Blasfemar me la pone gorda (Moby Dick también)

Alrededor de mis obsesiones particulares, me hago preguntas idiotas y sin sentido, tal cuál cómo si estuviera borracho (pero no lo estoy, lo juro por San Atanasio Beodo) ¿Blasfemar es cosa de creyentes? ¿O depende más del receptor que del emisor? Ni puta idea. Yo no soy creyente. Ni soy ateo. Voy un paso más allá: soy agnóstico.

¡YA!  LO SÉ. Pensáis que lo de ser agnóstico es una posición de no pillarse los dedos, pero ni de coña. Eso es el agnosticismo suave o como quieran llamarlo. No es más que un invento para la peña que no tiene ganas de pensar en una puta mierda….

– Uy, no sé… Es que soy agnóstico

– Ah, vale.

Y UNA PUTA MIERDA.

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Tenía la belleza de un cuchillo en la sombra …

Tenía la belleza de un cuchillo en la sombra.

De la sangre a la luz de la luna.

De gritos de batalla.

 

Volaba sobre el infierno, un águila tentadora, cazando almas en el mundo mortal.

Adúlteros, violadores, sodomitas, fornicadores, todos… cuando la lujuria vencía al amor y rompían las leyes de Dios…

Eran todos suyos.

 

Mi belleza era la del alba dorada.

De la nieve virgen.

de la Fe misma.

 

Custodiaba los límites del cielo,

donde la más alta gloria bordeaba la condena.

El Predicador, by Garth Ennis & Steve Dillon

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