La esperanza del condenado

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L’Espoir du condamné à mort I La esperanza del condenado a muerte I Fecha 9 febrero 1974 Técnica Acrílico sobre tela. Tríptico. Autor: Joan Miró

 

Él se sentó en el banco solitario entre los tres cuadros que formaban la habitación cerrada por todos lados excepto a la espalda del espectador. Apoyó los brazos sobre sus muslos, con las palmas hacia abajo reposando en las rodillas y cerró los ojos. Ella se sentó a su lado y preguntó:

– ¿Vamos a hablar en algún momento?

– ¿De qué? – resopló él.

– De porqué estamos estamos aquí, de porqué hace horas que no me hablas más que con monosílabos, de porqué…

– Va… le… – el sonrió con los ojos todavía cerrados.

El silencio volvió a sentarse entre ellos. Ella tenía la mano en el aire, congelada ahí mientras decidía si caía sobre la de él o no.

– Lo siento, yo… – se atragantó con su saliva – estás enfadado y lo entiendo.

– Querías hacer algo diferente a emborracharnos y follar como animales… – volvió a sonreír mientras alargaba la última ese – ¿no?. Aquí estamos.

La mano de ella cayó como un plomo ligero sobre la de él.

– Lo siento. Sabes que a veces no me entiendo y necesito… espacio. Me presionas y digo tonterías.

– ¿Qué te parece este cuadro?

– ¿Cuál? Hay tres.

– Son uno.

Ella ni había reparado en ellos y se quedó en silencio mirándolos. Un hombre de unos cincuenta años, con rasgos entre asiáticos y latinos se acercó a los cuadros. Vestía vaqueros y americana clara. Eso junto a las gafas de pasta y a las canas sobre sus orejas le daba aspecto de entendido, de experto en arte. Sin embargo rió estrepitosamente: estalló en carcajadas mientras llamaba a su pareja. Ella, una treintañera rubia, de mirada inteligente y con figura de azafata de los años cincuenta, llegó apenas unos segundos después y acompañó al hombre en las risas. Desde el banco, la pareja, no reparó en la estruendosa presencia de ninguno de los dos que los fusilábamos con la mirada.

– Me parece… – continuó ella dejando de prestarles atención a los invasores – no sé, me abruma. Me da mucho miedo. No sabría que decir. Igual no es la pintura, igual somos nosotros…

– Sí, da miedo – él le apretó dos dedos con la mano que ella mantenía parcialmente acorralada.

Otro silencio parecía que iba a acomodarse entre ellos hasta que él tragó saliva y comenzó a hablar.

 

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L’Espoir du condamné à mort I La esperanza del condenado a muerte I Fecha 9 febrero 1974 Técnica Acrílico sobre tela. Tríptico. Autor: Joan Miró

 

– ¿Recuerdas lo que te conté del pueblo de la playa? ¿Lo de cuándo tenía dieciséis o diecisiete años…? – él se miraba los zapatos y hablaba deprisa hilvanando las palabras justo antes de que tropezaran unas con otras – dormía en casa de mi tía, bueno, de mi tía abuela. Tenía un apartamento en un segundo piso, en segunda línea de la playa más asquerosa (no bromeo) de todo el puto levante español. Pero eso no era, ni de lejos, lo peor. ¿Sabes? Era una señora muy chapada a la antigua, en demasiados sentidos.

– ¿En cuáles? – su mano cedió la presión liberando la de él.

– En demasiados. Demasiados. Por ejemplo, no se duchaba. Nunca. Era una jodida guarra, una cerda de proporciones imperiales.

Él ahora miraba al cuadro de la derecha dándole a ella la nuca. Ella no rió.

– Dormía con la persiana bajada. En serio, no se duchaba nunca y era una de esas personas viejas y sumamente gordas. Hinchadas de dinero, la grasa le resbalaba desde la jeta hasta los pies, llenando su cuerpo de dobleces dónde esconder mierda. Mierda y mierda. Su cuerpo era uno de esos que parece un saco de gelatina vomitada desde la barbilla. No sé, igual mi recuerdo está confundido, pero eso sí, solo una vez al mes o así (hablo de verano, en invierno no lo quiero ni imaginar) se daba un agüica. ¿Sabes? Eso de echarse un agüica  consistía en echarse un poco de agua con el bañador puesto y ya está. Ni siquiera se daba un baño en la playa de vez en cuando… aunque esa playa no habría ayudado.

