Rojo Burdeos (cuarta parte y final)

continuación de Rojo Burdeos: tercera, segunda y primera parte:

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– ¿Hablas español? – pregunté sin soltar mi miembro.

Sonrió y alargó su mano hacia la mía. Sus dedos rozaron los míos y, tras unos segundos de breve lucha entre ellos, se apoderaron de mi capullo. Me sonrió, sin separar los labios, y me empujó hasta que mi espalda se encontró con el portón. Entonces entreabrió sus labios, se relamió y se agachó despacio hasta quedarse frente a mi polla. Sacó la lengua y le dio un pequeño lametazo. Apenas me la tocó pero me hizo temblar.

– Mmmm, estás goteando- susurró. Continúa leyendo Rojo Burdeos (cuarta parte y final)

Rojo burdeos (tercera parte)

continuación de Rojo Burdeos: segunda parte y primera parte:

 

Fui a la puerta del baño decidido a esperar a que saliera con la señora: no me sería difícil hacer esperar a la japonesa un poco mientras la señora volvía a la cata y entonces podríamos entrar los dos solos al baño… o perdernos entre los viñedos. O buscar una estancia vacía en el Chateau. Recorrí el patio nervioso, sin separar la vista del baño. Fui al autobús a comprobar si podríamos entrar, pero estaba cerrado y el conductor no estaba. Me asomé a los viñedos: había espacio de sobra para perdernos entre ellos. Pero no salía. Mi polla se impacientaba en el pantalón y de allí dentro no salía el más mínimo ruido. ¿Y si tocaba a la puerta? La vieja era muy vieja, igual le había dado un síncope o algo.

Toc, toc. Continúa leyendo Rojo burdeos (tercera parte)

Rojo burdeos (segunda parte)

continuación de Rojo Burdeos (primera parte)

– Très interesant. Le livre. I mean.

Empecé a hablarle mezclando mi macarrónico francés con algo de inglés pero ella ni se inmutó: el sonido no atravesó su espacio vital. Le volví a preguntar, ahora solo en francés, y lo mismo. Debía ser parisina, ya no cabía duda. Entonces, de golpe, cerró el libro y se le iluminaron los ojos verdes y la sonrisa angelical que escondía: una señora de pelos estrafalarios y túnica blanca  repleta de lunas azules y estrellas doradas empezó a hablar a la multitud de guiris sedientos.

Continúa leyendo Rojo burdeos (segunda parte)

Rojo burdeos

Me subí al autobús el primero y supongo que por eso acabé rodeado de cinco jubiladas alemanas de pelo corto y voz ronca. Me enclaustraron contra la ventana y empezaron a parlotear como cotorras hasta que la guía se apoderó del micrófono. Se llamaba Brigitte, tendría cómo ciento cincuenta y siete años y no paró de hablar ni uno solo de los cinco minutos que me mantuve despierto. Ella hablaba y continuamente insistía, ridículamente, en pedirnos disculpas por repetir todas las informaciones en francés y en inglés.

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Pesadilla en “La carretera” (Cormac McCarthy)

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Despertó gimiendo en mitad de la noche y el hombre lo abrazó. Chsss…, dijo. Chsss… No pasa nada.

He tenido una pesadilla. Continúa leyendo Pesadilla en “La carretera” (Cormac McCarthy)

Compañeros de viaje

New collaboration with: Robbie Wild Hudson http://robbiewildhudson.com/2010/06/09/the-pequod-in-the-waves/ please visit his blog and enjoy his art! (he also sells the pieces),
J.R, quote that inspirates the story
and H. Melville… Moby Dick
Efectivamente, no quiero a nadie en este barco que no tenga miedo a la ballena.
Estoy tranquilo de que en cada ola, en cada tormenta, cuando el viento falte, estés allí,
levantado como yo, hombro con hombro, en el Pequod.
J. R.

The pequod in the Wawes

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Cervezas y zumo de naranja en el tren

Este es el primer relato que subo a la sección “Oniria”.

Como veréis, de eso va, de recuerdos, onirismos y mensajes

que a veces encuentro en mi cabeza

cuando no pienso en nada.

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Íbamos en un tren que apuñalaba la penumbra pegajosa. Era un tren antiguo, de madera oscura y asientos forrados en fieltro granate allá dónde mi mirada enfocaba; y moderno, metálico y pulcro dónde mi vista no vigilaba. La mesa entre los asientos estaba dispuesta perpendicularmente a cómo uno esperaría, con los asientos en dos hileras: una, en la cuál yo estaba sentado, dando la espalda a las ventanas y la otra de cara. Había al menos seis asientos en cada hilera, pero podría ser que fueran diez o doce.

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