Cruce de caminos

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Yo conducía y ella giraba y giraba el mapa. Cuatro giros después, lo arrugó y lo guardó en la guantera. Queríamos divertirnos: yo llevaba mi viejo panamá que rozaba el techo del coche y ella su pañuelo rojo al cuello. Pero en dos días no habíamos hecho más que deambular por carreteras semi abandonadas y aburridas. Entonces fue cuándo paramos en aquél motel con gasolinera y bajé del coche. “¿Quieres algo?”, le pregunté. “Una coca cola”, me dijo.

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