La Risa (Primera historia #resacaMetroTokio)

Esta es la primera historia que pudo haber ocurrido en el metro de Tokio. Recuerda cómo empezó:

https://otraresacamas.com/2015/04/22/paso-en-el-metro-de-tokio/

La Risa

hjr0fheyrtlqtxprg31gImagen propiedad de @sesemata https://www.talenthouse.com/item/1355194/017f4e37

 

Un pitido acompañó el sonido de las puertas abriéndose…

… y, tan ordenados como silenciosos, empezaron a bajar todos y cada uno de los pasajeros mientras una voz, metálica e indescifrable para mi, vibraba desde los altavoces del vagón. La pantalla no mostraba ningún mensaje y las luces de colores que, brillando o no, indicaban el itinerario cubierto y el que quedaba por cubrir parecían estar en orden, al menos bajo mi neófita mirada. Pero yo dudaba. En un momento me encontré solo en el vagón así que me dirigí a la puerta, dubitativo y sin un plan claro. fue entonces cuando me encontré a la anciana. Medía apenas un metro cincuenta y andaba totalmente encorvada. Me tendió una mano increíblemente áspera y dura y se agarró a mi brazo mientras, a pasos diminutos, entraba en el vagón arrastrándome con ella. Toda una vida, quizá varias, me sonrió a través de sus ojos cuándo me indicó el banco dónde quería que nos sentáramos. Entonces, una vez sentados los dos, comenzó a hablarme en japones a la vez que palmeaba el dorso de mi mano con sus palmas curtidas.

El tren empezó a llenarse y luego abandonó la estación con nosotros como compañeros de viaje. Ella vestía de marrón, con ropa tan sencilla que apenas daría para describirla. Hablaba y hablaba, sin atender a mis torpes explicaciones sobre mi ignorancia del idioma. Y sonreía tras cada palabra haciendo, cada vez, desaparecer sus ojos de su rostro. Seguía hablándome y golpeando suavemente el dorso de mi mano. Entonces le contesté. En español.

Empecé a hablarle, a contarle que no la entendía, pero que me daba igual, que no me importaba. Por alguna razón que no quería entender, ella me escuchaba atentamente y asentía con la cabeza. A veces decía algo, alguna palabra suelta para reconfortarme. Y yo se lo dije todo, se lo conté todo, confesé cada secreto con las lágrimas secuestradas tras mis ojos y con su sonrisa como cálido testigo. Con sus dos rígidas manos, secuestro mi mano derecha y con su mirada, me pidió, cada vez que paraba tomar aire, que continuase.

Al final llegó mi parada y miré a mi alrededor: estábamos solos y se lo dije. Ella miraba alrededor también, cuando me dijo algo en japonés. Entonces empezamos a reír, a pulmón abierto y no nos importó que las puertas se cerraran y el tren partiera, con nosotros como únicos testigos de su camino, hacia su destino.

A. Irles