Rojo burdeos (tercera parte)

continuación de Rojo Burdeos: segunda parte y primera parte:

 

Fui a la puerta del baño decidido a esperar a que saliera con la señora: no me sería difícil hacer esperar a la japonesa un poco mientras la señora volvía a la cata y entonces podríamos entrar los dos solos al baño… o perdernos entre los viñedos. O buscar una estancia vacía en el Chateau. Recorrí el patio nervioso, sin separar la vista del baño. Fui al autobús a comprobar si podríamos entrar, pero estaba cerrado y el conductor no estaba. Me asomé a los viñedos: había espacio de sobra para perdernos entre ellos. Pero no salía. Mi polla se impacientaba en el pantalón y de allí dentro no salía el más mínimo ruido. ¿Y si tocaba a la puerta? La vieja era muy vieja, igual le había dado un síncope o algo.

Toc, toc.

No respondía nadie.

Toco, toc.

Otra vez silencio. ¿Y si habían ido a otro sitio? Puede que por dentro estuviera comunicado con otro parte del Chateau… Ya casi no me quedaba sangre entre las piernas. ¿Dónde coño estaban?

– Excuse-moi ? – pregunté abriendo la puerta.

Nadie contestó. El baño a dónde yo había ido antes estaba abierto de par en par y vacío. A la derecha había una puerta cerrada pero se veía luz por debajo. Era una portón de madera vieja y casi negra. Intenté abrirlo tirando y empujando pero no cedió ni un milímetro. Entonces escuché un grito amortiguado por el grosor de la madera y las paredes de piedra. Era la japonesa, no tuve duda. Fue un grito tan largo que murió por falta de aire. Parecía aterrorizada pero… mi polla volvió a endurecerse. Tanto que tuve que desabrocharme un botón para dejarla respirar. Ella volvió a gritar. Me di cuenta de que el portón, como en cómic de Milo Manara, tenía un ojo de la cerradura por el que podía mirar. Como en un cómic: me desabroche el pantalón del todo y lo bajé lo justo para quedarme con el tronco entre mis dedos y los testículos abrazados por la cinta elástica de los calzoncillos. Abracé mi capullo y me agaché a espiar por el ojo de la puerta.

Durante unos segundos no vi más que una luz que me cegaba, pero cuándo conseguí acostumbrarme vi, sin lugar a dudas, a la vieja guía elevada en el aire y riendo sin emitir un solo sonido. Iba equipada con una especie de mecanismo mecánico sobre su espalda del que salían ocho brazos robóticas. Tres de ellos la elevaban del suelo, cómo una araña. Con cuatro más mantenía a la japonesa colgada de las muñecas, y de los tobillos frente a ella. El último operaba una serie de botones que parecía accionar algún mecanismo.

La japonesa temblaba y lloriqueaba la vieja le rasgaba las prendas una a una, utilizando un cuchillo que brillaba amenazante sobre su mano derecha. Su brazo izquierdo, en cambio, parecía de gelatina. Una serie de tentáculos cartilaginosos salían de su mano y rodeaban a la japonesa que miraba perdida hacia el techo. Ya estaba casi desnuda, tan solo los calcetines le quedaban puestos. La vieja la atrajo hacía si misma y los tentáculos de su mano izquierda se excitaron y se lanzaron contra la japonesa. Ella intentó gritar, pero uno de los tentáculos le ahogó el grito abrazando su garganta con fuerza. Los demás la acariciaban babeándole todo el cuerpo. Le pellizcaban los pezones, le estrujaban los muslos y los pechos mientras la vieja se relamía pasando la hoja del cuchillo por el abdomen de la japonesa.

La japonesa la miró suplicante pero derrotada cuándo los tentáculos empezaban a introducirse en su cuerpo poco a poco. Duró unos segundos, tras los cuáles, toda ella empezó a vibrar y a sacudirse entre espasmos. Sus mejillas se encendieron, como devolviéndola a la realidad y el pulpo del brazo de la vieja dejó de asfixiarla.

– I cannot stop cumming…. ohhhhh

Mi polla goteaba sobre mis zapatos. El tentáculo volvía a asfixiarla y los brazos robóticos la acercaron más a la vieja, estirando sus extremidades todavía más. La japonesa no paraba de temblar y de chorrear. Un reguero le recorría las piernas hasta caer en una marmita. Cabeceaba hacia delante y atrás y sus ojos estaban en blanco.

Entonces vi el reflejo del cuchillo levantándose sobre la vieja. La iba a apuñalar. Entonces alguien me tocó el hombro. Me giré temblando. Con la polla entre mis dedos. La pelirroja me miraba socarronamente.

– ¿Qué tienes ahí? – preguntó mirando mi entrepierna.

(continuará…)

 

 

A. Irles

* Ilustración de Ina Stanimirova http://inastanimirova.com/