Mientras tanto, en alfa-I

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Cuarta parte de https://otraresacamas.com/category/mini-series/estacion-alfa-i/

El capitán Auster se dormía. Se desmayaba impotente viendo su voluntad de mantenerse despierto socavada, cada vez más, segundo a segundo. Los rumores de las otras alfas debían ser ciertos. Se apoyó en el cuadro de manos y, utilizando como fuerza motriz la imagen de una Bettie a la que nunca había visto, se separó del asiento. Parecía no tener fuerzas ni para flotar, pero el impulso fue suficiente para llegar hasta el traje espacial apoyado magnéticamente en la pared de la cabina. Chocó de cabeza contra el traje y lo abrazó torpemente con sus brazos. ” Bettie… Bettie, ayúdame” farfullaba. Pero su realidad se oscurecía y se volvía más confusa. Más lenta. “Bettie, Bettie, estoy solo, estoy solo”. Tras el choque, debido a la inercia, sus piernas se lanzaron estrambóticamente sobre el traje de manera que consiguió enredarlas en uno de los brazos vacíos.

Justo en ese momento, en la Tierra, la doctora Noether se alisaba la falda que había quedado ligeramente arrugada al tomar asiento en la sala del Gabinete de Crisis Excepcionales.

El capitán se aferraba al traje como si aun tuviera fuerzas para hacerlo. Su mente cedía, se rendía. Hasta que sus dedos encontraron un clavo ardiendo al que agarrarse: el propulsor del traje. Si lo conectaba a plena potencia quizá… Clic. Salieron ambos disparados contra uno de los cuadros de mandos. Su mirada se veló en rojo. Quedó suspendido con la cara a diez centímetros del suelo y los pies a medio camino entre el suelo y el techo. Veía la sangre brillar a su alrededor, haciendo destellear los trozos de metacrilato del panel destrozado.

En la Tierra, el coronel Rodriguez, levantaba la cúpula de protección acústica. Los pies de Bettie Abbot aparecían tras ella.

“Bettie, Bettie” musitó el capitán mientras agarraba con fuerza uno de los trozos de plástico más afilados que flotaban a su alrededor. Sabía que era su única salida.

Las manos temblorosas de Bettie aparecieron frente a los miembros del Gabinete.

Una lágrima perfectamente esférica se separó de uno de los lacrimales del capitán Auster.

– Bettie, lo siento – dijo. Y su aliento sopló la lágrima que chocó contra el techo donde estalló en centenares de micro esferas hechas de derrota.

En ese mismo instante, un zapato rojo de mujer, de punta abierta por dónde asomaban unos finos dedos con uñas perfectas de  color burdeos, aplastó el trozo afilado de plástico contra el techo.

– ¿Bettie?

El otro pie, el izquierdo, se paró justo frente a su rostro. Ladeado. Mostrándole el largo y extrañamente afilado y delgado tacón del color de la sangre coagulada y el fino y anguloso tobillo que coronaba el zapato. El capitán Auster examinaba, como hipnotizado, las minúsculas gotas de sangre que se habían adherido electrostáticamente a la piel blanca y marfílea dueña de esos zapatos.

– ¿Bettie?

– Sshhh – la voz dulce de Bettie le susurró al oído – duérmete, estás a salvo. – le dijo mientras apoyaba el afilado tacón de su pie izquierdo en su oído, y suavemente lo presionaba, hasta que la cabeza del capitán Auster se aplastó contra el techo y el tacón entró, milímetro a milímetro hasta el centro de su cerebro – sshhh, tranquilo, ya estoy aquí, descansa.

A. I. M.

Imágen: http://purple-hazey.tumblr.com/post/74093643128

Gabinete en crisis (parte 2)

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continuación de: https://otraresacamas.com/2013/12/20/gabinete-en-crisis-parte-1/

– Díganos – la doctora Noether tomó la palabra – Bettie, ¿qué es lo que sabe?  Honestamente… nosotros apenas sabemos nada.

Bettie Abbot permanecía callada, dubitativa. ¿Que qué sabía?: ¡nada! Apenas nada.

