Puto Van Gogh

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(Van Gogh, Chaumes de Cordeville à Auvers-sur-Oise, Museé d’Orsay, Paris)

Estaba en el Museo de Orsay y pensé que todo podría haber empezado ahí, frente a ese cuadro. O detrás de él. Pero probablemente solo era mi falta de imaginación que me engañaba y ocultaba la verdad: que todo ocurrió hace ya mucho tiempo, puede que en el mismo instante fractal del nacimiento de la raza humana. A lo mejor ocurrió en ese momento diluido en el espacio y en el tiempo en el que algo hizo “clic”, un resorte saltó en la cabeza de algún espécimen homínido y lo convirtió en humano. El Homo Paris (un descubrimiento así seguro que consigue el apellido de la ciudad del amor y de las cabezas rodantes) fue el primeo que se daría cuenta de ese algo, de ese algo más importante que todo lo demás. Ese espécimen sería el primero en tener esa oscura sombra sobrevolando su nuca, esa duda que nos susurra lascivamente lo especiales que somos y lo solos que estamos, esa voz que sin hablar pero tocándonos las entrañas con los dedos cómo si fuéramos un violín nos recuerda lo efímeros que somos para ella y lo eternos que somos para nosotros. Ese primer espécimen seguro que fue el primero que se dio cuenta de que había una verdad detrás de todo. Una verdad que solo podía vagamente intuir  si entornaba los ojos pero que los demás ni siquiera podían sospechar que existiera. Una verdad que no corresponde a ninguna pregunta pero que responde a todas. Imagino que sería el primero que, cuándo comenzó a gritar a la multitud de congéneres, cuándo intentó avisarles de que él conocía esa verdad (la única), se ahogaría en su propia voz. El sabría qué quería contarles, pero la verdad se escondería en su nuca, se callaría, cesaría de hacer música con sus tripas, se le escurriría entre los dedos cuándo la intentase atrapar para enseñársela a los demás cómo cuándo intentaba atrapar la lluvia con sus manos. El Homo Paris sería, imagino, el primer humano en esconderse asustado entre la multitud, el primero en tratar de mimetizarse en la mediocridad que observaba en los demás. Fue la primera persona en tener miedo de sí mismo y de su tamaño microscópico y de su papel totalmente irrelevante en la vida del Universo. Ese primer humano nos hizo

brillantes,

excepcionales,

geniales,

irrelevantes,

cobardes,

y temíblemente asustados.

Y no se lo pudo contar a nadie.

A. Irles