La partida (parte 1)

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Habíamos hablado por twitter: ella me contactó, aunque yo la seguía hace tiempo. El Club nos ofreció una jornada de dinero fácil: unas partidas rápidas de exhibición y luego repetiríamos un par de partidas históricas, con explicaciones y clases magistrales. Ella era una estrella del pop: posiblemente la mejor ajedrecista española de la historia, con conexiones con la nobleza y un éxito arrollador en todo en lo que se involucraba. La cámara le adoraba y el público la respetaba allá dónde iba (aun hoy lo hace). Era lo que suelen apellidar los medios como una mujer moderna, una mujer de las de verdad. Ya sabéis, esas frases hechas absurdas que esconden siglos de idiotez mental tras de ellas.  En resumen, ella era lo mejor que le había pasado al ajedrez español desde Alfonso X y una oportunidad genial para mi. Obviamente, yo no era nada de eso, yo simplemente era el mejor ajedrecista en activo. Todavía no era oficial, es cierto, pero ya era así. Yo lo sabía y la gente lo sabía. Por supuesto, ella lo sabía y por eso me contactó. Se lo dejé claro:

– Es una exhibición y a mi me interesa tanto como a ti que salga bien, te prometo no darte una paliza ni humillarte, no quedaría bien en mi currículum el hacerle eso a la niña de oro del ajedrez español…

Aun as ellaí hizo sus jugadas previas y me volvió a contactar por twitter. Estuvimos un tiempo chateando, quizás durante un par de semanas antes del encuentro, jugando con dobles significados, tonteando, tratando de desequilibrarnos mutuamente… Un día, cedí a su juego y le dije que tenía unas piernas preciosas para ser ajedrecista. Ella me respondió al instante con una foto de sus muslos blancos y ligeramente entreabiertos, como invitando a explorarlos, en una terraza. Luego  me mandó otra foto de sus piernas cruzadas bajo un vestido blanco con cerezas rojas, coronadas por unos zapatos rojos de tacón vertiginosamente elegante. En ese momento se confirmaron mis temores: si jugábamos la partida antes de tiempo, me machacaría.

 

Es por eso que no volví a hablarle. Al rato, ante mi silencio repentino, ella me envió otro mensaje

“¿No te gusta el rojo?”

y luego un

“Bueno, ya me lo contarás en el Club. Ciao!”

y luego tampoco volvió a dirigirme la palabra hasta el día de la partida.

 

(continuará…)

 

A. Irles