– Señorita Noether, no sé…

– Dra Noether – interrumpió, sin pensar en las consecuencias, John Doe. – creo que me corresponde…

– ¡Por todos los Dioses enterrados y por enterrar, John! ¡Cierra la puta  boca! – la explosión de ira de la doctora Noether no pareció extrañar en nada a nuestra querida Bettie Abbot.

– Le decía, Claire – siguó explicando Bettie, mirando fijamente al presidente de la mesa – que no sé nada. Sólo sé que Fran… quiero decir, el capitán, contacta todos los días, a la misma hora, con Houston, y pregunta por mi. Si no estoy yo, la conexión se corta. Y desde hace 23 días es lo mismo siempre: no sabe nada del accidente y habla de un compañero imaginario, el novato lo llama. Para él son solo llamadas rutinarias, ni recuerda que es él el que contacta, y al día siguiente olvida lo que hablamos el día anterior. Pero… hace tres días cambió algo, se dio cuenta de que estaba solo, de que el novato no existe. Y desde ese día, cada vez que hablamos, tarda menos en  recordarlo…

– ¿Por qué cree que habla con usted y no con nadie más? ¿Cree que puede conseguir que recupere la cordura, al menos durante un periodo suficientemente largo? – el director de la NASA interrumpió, pero no esperó respuesta de Bettie pues en sus ojos se veía que no se atrevería a responder a ninguna de las dos – Bettie… si alfa-I no tuviera los escudos levantados y las defensas activadas, la habríamos destruido. No podemos permitirnos otro desastre como el de Beijing… ¿lo entiende? Pero creemos que usted puede ayudarnos, ayudar al capitán…

Todos los presentes, menos Bettie Abbot, sabían que dentro de dos días, a lo sumo, perderían todo contacto y control sobre la nave. Cuatro de las estaciones habían desparecido totalmente de los mapas. Literalmente habían desaparecido del espacio terrestre. La otra, se había estrellado en Beijing: los motores nucleares explotaron antes de tocar tierra y “solo” mataron a 2 millones de personas. El mundo estaba al borde del colapso, y nadie sabía por qué o por quién. Si conseguían recuperar al capitán Fran Auster durante unos minutos, mantener la conexión abierta y tomar el control de la nave desde Houston, podrían averiguar que estaba pasando: podrían activar el sistema de seguridad y forzar un alunizaje seguro, lejos de ciudades terrestres y cerca de alguna base militar de alta seguridad.

– ¿Piensan que es un virus? ¿Que ha perdido la cabeza… igual que el capitán de alfa-IV? ¿Por qué no toman el control de la nave? Creo que puedo convencerle… despertarle, pero, al final, todo depende de él. ¿No pueden enviar a nadie? Él enciende la radio, y él la apaga. No entiendo que quieren de mi… como mucho podría…

La puerta, tras la campana elevada, se abrió, y entraron dos hombres de negro, con pinganillos en los oídos y fusiles de asalto en las manos. Se colocaron uno a cada lado de Bettie que se quedó paralizada, más aún cuando escuchó, tras de sí, una voz femenina y autoritaria  que le dijo:

– Señorita, usted puede hacerlo, y lo va a hacer: va a salvar alfa-I.

La Presidenta, la mayor autoridad del planeta, le estaba dando una orden.

(Continuará)

A. Irles M.

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Gabinete en crisis (parte 1)

continuación de https://otraresacamas.com/2013/11/07/me-sentia-mejor/

Otra reunión del Gabinete de Crisis Excepcionales había sido convocado en el centro de control de la NASA. La hora: cuando Bettie perdiera la conexión con la estación alfa-I.

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Me sentía mejor…

astro

– Houston llamando a Estación Espacial alfa-I.

Era la llamada del control. Desde el accidente, solo podíamos conectarnos una vez al día, siempre a la misma hora, cada 15 vueltas, al sobrevolar los Estados. Como un par de enamorados hablabamos por la radio, como cualquier pareja bien avenida, chequeabamos juntos los sistemas, de forma rutinaria y metódica. Y luego, mis 20 minutos de relax, ya sobrevolando mi casa. Era el único momento del día en que podía admirar nuestro hogar y, cada vez, llorar tranquilamente, alegre por ser testigo de nuestra insignificancia y de nuestra fantástica rareza.

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