Servicio de habitaciones (III)

Continuación de:

“Servicio de habitaciones (I)”

“Servicio de habitaciones (II)”

tumblr_nas3rbwHvR1t1ye6to1_540Imagen de Shintaro Kago

 

– Dígame, señor Irles – susurró mientras acercaba su mano a mi pecho – ¿cuál es el problema?

– ¿El… el… pro… problema? El espejo…

– ¿Sí?, ¿qué le pasa al espejo?

Me miraba ladeada, con sus uñas rascando apenas mi esternón, y entonces volteaba la cabeza para mirarme fijamente por el espejo. Sin pestañear. Sin dudas. Solo deseo, hambre. Su reflejo aparecía nítido tras la mancha de carmín desenfocada en el cristal y a la vez mi locura subía. Subía. Otra vez venía y si quería pararla, era ahora.

– Deberías irte – mascullé notando las gotas de sudor cayendo por mis costados – ahora.

O nunca. La yugular borboteaba desacompasada en mi cuello, las sienes me vibraban, mi corazón bombeaba toda mi sangre hacia mi polla y hacia las garras del animal que venía. Venía ya, lo sentía y me robaba las mandíbulas para dibujar en ellas la sonrisa del horror que venía.

Ella se apartó del cristal, me dijo que no con el dedo índice y me lo llevó a los labios. Yo notaba los huesos rígidos, las piernas tensas… Era como siempre pero, diferente, completamente igual pero fuera de lugar: ella seguía vestida, no temblaba bajo mí, no me suplicaba entre gemidos. Y me ordenó callar con un dedo, con un puto dedo. Aún así, ahí estaba, el manto sanguíneo que invadía mi consciencia, más colérico que nunca por su falta de miedo, de placer y sometimiento. Ahí venía la capa de oscuridad rubí que violaba mis sentidos. Ya llegaba el ser que vivía tras mis retinas y que tocaba a la puerta con grandes golpes atronando en mi cerebro.

– Shhhh – me susurró – aún no, espere.

En ese turbio recuerdo de unos segundos, me besó, acercó sus labios volcánicos a mi pétrea boca y la aplastó contra ella mientras me agarraba del cuello con tanta fuerza que me estampó contra la pared. Gemí. El baño cambió de color: de burdeos a blanquecino. A verde, a azul. Y mi polla gimió de placer conmigo al ser agarrada por su otra mano. Jadeé sin aliento, con un ronquido.

– Shhhh, siga tranquilo, Sr. Irles, siéntese – me ordenó sin alzar la voz, con sus dedos estrangulando mi laringe y mi voluntad totalmente enervada – así, así… – me gimió al oído mientras aplastaba bajo su cuerpo mi polla que latía como nunca lo había hecho.

Sentí en ese momento el picotazo en el cuello y una llamarada que entraba en mis venas dejándome más indefenso todavía de lo que sus dedos y su voz había conseguido hasta el momento.

– Ay… Irles, no sabes lo que me ha costado encontrarte. ¿Ni intentas moverte? Eres de los listos… una pena.

 

A. Irles

 

 

 

 

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