Tú, frente al espejo

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Te pusiste los cascos, probablemente nada más salir del garito. No eran unos de esos cascos de última generación que se adaptan perfectamente a tu oído interno. Ni siquiera unos de esos enormes que piensas que son un absurdo incordio. No: tú tienes los cascos de tu anterior móvil, puede que del anterior del anterior, ¿qué más da? quién nota la diferencia. Estás solo, uno mismo y el mundo, cuándo te los pones, y ni siquiera eres capaz de subir el volumen a más del setenta por ciento del tope. No te gusta. Cuándo los llevas puestos, bajas instintivamente el volumen al comienzo de cada canción. Solo un punto cada vez, hasta que al final los sonidos de tu cerebro rumiando la realidad superan la música de fondo. Pero hoy los llevas a tope y no oyes los ruidos de la calle, solo a Darkside de fondo, zarandeando en tu cerebro, haciendo balancear tu columna en un imperceptible ritmo: arriba y abajo, con una leve caída de los hombros hacia los lados, derecha e izquierda; arriba e izquierda, abajo y derecha, izquierda, arriba y derecha… Nadie lo ve, ni el ritmo de tu baile ni tu desenfreno interno. Apenas tú estás seguro de si estás moviendo algo más que tus piernas que te llevan alegre pero torpemente hacia dónde sea. Pero sonríes, sonríes porque sabes que la música te lleva, ella sabe dónde ir ahora. Ella te ha sacado del local dónde has estado toda la tarde, bebiendo, mirando la pantalla muda de tu móvil y a la rubia del otro lado de la bar, la que leía. La que luego hablaba por teléfono. La que al rato reía tapándose la mano cuándo el otro chico que también bebía solo pero se había quedado sin batería le empezó a hablar.  La que  te miró, de reojo, cuándo él fue al baño. ¿Ahora me miras?. Te echó otro vistazo, de reojo traicionero, mientras se acomodaba en la silla y hojeaba el libro con una sonrisa medio ladeada que parecía hablarte desde la distancia:

– Antes, podrías haberte acercado a hablar conmigo. Tú te lo pierdes. Aunque él ahora está en el baño… si eres rápido, igual…

– ¿Por qué no has venido tú? Puta criatura del neolítico. Tanta liberación de la mujer y tanta hostia.

Te enrabietas (como siempre). Sí, justo cuándo ya tenías el puntito y estabas a punto de decidirte a empezar a pensar en hablarle, justo cuándo ya te habías atrevido a sonreirle desde la otra esquina del bar, justo entonces se te adelantan. Así que te pediste otra copa, y sacaste la libreta y te quedaste ensimismado, como un idiota, como un borracho, mirando tus manos en el espejo de detrás de la barra. Las observaste, aguantando la página de la libreta y moviendo con rapidez el bolígrafo, sin escribir, solo moviéndolo, pensando que letras usar para describir a esa puta rubia. Las examinabas, a tus manos, garabateando en el aire tus fantasías, mientras te bebías la copa… Tú te bebías la copa y ella se iba con él. Tus manos encriptaban mensajes en el espejo y el local se llenaba, cada vez más, sin prestarte atención, cada vez menos. Te preguntaron en el idioma que no entiendes, si se podían llevar uno de los taburetes de tu mesa. Ja!, contestaste con un movimiento de cabeza. Y luego otro y otro, hasta que ya no quedaron asientos en tu mesa. Luego te preguntaron si podían apoyar las bebidas en tu mesa, y dejaste de ver el reflejo de tus manos bailando sobre las hojas. El culo de tu copa te mostraba el posavasos desgastado con un garabato a bolígrafo. Escribiste en él, junto al garabato:

– Que os jodan.

Y te largaste abriéndote paso entre la gente. Sin estar seguro de si habías pagado o no, que se jodan. Con la noche rodeando tu mirada, las luces de las farolas y de los coches temblando desenfocadas en tu retina y los sonidos llegando embarrados hasta tus oídos. Te abrigaste, no sentías frío, pero sabías que lo hacía. Siempre hace frío en esta puta ciudad. Es todo lo que recordabas que hiciste, en algún momento te pusiste los cascos y te encontraste a ti mismo andando al ritmo de la música. Bailando sin que nadie fuera capaz de notarlo. Casi ni tú. Te notabas fuera de la calle pero fundido en ella por la noche y la falsa ligereza de tus extremidades. Con una sonrisa desinhibida en la cara: ibas a por dinero y a por una cerveza al piso y seguirías de fiesta. Eso ibas a hacer. De fiesta tú solo pero con Darkside sonando en tus auriculares baratos. Tus manos empezaban a acompañar el imperceptible movimiento de tu columna y de tus caderas. Salían de los bolsillos y hacían gestos con los dedos. Tamborileaban el aire y tecleaban el ritmo sobre la neblina que te rodeaba. Subiste el volumen, solo un poco más, y uniste tus hombros y tu cabeza a la danza. Sacaste las llaves y, a la segunda, abriste el portal del edificio. Solo ibas a por una cerveza y a por algo de dinero…

De lo que pasó luego, tienes recuerdos vagos, normal por otro lado, ¿no crees? Recuerdas tu imagen en el fondo del espejo del recibidor. Eras tú con tu chaqueta verde, una camisa arrugada debajo y los vaqueros azules viejos; eras tú con los cordones de tus auriculares saliendo del bolsillo directamente hacia tus neuronas desenfocadas. Recuerdas, también, la lata de cerveza que tu reflejo apretaba entre sus dedos (tú apenas la sentías pues ya iba liviana de líquido). Y la música, claro que recuerdas la música. Cada vez más alta y cada vez más al mando de tu mente… claro que el alcohol ayudaba, ¿o aun sigues sin admitirlo? Ya da igual, supongo… Observabas al otro lado del espejo, extasiado, la retransmisión de tu danza que te sumía en la música, que te absorbía y te negaba el exterior borrándolo de tu alrededor. ¿Recuerdas? Estabas solo, navegando en tu alma sumisa, mientras examinabas tu cuerpo moverse de aquella manera tan desinhibida. Eras tú, lo sabías, pero no te reconocías y no podías parar: era hermoso, hipnótico. Las notas se hacían realidad en tu reflejo, en sus contoneos al ritmo de tu lado oscuro, de Darkside a todo trapo retumbando en tus oídos.

Eras tú, tú mismo, solo tú, tú y nadie más. ¿Quién más podría haber?

Aunque creo que ya lo sabías y te dejaste, escudriñabas dentro de los ojos de ese tipo que bailaba tu cuerpo como tú nunca hacías. Ese tipo de ojos verdes, fijos en tus pupilas. Ese tipo con la mancha en forma de estrella en su iris izquierdo, justo como tú y nadie más en este mundo. Ese tipo drogado por el éxtasis al que le llevabas, ese tipo al que viste parpadear en el espejo, ese que te sonrió antes de tomar el control. Le recuerdas, ¿verdad?, a aquel tipo… Era yo.

 

A. Irles

 

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