Rojo burdeos

Me subí al autobús el primero y supongo que por eso acabé rodeado de cinco jubiladas alemanas de pelo corto y voz ronca. Me enclaustraron contra la ventana y empezaron a parlotear como cotorras hasta que la guía se apoderó del micrófono. Se llamaba Brigitte, tendría cómo ciento cincuenta y siete años y no paró de hablar ni uno solo de los cinco minutos que me mantuve despierto. Ella hablaba y continuamente insistía, ridículamente, en pedirnos disculpas por repetir todas las informaciones en francés y en inglés.

– Is she speaking french and spanish? – me preguntó una de las alemanas.

– No, she speaks french and french from the east.

Luego me dormí hasta que una manos grotescamente fuertes de jubilada alemana me sacudieron.

– Bonjourrr, mon ami.

Era el último. Según la guía (la de papel, la que llevaba en el bolsillo) estábamos en el Chateau de Nosecuá, uno de los más punteros en producción de vino biodinámico de toda la zona de Burdeos. Biodinámico, sí… pero era el tour más barato de todos.

Bajé del autobús, perezoso  busqué el tumulto. Este se alejaba, entrando en el hangar dónde llevan la uva recién recogida para seleccionarla, preparar el primer mosto y la posterior mezcla y decantación de la piel, la carne y el zumo. O algo así. Yo me meaba. Mucho. Así que me escabullí del grupo y fuera, junto al autobús, encontré los baños en una caseta vieja junto a los viñedos.

La siesta me había regalado una severa erección que hizo que me fuera imposible mear así que salí fuera a hacer unas cuantas fotos de los viñedos y a admirar el paisaje otoñal y esas mierdas. Tres minutos de sol, verde y claridad campestre bastaron para bajar mi erección urbanita y permitirme ir al baño. Mano de santo. Salí justo cuándo el pelotón abandonaba el hangar y se dirigían al caserón contiguo a toda prisa adelantándose unos a otros a empujones: por fin empezaba la cata.

En el grupo habrían unas cuarenta personas: una japonesa veinteañera y treinta y nueve sombras. Ella tenía la piel clara como la Luna; melena corta muy morena; un collar de cuero negro azabache abrazando prietamente su garganta;  gafas de ver, redondas, grandes y con montura metálica dorada; labios negros y profundamente carnosos; uñas del mismo color;  y un cuerpo pecaminosamente concebido escondido bajo una camisa blanca ceñida y escotada que dejaba enseñar su sujetador de encaje negro y unos senos blancos y duros cómo el marfil. La escena, acababa en unas converse blancas con las que sus piernas, torneadas y suaves, con unos muslos apenas visibles entre la falda negra y tupidas medias negras tocadas con encaje, también, negro besaban el suelo. Las otras treinta y pico personas no existían. Hablaban, se empujaban, caminaban… pero no existían. Mi polla volvió a robarme la sangre haciéndome, incluso, palidecer.

Comencé a seguirla, tropezando con los guijarros del camino y con mi propia ineptitud y falta de oxígeno en el cerebro. Al final acabé tropezando con una de las sombras. Era pelirroja.

– Pardonnez-moi.

– Pardon.

Y me adelantó por la derecha, sin ni siquiera regalarme una sonrisa de excusa o una mirada de repobración. Será parisina, pensé. Aun así, su acento, sugerente y misterioso, me hizo observarla. Ahora eran sólo treinta y ocho sombras.

Ella era una chica de unos veinticinco años, de ojos verdes, pelo rojo fuego y labios todavía más encendidos. Vestía vaqueros ceñidos, camiseta blanca y azul y leía, sin separar la vista de las páginas, un libro de hojas amarillentas mientras caminaba.

La seguí.

Me puse a su lado y carraspeé. No levantó la mirada del libro y ni aún así daba un paso en falso o tropezaba con alguna de las muchas piedras del camino, o los numerosos muebles de la diogenésica casa a la que entramos luego. Yo tropecé tres veces: dos observando el trasero de la japonesa de idilio hentai y otra pensando en cómo hablar con la pelirroja misteriosa que me ignoraba. Llegamos a una sala grande y la gente fue repartiéndose alrededor de una mesa llena de copas vacías. Pronto, entre chácharas absurdas de la guía, se llenaron todas las copas y yo volví a excitarme viendo a la japonesa riendo y bebiendo, haciendo gestos de que estaba delicioso y de que se iba a emborrachar.

Me reí, me calenté más y la vi desaparecer entre un grupo. La pelirroja seguía a mi lado, leyendo. Me fijé en el libro, era un tratado (en francés) sobre la producción de vino biodinámico. El título era, en realidad, más largo que un día sin pan y con vino avinagrado: me llevó un rato leerlo y tuve que, literalmente, arrodillarme frente a ella y ni aún así se inmutó con mi presencia. Decidí hablarle.

(continuará)

A. Irles

* Ilustración de Zoe Lacchei www.zoelacchei.com