23 días (homenaje a P. Auster)

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A. Irles 2017, Paris. Nikon D5300, sin retoques

23 días.

El vigésimo tercer día, al final de la vigésimo tercera página, tecleó la palabra FIN y un punto final. Se levantó, abrió la ventana y escudriñó el ventanal de enfrente. Ahora podría investigar quién le había estado observando todo este tiempo: quién le vigilaba. Veintitrés días y ni una pista: ni un movimiento ni sonido desde aquella ventana. ¿Quién sería? Alguien tan minucioso… ¿qué pretendería? Ahora, por fin, podría averiguarlo: solo tenía que calzarse, abandonar el cuarto, descorrer los cerrojos y salir al rellano; bajar cuatro pisos, cruzar veinte metros de calzada, tocar el timbre y decir “aquí estoy, baja”.

En cambio, cerró la ventana, se sentó frente a la máquina, tachó la palabra FIN y apiló la hoja sobre las veintidós anteriores; colocó la vigésimo cuarta, aun blanca, sobre el rodillo y ajustó la primera línea girándolo toscamente. Quizás podría esperar un día más…

A. Irles

 

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Créditos foto de portada: A. Irles 2017, Paris. Nikon D5300 y viejo objetivo Zenith de 55mm con diafragma abierto al máximo. Sin retoques (excepto espejado)

 

 

 

 

La partida (parte 3)

… decía que me contactaría…

Pero mintió, no me contactó: me abordó. En mi propia casa. Apenas tres días después de la partida, tres días en los que estuve recluido leyendo los periódicos, escribiendo cartas a los editores de cada uno de los periódicos que me difamaban, creándome perfiles falsos en twitter y facebook, buceando en la red desmintiendo a la panda de analfabetos que osaba ponerla a mi nivel, que osaba rebajarme al nivel de… de UNA ajedrecista, de UNA. No sé cómo consiguió mi dirección, ¿se la darían en el Club? Apenas sé lo que acaba de pasar en mi casa, no consigo deshacerme de este mareo, de esta turbación… Trato de reconstruir la escena, voy juntando piezas y recomponiendo la imagen de lo que acaba de pasar, pero su olor… el olor de su perfume, tan cerca mía, en mi propio ascensor que parece nunca llegar abajo, ese olor no me deja pensar. Ella sonríe, no la miro, pero sonríe mientras tamborilea la chapa dorada de su bolso con los dedos, con las uñas negras que… ¿acababan de rasgar mi piel apenas cinco minutos antes?. Estoy confuso. Continúa leyendo La partida (parte 3)

La partida (parte 2)

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Ese día llegó vestida con unos pitillo a rayas verticales en blanco y negro y una blusa, de puños anchos y sobrios. Llevaba tan solo dos botones abiertos escondiendo así, muy sugerentemente, el nacimiento de sus senos y enseñando con orgullo el fino collar verde que abrazaba su cuello. Sus labios, rojos como sus cabellos, bordeaban la sonrisa sencilla con la que departía con los fotógrafos amotinados alrededor de ella. Se llevó los dedos al cabello y con un gesto sutil se acomodó el pelo corto tras la oreja mientras se giraba levemente y me miraba a la par que contestaba a las preguntas y regalaba sonrisas a los periodistas. En ese momento un tipo con pinganillo me dijo que no podía estar ahí, que era zona reservada. Ni siquiera le traté de explicar nada. Sabía que ese era su juego previo, hacerme pequeño antes de la partida ya que no iba a poder derrotarme en la mesa. Esperé hasta que el organizador me recogió y me llevó a la mesa. Entonces vino ella, elevada sobre los tacones de charol rojo que chispeaban con las luces de los flashes tras de ella: Continúa leyendo La partida (parte 2)

La partida (parte 1)

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Habíamos hablado por twitter: ella me contactó, aunque yo la seguía hace tiempo. El Club nos ofreció una jornada de dinero fácil: unas partidas rápidas de exhibición y luego repetiríamos un par de partidas históricas, con explicaciones y clases magistrales. Ella era una estrella del pop: posiblemente la mejor ajedrecista española de la historia, con conexiones con la nobleza y un éxito arrollador en todo en lo que se involucraba. Continúa leyendo La partida (parte 1)

Llamada al ego del escritor

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” Entonces él, con un confiado movimiento, sacó la libreta gafapastil del bolsillo de su americana y comenzó a leer bajo la mirada atenta y de deseo mal disimulado de todas y cada una de las cientos de ninfas impías que habían acudido a la cita codiciando llegar a absorber cada gota del líquido sagrado contenido en los esponjosos e hinchados testículos del escritor.

– Hola – leyó él.

Y ellas parecieron estremecerse al unísono entre orgasmos por venir y susurros sibilinos. Se removían en sus sillas. Los abanicos caían al suelo inútiles ante la ola de calor que impregnaba la sala. Los pares muslos se apretaban y contraían atrapando las humedades que, inevitablemente, resbalaban por la piel hacia los tacones que marcaban el final de tantas piernas.

El siguió leyendo bajo la mirada de los cientos de manos que le desnudaban en el futuro por llegar.

– Estoy leyendo lo que escribí ayer – continuó leyendo mientras los primeros gemidos y susspiros eran atrapados por los mordiscos suaves y sediciosos que ellas mismas propinaban a sus labios enrojecidos. El deseo de los cientos de ojos hambrientos danzaba como el eco, observando las letras que salían del papel tras atravesar la garganta desvergonzada de él.

– Ahora te toca a tí. – leyó señalando con el dedo a una de las ninfas, a la más pelirroja de ellas, a la de ojos más verdes y grises, a de de la piel más cercana – Di mi nombre y llena la sala del sonido de tu orgasmo. Y tú. Y tú también. – señalaba por doquier y ellas, hipnotizadas  por sus ansias, se levantaban y caminaban hacia él adelantándose entre ellas el placer que iban a devolverle a él.”

 

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Deseos ocultos

Solo quería sentirlo otra vez, una vez más y pararía. Dejaría de levantarme sudada por las noches. Dejaría de escuchar sus voces por las mañanas. Dejaría de sentir como caigo una y otra vez hacia el vacío oscuro. Solo una vez y luego lo olvidaría. Me iría bien lejos, dónde ni yo pudiera escuchar mis lamentos. Y me curaría. Lo haría como lo hice otras veces. Volvería a ser libre, volvería a ser… Pero necesitaba una vez más, solo una, me convencí a mi misma. Continúa leyendo Deseos ocultos