– ¿Y? – preguntó ella sin saber qué mas decir.

– Olía a muerto, a rancio, a… ¿recuerdas qué no sabías de dónde venía la expresión esa de “le gusta la carne y el pescado” y yo te dije que era por el olor? Pues no sé si el origen de la expresión es cierto pero el olor es ese. Ella entera olía a pescado muerto.

– Bueno, pero tenías dieciséis, estarías fuera todo el día, ¿no?

– Sí, pero dormía con ella.

Ella abrió los ojos más y contuvo la respiración con duda.

– Sí, dormía con ella, en su puto mismo cuarto. ¿Te he dicho que le gustaba dormir con la persiana bajada?

– Sí…

– Pues eso. Yo llegaba lo más tarde posible, pero en algún momento tenía que dormir y en aquella época no bebía tanto como ahora o no tenía dinero para pagármelo así que cuándo volvía a casa pasaba el mayor tiempo posible en el balcón, pero solo tenía una silla allí y poco espacio más. Una silla de esas de plástico, típica de terraza. Pasaba allí horas escuchando el rumor de las olas chocando en los escombros de la mierda de playa de abajo y cuándo el sueño me empezaba a derrotar, entraba y me tumbaba en mi cama. Por suerte, conseguí la cama que estaba junto a la ventana del balcón: ponía la cabeza en los pies de la cama y me ponía mirando hacia la ventana abierta de par en par pero con la persiana bajada. ¿Has visto un pez ahogarse alguna vez? Así dormía yo, rogando aire limpio a bocanadas, aspirando los agujeros de la persiana con la boca. Y me ponía linimento de menta en el bigote…

 

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L’Espoir du condamné à mort I La esperanza del condenado a muerte I Fecha 9 febrero 1974 Técnica Acrílico sobre tela. Tríptico. Autor: Joan Miró

 

 

– Pero…

– En serio, compraba una especie de linimento de menta para lesiones musculares y me lo esparcía bajo la nariz. Y eso no era lo peor. Meaba en una bacina, la muy asquerosa, meaba todas las noches en una bacina que colocaba entre su cama y la mía. Todas las noches. Todas. Aun me entran náuseas cuándo escucho un grifo gotear contra algo de plástico. Meaba y lo dejaba ahí, entre nosotros, con la puerta cerrada y la persiana casi igual. Una noche, borracho, le pegué una patada sin querer y no veas la que lié…

– Pero, ¿por qué?, ¿por qué? – no terminó de hacer ninguna pregunta concreta.

– No lo sé, y no me lo quiero preguntar. Pero, un día, vine a ver este cuadro. De casualidad. Puede que ni fuera verano, pero era por aquella época, durante esos años. Algún viaje que hice. Me quedé en este asiento, observando los tres cuadros, durante una hora. O diez minutos, no recuerdo. La verdad es que puede que no fuera ni en esta sala, solo recuerdo la obra. Era como un atraco a la realidad, como si alguien hubiese acabado el cuadro sin el permiso del autor. No lo sé. Hasta hoy no supe el nombre de la obra.

– Es terrorífico.

– Lo era, lo sigue siendo. Pero ahora lo miro y lo veo al revés.

Ella apoyó su cabeza sobre el hombro de él y rodeó su bíceps entre sus dedos. Él le acarició el pelo y aspiró su olor.

– No te entiendo, ni entiendo a tu yo de hace quince años, pero…

El le interrumpió besándole la cabeza, dónde muere la frente.

– Yo tampoco me entiendo. Solo se que tengo miedo, terror, a levantarme cada día. Tanto o más que antes, pero ahora, contigo… es diferente. Juntos, todo es diferente.

A. Irles