porque quiero, deseo, ansío que disfrutes cada segundo: voy a hacerte correrte a oleadas tan grandes que puedes tener la tentación de desmayarte y, ¿sabes qué? no quiero que eso pase: te voy a convertir en adicto al pecado. Intentaste curarme tú a mi y a cambio te voy a infectar con mi enfermedad. Si cariño, ¿no esperabas que me vengara así? ¿derrumbando tus putas barreras éticas a base de orgasmos?, ¿aun no te lo crees?, vas a convertirte en un enfermo, como nosotros – terminó de decir mientras me quitaba la jaula metálica que aprisionaba mi polla.

Se puso detrás de mí, me separó las dos nalgas con sus manos calientes y enterró su boca en mi ano. Enseguida usó sus manos para a jugar con mi polla liberada haciéndome faltar el aire. La masajeaba desde la zona en que se nacen los cojones hasta la punta. Arriba y abajo, amasándola sin remisión, sin dejarme un segundo para asimilar las oleadas indescriptibles que me venían. Su lengua y sus labios recorrían el camino inverso, desde esa zona intermedia entre mis huevos y mi ano hasta hundirse dentro de mi. Temblaba desde la punta de los pies hasta la cabeza y la baba resbalaba por mi cuello.

– Grrmmmmmmffffff – por primera vez en años perdí el control de mi cuerpo.

Notaba el flujo de sangre concentrarse dónde sus manos y boca blasfemaban contra ti. No podía hacer nada y recé. Te recé, te supliqué y te recordé todo lo que había hecho por ti, ¡hijo de la gran puta divina! ¿Así me lo pagabas?

– Estás listo, basura.

Sus manos y su lengua me abandonaron y sentí algo frío acariciar mi orificio y, de repente, me violó de un golpe.

– Grrmmmmmmffffff – gemí desconcertado.

Me llenó y se quedó quieta dentro de mi. Entonces me palmeó las nalgas con fuerza y sacó la herramienta diabólica de mi interior. Y la volvió a introducir, despacio, y la sacó. Y la volvió a introducir y me estremeció las entrañas haciéndome lanzar chorros de mi jodida simiente contra el suelo como si fuera una alimaña. Me convirtió en un monstruo y lo repitió durante horas, asegurándose de llevarme a un abismo del que no iba a poder salir. Y aun así no paré de rezarte, desgraciado traidor, durante la oleada de temblores y desfallecimientos que me infligió esta perturbada por el demonio de la lujuria, este monstruo caído en el pecado y la sodomía. Pero hoy, ahora, sé que tú eres el culpable de la abominación en que me he convertido: me abandonaste y nunca lo olvidaré. Nunca.

 

A. Irles

 Imagen: http://our-sayuri-san.tumblr.com/post/109481599337

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