No me quiero casar

Tengo algo que decirte, aunque igual no es el momento más apropiado: no me quiero casar.

Y en el fondo lo sabes, sabes que no entiendo eso de “quererse casar” o lo de “querer tener una novia”… ¿Un perro? ¿Un gato? Sí, tiene sentido, pero ¿una mujer/esposa? Como poseer una casa, un lugar al que pertenecer, ese sería el único argumento racional que podría encontrar para desear tener una mujer. Ese sería el único argumento que igual debilitaría los cimientos de mis incoherente convicciones. Pero pesa mucho el articulo indefinido “una”, ¿qué “una”? ¿Es que da igual? Si no da igual… ¿Qué jodido sentido tiene plantearse esa cuestión? En serio. Piénsalo y vuelve a lo del perro y el gato cuándo lo pienses.

Pero es que no le encuentro sentido ni a casarme hoy. No puedo evitarlo. Sé que desde que tengo memoria he tenido siempre estas convicciones: la de que no me iba a casar; la de que me iba a escapar del pueblo a la mínima;la de que iba a ser independiente, desarraigado, apátrida, irresponsable; la de que iba a vivir en un ático, a leer y escribir mucho, a viajar, a follarme todo lo que…, a viajar, a emborracharme en bares desconocidos… Siempre he tenido esa ansia de escapar de todos, de todos los lugares y especialmente de mí mismo. Era (soy) incapaz de entender el mundo y lo que nos hacemos unos a otros, el sufrimiento que nos causamos por puro miedo a ser lo que somos… Era (soy) incapaz de entender nada y sin embargo siempre he conseguido hacer rodar las cosas mejor que casi todos los demás y lo sé, siempre lo he sabido. ¿Pero para qué vale? Algo siempre escapa, algo se me escurre entre los dedos. Es esa sensación que aparece en el rabillo del ojo cuándo tratas de olvidarla, la que te fusila las sienes cuándo tratas de pensarla. El mundo no era un lugar acogedor, un lugar al que quisiera traer nada, no era un lugar que quisiera regalar a nadie, eso lo tenía claro a pesar de que no lo entendía, ni lo entiendo aún.

Así que huí. Y huí. Y huí. Y huí… Y corrí, corrí, corrí y me hostié. Pero volví a correr otra vez. Una y otra vez. Obsesionado en entender el puto Universo estudiando las huellas que dejaba en el fango tras de mí.

Y todas esas convicciones están ahí desde siempre, me anclan al terror de la vida desde pequeño. Esas dudas están ahí junto a muchos dogmas que las acompañan, entre ellos este: no me quiero casar. Quiero mi ático, quiero un gato, quiero escribir y no tener que responder si me piden el teléfono, o si me preguntan si las llamaré otra vez, quiero estar solo, lejos… Quiero hacer lo que ya he hecho, lo que he tenido siendo el hombre que fui hace no mucho, el del lobo aullándome en la garganta, el de las sombras vigilándome en el armario.

No me quiero casar y al final me he casado. Y para mí no significa un paso adelante, un compromiso añadido contigo, no significa que de ser dos pasemos a ser solo uno. Pero es la primera vez que no veo el mundo corriendo a mi lado, pasando junto a mi cómo los árboles en la carretera. Es la primera vez que ando, que siento el suelo, que no me alejo de mí. Es la primera vez que no me siento solo, la primera vez que sé que nunca lo voy a estar porque ese hombre ya no existe. Sé que no me va a pasar nunca más.

Me caso contigo porque no encuentro otra manera de decirte que sigo sin entender nada, pero que he recuperado la fe. No sé ni en qué, pero la he recuperado. Ahora da igual. Es imposible no creer en algo si vivo en un Universo en el que, perdido en este moco que llamamos casa, tú existes. Me sobra con creer en ti. En nosotros.  En un mundo que ahora miro con ganas de llorar y con una sonrisa de esas que tiene la gente que sabe algo que tú no… Pues lo miro con los ojos que tú has arreglado.

Te pedí que te casaras conmigo (tres veces) porque no me veo capaz de darte nada parecido a lo que tú me has regalado. Te pedí que te casaras conmigo como forma de sellar una promesa:

Que te fallaré, una y otra vez, pero que lo volveré a intentar una y otra vez.

Y no es que ahora no tenga miedo, tengo terror y mucho que perder, más que nunca: a ti y a mi.

Dicen los versos de Lorca que:

“Las cosas
Cuando buscan su sitio encuentran su vacío ”
Yo te digo que gracias por atropellarme (con tanta saña y empeño) cuando andaba desvalido, perdido en mí mismo, en esa búsqueda de la nada. Ahora te prometo que nos perderemos de la mano, los dos. Compañeros de esta aventura que llamamos vida y que tanto nos asusta.

Pero aun así, no me pienso casar a no ser que Elvis oficie el acto. He dicho.

A. Irles

 

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