Servicio de habitaciones (I)

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Me desperté tumbado sobre una cama desconocida pero con las sábanas empapadas como venía siendo usual. Me desperté con la boca seca, el estómago revuelto y vacío y con mi característico dolor de cabeza. Aparté su brazo muerto de mi pecho y fui a cagar. El baño era de lo mejor, había elegido bien, y las toallas, con las iniciales de hotel bordadas en dorado, eran como un abrazo de terciopelo. Cuando salí, abrí una botella de agua del minibar y me la bebí de un trago. Luego abrí una cerveza y volví al baño; ya no olía tan mal. Me lavé la cara y los dientes; ¿y si me ducho?, pensé, bah, luego, voy a volver a la cama con ella. Me miré al espejo.

Mi cara, mi puta cara, me salvaba. No sé ni sabía porqué, pero mi cara no mostraba nada, era como una máscara de optimismo y jovialidad. No era ningún Apolo, pero tenía aspecto honrado, de tío majo, de chaval al que cualquier puta quería follarse de vez en cuando para poder mirarse al espejo alguna vez. Normalmente, si te fijas, puedes verlo todo en los rostros de la gente: los años, el dolor, la mierda que no cagan o que han comido. Todo en una mueca de rendición, en una arruga triste o simplemente en una aspereza triste en la mirada, en las cejas, en la forma de dejar caer los párpados cuándo deciden olvidar y seguir adelante. Esa mediocridad, esa impotencia traidora hacia uno mismo que nace en la boca del estómago, en las tripas, junto a lo que te quede de alma y que se expande como un cáncer hasta invadir tu rostro. Esa basura, seguía en mi estómago, lejos de los demás. Era un tío honrado, amigo de sus amigos y todas esas mierdas, eso decía mi cara.

Definitivamente, había elegido bien el hotel, tenían hasta una maquinilla eléctrica para arreglarme la barba, para hacerla parecer la típica barba de dos días, desaliñada, despreocupada, varonil. Eso les hace el coño agua. Eso y un pelo despeinado, un look casual“… estas putas mariconadas son las que les hacían chorrear de ganas de que les devorase el puto coño que me alquilaban, las que les hacían ronronear cuándo les susurraba al oído lo putas que eran. Me fijé en el sistema de hidromasaje de la ducha, de verdad, había acertado con este hotel, así que, finalmente, me di una ducha de esas largas, de esas en las que te da tiempo a repasar toda tu vida o al menos la noche anterior. Como siempre, durante la ducha me dije a mi mismo que lo dejaba, que cambiaría, que pediría ayuda. Pero mentiría si dijese que me creí algo de lo que me dije a mi mismo, mentiría si dijese que no me empalmé recordando cómo me trajiné a la rubia de la cama y, por supuesto, mentiría si dijese que volví al cuarto, sin secarme, sacudiendo mi polla frenéticamente con la única idea de correrme otra vez sobre su cuerpo aún caliente y salir a probar el desayuno del hotel. Mentiría si os dijera que no me relamí de gusto con el orgasmo que se me derramó en sus labios rojos e inertes al oír la voz de la camarera del hotel desde el otro lado de la puerta:

– Señor Irles, su servicio de habitaciones.

Definitivamente, estaba encantado con la elección del hotel.

 

A. Irles

 

 

 

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