Vestidos de noche (Y. Mishima)

Último capítulo de Vestidos de noche de Yukio Mishima

(Alianza Literaria (Al), Traducción de Carlos Rubio López)


tumblr_ogh3htyi3o1tvmqcgo1_1280

Ilustración de Matsuura Shiori

Llegaron los cafés. Ayako observó que hasta en la simple forma en que su suegra sostenía la cucharilla con una mano tan blanca salpicada por las manchas pálidas de la vejez, había un movimiento de singular elegancia. Ayako pensó que le gustaría aprenderlo, así observándolo sumisamente. ¿Intuyó la señora este sentimiento de su nuera? Tal vez por eso se puso a hablar en un tono confesional e insólito en ella:

—¿Conoces el gusto del café cuando lo bebe una mujer que está sola? Ayako no respondió.

—Pronto lo conocerás. No tiene nada que ver con el del té japonés, el verde, ni tampoco con el del té negro o inglés. Los ingleses no lo toman tanto: me estoy refiriendo al café. Es el sabor que se aprecia cuando no hay nadie que pueda echarte una mano, nadie que esté ahí a tu lado en la vida. Es negro, dulce, sabroso, se agarra a la garganta, aromático, persistente, un sabor que no abandona… Pues bien, la primera vez que yo conocí el verdadero sabor del café fue después de que se casara Toshio. Hasta entonces no conocía su sabor, ni siquiera después de la muerte de mi marido.

»¿Entiendes lo que es vivir sola, teniendo, por ejemplo, la sensación de opresión en la espalda, de verse siempre apremiada? Continuamente hay una mano, la mano de alguien, que te anima dándote golpecitos en la espalda. Como te resulta bastante molesto, alargas la mano para tomar esa otra mano que sientes detrás y entonces descubres con sorpresa que se trata de tu misma mano.

»Ni muerta quiero reconocer mi soledad. No, no quiero pensar que soy una mujer sola. Por mi forma de ser natural, yo no he nacido para estar sola, ¿verdad? Pero, ay, ha llegado por fin el momento en que tengo que admitir mi soledad, una realidad que me está volviendo loca. ¿Comprendes? Cuando me pongo a mirar a mi alrededor buscando alguien que me haya hecho comprender cruelmente que soy débil y estoy sola, entonces, ¿sabes qué?, se me aparecen vuestras caras (la señora no había dicho “tu cara”), sí, vuestras caras, os guste o no saberlo, unas caras que se ríen de mí con expresión burlona.

»La soledad de la que te estoy hablando, Ayako-san, no es la que ves en mí hoy aquí, así de sopetón. No, no es ésa. Es, más bien, como el cáncer que viene preparándose desde hace mucho, pero que mucho, que ha estado incubándose largo tiempo atrás. Sí, un tumor maligno que, cuando enseña la cara, no es posible ya extirpar con una simple operación.

»Habría enloquecido si no hubiera andado buscando el motivo de mi soledad. Estaba convencida de que el motivo evidente de esa soledad no es otro que vuestro matrimonio. Pero ¡qué idiota he sido! No me había dado cuenta de que la verdadera y profunda raíz de mi soledad estaba dentro de mí.

»¿Hay algo más triste que una jaula sin un pajarillo? Sería absurdo echar la culpa a la jaula, ¿no? Aunque la tiremos a la basura, es inútil: la jaula seguirá vacía, y punto. Es un hecho que no puede cambiarse.

»Dentro de unas cuantas décadas, tú también conocerás el sabor de la soledad. Es un pensamiento que, al menos, siento que me compensa algo. Es como una sombra que arrastra una por el hecho de ser mujer. Las mujeres tenemos que enfrentarnos tarde o temprano a esta soledad. A los hombres no les pasa lo mismo. Es como si las mujeres lleváramos dentro de nosotras campos vacíos. A mí me parece que los hombres, en cambio, pueden andar sobre esos campos y no parecer tristes. Todo lo que tienen que hacer es ir por ahí diciendo que están solos, que están solos.

»Creo que algún día te acordarás de lo que ahora te digo. Por ejemplo, cada vez que superes un obstáculo y por ello te sientas feliz, estará sin falta ahí el sentimiento de soledad que se extenderá y continuará a todo lo largo, como un camino. Al principio te parecerá una quimera, una ilusión, pero luego, tarde o temprano, esa quimera se convertirá en realidad.

»¡Ah, hasta ahora no se me había ocurrido que podría llegar a confesarte esta soledad! No creo que hubiera podido hacerlo tres o cuatro días atrás. En resumidas cuentas, si te he confiado algo tan difícil de decir ha sido porque hoy, y no sé cómo, has sido tan buena que te has colado dentro de mi corazón.

»En fin, ¿vendrás a despedirme al aeropuerto, ¿verdad?

—Naturalmente. Y, ya sabe, si cree que puedo ser de ayuda en estos días antes de que salga de viaje y que me encargue de la casa…

—Gracias, gracias, Ayako-san.

Las lágrimas asomaban levemente en los ojos de la señora. Por primera vez Ayako tuvo la sensación de que estaba mirando a esta persona como a una mujer. Sintió entonces, dulcemente, cómo las lágrimas se le agolpaban en los ojos en respuesta a las de la señora.

—Cuando vuelva, hazme una fiesta de bienvenida, ¿de acuerdo?

—Sí, claro —respondió Ayako.

—¡Qué bien!

Enjugadas las lágrimas, los ojos de la señora se animaron. Y las palabras que dijo a continuación, propias de la señora Takigawa, sonaron como una declaración de intenciones sorprendente y vigorosa:

—Será una invitación en toda regla, con traje de etiqueta, en black tie. Naturalmente, como huésped de honor tendremos a su alteza Kazan no Miya. En cuanto al menú, será interesante servir un double course tradicional. De sorbet, descorcharemos un Chateau Ikem. ¡Ah, será una fiesta maravillosa! No habrá ningún invitado que quiera irse antes de las dos o las tres de la noche. Y todos, eso sí, con vestido de noche.