Hokusai, el arte erótico Shunga y la chica sin nombre

Great_Wave_off_Kanagawa2.jpg

La Gran Ola Kanagawa (Katsushika Hokusai, etre 1830 y 33)

Fue en Hamburgo, hace varias vidas. Puede que hasta fuera verano durante todo el día y fue en el MKG, el Museum für Kunst und Gewerbe Hamburg. Recuerdo que con el malhumor encendido, observaba las láminas de Hokusai en las que retrataba una obsesión con el Fuji. Las escudriñaba una a una, de la última a la primera, mientras hablaba al cuello de mi camiseta y blasfemaba contra la infernal lógica del museo: antes de esta exposición (Hokusai y Manga) tenías que pasar por una galería de arte renacentista, una (más lamentable aun que la renacentista) de arte islámica y una de art nouveau. Pero lo mejor de todo era el hilo conductor, la conexión entre todas esas galerías: una exposición de zapatillas de deportes en el atrio central. No hablo de las sillas medio oxidadas y rajadas de Le Corbusier en el pasillo ni la sala patrocinada por el banco no se cuál.

Pero ahí estaba yo, ese domingo cualquiera obsesionado con las ilustraciones del Fuji de Hokusai, deambulando por la sala como un cuerpo inerte cuando me tropecé con ella: la ola. La ola más famosa del mundo, esa ilustración que todo el mundo ha visto en algún lado alguna vez y casi nadie sabe cuál es su origen…

– Es increíble que sea del siglo XIX.

A mi no me extrañaba tanto y apenas reaccioné al oír la voz que me dijo eso en español.

– Lo es, verdaderamente increíble – mentí.

Ella estaba a mi izquierda y de repente pude sentir la piel de su brazo rozar los vellos del mío. Casi podía sentir nuestras miradas chocar frente al cuadro luchando por desentrañar los trazos de cada esquina.

– Sus grandes orgullos. Sus símbolos. Su sustento y sus armas. El lugar dónde viven sus sueños, sus anhelos y sus pesadillas – continuó.

– Exacto: el volcán y el Tsunami. Ambos dormidos hasta que despiertan.

Me acarició la muñeca con el dedo y en ese momento no me extrañó que lo hiciera.

– Dime – dijo acercándose al cuadro – ¿a ti cuál te atemoriza más?

Me acerqué a ella, a su corta melena roja y al cuadro. Lo escudriñe desconcentrado por el olor de su piel que se enredaba en el rabillo de mi mirada como la savia de una planta carnívora se enreda entre las patitas de su presa. Contenía la respiración para no oír mis palpitaciones, o para escucharlas mejor y así no enajenar mis sentidos. La ola parecía temblar frente a mi, escaparse del cuadro. El Fuji lloraba lava. Y ella rozaba mi muñeca con su meñique.

– Las barcas. – Dije. – Los que van en ellas me aterran.

Ella sonrió. Lo supe aunque no la viese: sonrió. No tuve, en ese momento, duda alguna de que lo hizo. Hoy lo sé a ciencia cierta, me lo contó cuándo le pregunté años después. Pero sigo sin saber porqué sonrió. Sonrió y no dijo nada: siguió observando el cuadro y yo me tranquilicé hasta que la ola dejó de amenazar con inundar la sala. En un momento dado, exhalé y fui a despedirme, pero ella me agarró de la mano y no me extrañó: su piel y la mía parecían conocerse de antes. Apenas se giró levemente dejándome ver sus labios de un azul sanguinolento que me dijeron:

– ¿Has pasado ya por la sección de Shunga?

¿La sección del arte erótico tradicional japones? Aún no había pasado, pero esa era la otra razón por la que había venido. No se lo dije pues apenas fui a abrir la boca cuándo ya estábamos frente a una escena erótica y misteriosa. Era una lámina amarillenta enmarcada con una fina madera oscura, muy peregrina. A nuestra derecha, un recodo artificial hecho con paredes móviles ocultaba una estancia de la que escapaban dos risas femeninas apenas audibles. Era la sección del Hentai moderno y estaba protegida por un cartel que prohibía en alemán la entrada a menores de edad. En ese momento, ella recostó su espalda contra mi pecho y entrelazó los dedos de su mano izquierda con los míos. Contuve la respiración hasta que su mano derecha recogió su pelo tras la oreja envolviéndome así otra vez con su aroma hipnótico. Atrapándome otra vez con ese olor. Ese olor…

Rió. En voz alta. La escuché reír y la sentí apretando su cuerpo contra el mío, congelándome.

Y no me pareció raro, en ese momento me pareció lo más normal que podía hacer esa desconocida con su cuerpo y el mío.

– ¿Te gusta? – me susurró acariciando el dorso de la mano derecha.

Entre mi cuerpo y el suyo crecía mi deseo y eso la hizo reír otra vez.

– Mucho – balbuceé.

– Esto no – dijo mientras abrazaba mi bulto entre su nalgas – esto ya sé que te gusta. Me refiero al cuadro.

Apoyó su cabeza en mi hombro y mi barbilla rozó su cuello.

– Mírala. Mira la pintura y contéstame. Descríbela.

Tras la orden, muy suavemente, pellizcó mi barbilla con dos dedos de su mano derecha.

– Es una escena de un dormitorio tradicional japonés. con tatami. Hay un biombo con dibujos de garzas y una ventana desde la que se ve el Fuji.

– ¿Y ellos? – preguntó en un suspiro.

– Son tres. Ella parece que va vestida de gheisa, pero sin el maquillaje típico. Ellos llevan vestidos muy tradicionales. Diría que…

Su mano derecha acarició su cuello, interponiéndose entre su yugular y mis palabras. Callé mientras el aire me abandonaba y observaba por primera vez sus uñas afilas y negras. Con una de ellas perfiló mi mandíbula, a contra pelo de la barba.

– Sigue – jadeó.

– … diría que … el que está despierto es un samurái. Su rosto es cuadrado, como si fuera solo frente y barbilla. Tiene apenas dos puñaladas por ojos y las cejas afiladas diabólicamente. Sostiene en su mano su pene…

Su uña encontró mi labio. Ella se giró hacia mi, pero solo parcialmente sin dejarme ver su cara. Aun no había visto su cara y pero me pareció raro pues parecía conocer de memoria su respiración acelerada y su pulso sincronizado con el mío. Sabía, en el fondo, quién era ella y no me importó. Las voces de la sala adyacente pasaron por detrás nuestra dejando solo el silencio junto al hentai.

– Sigue – volvió a suplicarme como si le hiciera falta.

– … su pene… su polla, es de dimensiones descomunales, lo tiene duro y está hambriento buscando el coño de ella que está expuesto . Ella yace sobre la cama, al lado del hombre que duerme como drogado. Ella se ofrece de lado, con una pierna levantada y los ojos con mirada de lujuria pecaminosa. La escena está adornada con grafías japonesas que bailan al ritmo de los orgasmos que van a venir.

Mis labios contaban la escena rozando su piel en cada palabra que se deslizaba entre nosotros.

– Ven, Irles – me dijo separándose de mi y arrastrándome otra vez de la mano, esta vez hacia la sala vacía de la que ya no venían risas.

Y yo la seguí sin extrañarme de que supiera mi nombre o de que conociera mis anhelos pues en el fondo supe en todo momento lo que era ella y en lo que me iba a convertir en esa sala. Pero esa es otra historia, una historia todavía más antigua que esta que he contado.

A. Irles
Guardar