La partida (parte 3)

… decía que me contactaría…

Pero mintió, no me contactó: me abordó. En mi propia casa. Apenas tres días después de la partida, tres días en los que estuve recluido leyendo los periódicos, escribiendo cartas a los editores de cada uno de los periódicos que me difamaban, creándome perfiles falsos en twitter y facebook, buceando en la red desmintiendo a la panda de analfabetos que osaba ponerla a mi nivel, que osaba rebajarme al nivel de… de UNA ajedrecista, de UNA. No sé cómo consiguió mi dirección, ¿se la darían en el Club? Apenas sé lo que acaba de pasar en mi casa, no consigo deshacerme de este mareo, de esta turbación… Trato de reconstruir la escena, voy juntando piezas y recomponiendo la imagen de lo que acaba de pasar, pero su olor… el olor de su perfume, tan cerca mía, en mi propio ascensor que parece nunca llegar abajo, ese olor no me deja pensar. Ella sonríe, no la miro, pero sonríe mientras tamborilea la chapa dorada de su bolso con los dedos, con las uñas negras que… ¿acababan de rasgar mi piel apenas cinco minutos antes?. Estoy confuso.

– Jumm … – la oigo al otro lado del cubículo, acomodándose la falda, mirando el móvil.

– Vaya verano más caluroso, ¿eh?

Es la señora del quinto, Consuelo, que se dirige a ambos y a ninguno a la vez, ¿cuándo ha subido?. Su nieto, juega con algo, un reloj, un móvil, no sé, algo electrónico. Empiezan a hablar, la señora y ella, del tiempo, de la tele, de nada, mientras yo miro al suelo y trato de alejar el tamborileo de sus uñas de mi cerebro. Y entonces una sacudida en las piernas, un cling y las puertas abriéndose. Balbuceo un hasta luego a Consuelo que sale primero. El chiquillo detrás y luego yo, como un autómata, huyo torpemente de la caja que me encierra con ella, de la caja que apesta a ella. Pero no. Ella me para en la puerta, con un gesto sutil pero firme: apoya el dorso de su mano en mi pecho, acaricia mi pajarita asfixiante y me roza la barbilla con las uñas… otra vez sus uñas. Solo miro eso, sus uñas.

– Sube a limpiarte el cuello, llevas carmín. Te espero en el Club en 10 minutos. Ni uno más.

Cling, las puertas del ascensor se empiezan a cerrar encuadrando sus tacones rojos de ficción, sus piernas firmes y decididas encerradas entre la tela de los vaqueros, llevándola a algún lugar predestinado, al Club, dónde yo debía de ir… su culo redondo, siseante y… totalmente desconocido para mi hasta ahora y su espalda escondida tras un alfil negro dibujado en su blusa blanca. Apenas vislumbro, cuándo las puertas se terminan de cerrar, la melena roja infierno que corona su marcha. El ascensor vuelve a subir, el botón de mi piso está marcado: ella lo ha pulsado.

– Puta – le digo sin que me salga la voz.

– Puta, puta… ¡puta! – repito.

Veo el carmín rojo en mi cuello sobre el reflejo turbio de las puertas metálicas mientras el ascensor me eleva hacia mi apartamento y la niebla se disipa de mi mente haciendo que los acontecimientos se agolpen en mi memoria y mi sangre se amotine en mis calzoncillos.

– Puta – susurro cuándo salgo del ascensor.

– Puta bastarda, tramposa – digo mientras abro la puerta y me dirijo al baño a limpiarme el carmín.

 

A. Irles

(continuará?)

 

Valeria para otra resaca más

El dibujo es cortesía de Valeria, compañera bloguera. ¡Gracias!

Os dejo su blog de relatos y dibujos eróticos: http://loslabiosdevaleria.com/

y su twitter: https://twitter.com/LabiosValeria