Rojo burdeos (segunda parte)

continuación de Rojo Burdeos (primera parte)

– Très interesant. Le livre. I mean.

Empecé a hablarle mezclando mi macarrónico francés con algo de inglés pero ella ni se inmutó: el sonido no atravesó su espacio vital. Le volví a preguntar, ahora solo en francés, y lo mismo. Debía ser parisina, ya no cabía duda. Entonces, de golpe, cerró el libro y se le iluminaron los ojos verdes y la sonrisa angelical que escondía: una señora de pelos estrafalarios y túnica blanca  repleta de lunas azules y estrellas doradas empezó a hablar a la multitud de guiris sedientos.

Nos contó, mientras la guía seguía sirviendo vino a todo el que se acercara a la mesa, un rollazo sobre las bondades y secretos del cultivo del vino biodinámico. Nos contó, haciendo aspavientos con los brazos, sobre las mareas y la energía vital de la Madre Tierra y luego, entre gemidos de admiración de mi vecina pelirroja, nos habló sobre los efectos de la luna al cruzar no se cuál constelación cuándo las mariposas revoloteaban y ella y su marido recogían las uvas desnudos y haciendo el amor sobre las carretas.

La japonesa iba ya por la tercera copa. La pelirroja escuchaba extasiada y yo, a duras penas, conseguí llegar a la mesa y agarrar una copa medio llena de vino. O eso pensé yo que era… vino, pero lo olí y un aroma a cabra mojada me aturulló la pituitaria. Miré, estupefacto por la impresión aromática del brebaje, a la loca de la túnica: estaba desatada, agitando los brazos como poseída por la cabra que había meado el vino que nos servían. Los demás se atiborraban a queso y pan a puñados a la vez que volcaban las copas de vino en la escupidera, con síntomas de intoxicación en sus caras. Me giré otra vez hacia la pelirroja que abrazaba su libro contra el pecho, con los ojos lagrimosos. La japonesa apareció a mi lado. La miré, me sonrió, le sonreí, olí el vino con gesto interesante y me entró una arcada.

– Hi – me dijo

– Hi – le contesté

– I love your country, the wine is awesome.

Tenía las mejillas acaloradas y hacía bailar su copa medio vacía frente a sus pechos que amenazaban con sacarme los ojos.

Gritó de emoción al decirle que no era francés si no español. España le gustaba todavía más: la paella, Barcelona… todo menos los toros. Hablaba saltarineando. Estuve a punto de abrazarla, de morderle en el cuello y romperle la camisa a besos arrastrándonos a cualquier habitación vacía.

– Do you like the wine? – me preguntó.

Ni lo había probado y con la poca sangre que me dejó en mi área de pensar y almacenar recuerdos se me había olvidado el olor a muerto del vino así que le dije que no lo había probado y di un sorbo delante de ella. No solo olía a cabra mojada rebozada en el barro de una porquera, además sabía a cadáver de perro atropellado y ahogado en un bidón de vinagre. Se me atragantó en la garganta y tosí escupiéndolo, parte dentro de la copa, parte en el suelo. Ella rió y a mi me subió la bilis por el esófago. Me giré hacia la mesa buscando servilletas donde vomitar y algo de agua para limpiar mi esófago.

– ¡Puto asco, joder! – grité en español cuándo tuve la boca limpia.

Todo el mundo se calló de golpe y se me quedó mirando. La mitad sonreían con cara de haberme entendido y de estar de acuerdo conmigo, la otra mitad sonreía con cara de no haberme entendido pero de estar también de acuerdo conmigo. La japonesa, sin embargo, parecía preocupada. Se acercó y me preguntó que si me encontraba bien. Balbuceé algo ininteligible y me dijo que ella iba al baño, que me acompañaba si me encontraba mal. Le dije, al fin, que estaba bien y que no hacía falta.

– Are you sure? We can go together…

La perturbada de la bata astral y la pelirroja me atravesaban con miradas furibundas desde los dos extremos de la sala.

– Eh? I am fine, I am fine – le contesté a la japonesa sintiendo las punzadas de las otras dos.

La japonesa pareció dudar y al final no insistió más: se fue abriéndose hueco entre la gente hasta llegar junto a la guía. Hablaron de algo  y al instante salieron juntas, con la anciana guía indicándole el camino con la mano. Volqué la copa en la escupidera, con tal poca precisión que derramé el vomito de perro en el mantel y rompí el cuello de la copa. ¡Joder! Claro que quería ir al baño con ella, ¿qué me pasaba?

Empecé a empujarme con todo lo que se movía hasta que conseguí alejarme de la mesa, en dirección hacia dónde se habían ido. Pasé junto a la pelirroja, que me observaba apretando las mandíbulas con rabia y con los ojos enrojecidos de ira asesina. Le sonreí.

– Taste the wine, parisina, taste it, c’mon – dije al pasar por su lado.

Me agarró de la muñeca con fuerza y me apuntó a la cara con el libro. En el último segundo se arrepintió y me soltó con indiferencia: la señora de la túnica reprendió su discurso de constelaciones. La japonesa ya no estaba, pero sabía dónde buscarla.

Salí disparado hacia los baños de fuera y las vi entrar juntas. Justo antes de entrar, la japonesa me vio y me hizo una mueca cómplice.

(continuará…)

 

A. Irles

* Ilustración de Harumi Hironaka http://harumihironaka.bigcartel.com/