23 días (homenaje a P. Auster)

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A. Irles 2017, Paris. Nikon D5300, sin retoques

23 días.

El vigésimo tercer día, al final de la vigésimo tercera página, tecleó la palabra FIN y un punto final. Se levantó, abrió la ventana y escudriñó el ventanal de enfrente. Ahora podría investigar quién le había estado observando todo este tiempo: quién le vigilaba. Veintitrés días y ni una pista: ni un movimiento ni sonido desde aquella ventana. ¿Quién sería? Alguien tan minucioso… ¿qué pretendería? Ahora, por fin, podría averiguarlo: solo tenía que calzarse, abandonar el cuarto, descorrer los cerrojos y salir al rellano; bajar cuatro pisos, cruzar veinte metros de calzada, tocar el timbre y decir “aquí estoy, baja”.

En cambio, cerró la ventana, se sentó frente a la máquina, tachó la palabra FIN y apiló la hoja sobre las veintidós anteriores; colocó la vigésimo cuarta, aun blanca, sobre el rodillo y ajustó la primera línea girándolo toscamente. Quizás podría esperar un día más…

A. Irles

 

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Créditos foto de portada: A. Irles 2017, Paris. Nikon D5300 y viejo objetivo Zenith de 55mm con diafragma abierto al máximo. Sin retoques (excepto espejado)

 

 

 

 

Es que te lean…

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Es jugar a ese juego en el que te hurgas dentro desde kilómetros de distancia de ti mismo. Es ese galimatías que vomita tu cerebro cuándo no eres tú y más que nunca eres todos los demás. Es ese orgasmo que tienes al no saber si huyes del mundo o hacia él, si el terror a tu sangre es antes o después de vomitar las letras. Es esa mentira que te apacigua y te excita, esa falacia que inventas para escapar de lo que no entiendes. La razón para empeñarse en hacer esto es…

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Llamada al ego del escritor

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” Entonces él, con un confiado movimiento, sacó la libreta gafapastil del bolsillo de su americana y comenzó a leer bajo la mirada atenta y de deseo mal disimulado de todas y cada una de las cientos de ninfas impías que habían acudido a la cita codiciando llegar a absorber cada gota del líquido sagrado contenido en los esponjosos e hinchados testículos del escritor.

– Hola – leyó él.

Y ellas parecieron estremecerse al unísono entre orgasmos por venir y susurros sibilinos. Se removían en sus sillas. Los abanicos caían al suelo inútiles ante la ola de calor que impregnaba la sala. Los pares muslos se apretaban y contraían atrapando las humedades que, inevitablemente, resbalaban por la piel hacia los tacones que marcaban el final de tantas piernas.

El siguió leyendo bajo la mirada de los cientos de manos que le desnudaban en el futuro por llegar.

– Estoy leyendo lo que escribí ayer – continuó leyendo mientras los primeros gemidos y susspiros eran atrapados por los mordiscos suaves y sediciosos que ellas mismas propinaban a sus labios enrojecidos. El deseo de los cientos de ojos hambrientos danzaba como el eco, observando las letras que salían del papel tras atravesar la garganta desvergonzada de él.

– Ahora te toca a tí. – leyó señalando con el dedo a una de las ninfas, a la más pelirroja de ellas, a la de ojos más verdes y grises, a de de la piel más cercana – Di mi nombre y llena la sala del sonido de tu orgasmo. Y tú. Y tú también. – señalaba por doquier y ellas, hipnotizadas  por sus ansias, se levantaban y caminaban hacia él adelantándose entre ellas el placer que iban a devolverle a él.”

 

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¿Qué es escribir? Escribir es…

Os conté parte de mis mentiras en una entrada anterior:

¿Por qué escribo?

“Y es que al final, cuando escribes, solo buscas que te desgarren las ropas, te maniaten y que te hagan enterrar tu boca tan profundo en una mujer como profundo es el agujero desde el que has sacado lo que escribes.”

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Pero, ¿qué es escribir? Escribir es…

… machacar el teclado con mentiras. Es vomitar semen por los dedos, Es masturbarnos con mis letras. Follaros sin permiso. Es estornudar las entrañas. Mentir las verdades que ocultamos. Es olvidar el miedo haciéndolo presente. Es cagar la ansiedad que hace vibrar nuestros párpados. Es sincerarse con una falacia tras otra.

Es allanar tus deseos desconocidos. Desalojar el tedio de vuestras entrepiernas y okuparlas con mis sucias letras. Es enterrar mi lengua (y las palabras que musito mientras rasgo el papel con el bolígrafo) en vuestros sexos húmedos de vida.

Es introducir un dedo dentro de vuestros charcos prohibidos. Y luego otro. Y entonces retorcerlos, girarlos, meterlos, sacarlos… doblarlos atrapando vuestro punto de extásis hacia mi. Es masturbar mi imaginación con la otra mano. Arriba y abajo, suavemente primero y frenéticamente después, hasta que cada uno de los grafemas que dicto se derrama a la vez en nuestros cerebros. Es que mi imaginación atrape mi pelvis entre sus muslos y la sacuda, la exprima, la viole, la cabalgue hasta escupir mi única verdad.

Es deletrear todos los gemidos que ansío. Es sacudir mis entrañas con vuestros sentidos.

Pero escribir no es nada de esto: es todo lo demás, es todo lo que tú, ávid@ devorador@ de pensamientos, quieras, es todo lo que yo quiera. Pero sobre todo, es lo que no atisbo a saber.

Escribir es lo que somos.

Llámalo cómo quieras.

 

Y para tí, ¿qué es escribir? Ellos ya opinaron: https://otraresacamas.com/2015/05/12/que-es-escribir-escribir-es-lo-que-vosotrs-digais/

 

A. Irles

¿Por qué escribo?: la p̶u̶r̶a̶ puta verdad

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¿Por qué escribimos? Mejor aún: ¿por qué escribo YO? ¿por qué lo hago aquí? Hace no mucho me pidieron que rellenara una especie de formulario con huecos dónde debía expresar lo mejor posible el porqué de que yo escriba o quiera o lo intente… Creo que era un texto de Anaïs Nin (de la cuál he leído poco, pero parece ser que era una calienta bragas con talento… -no se me enfade nadie -). El texto rezaba así:

… bueno, no lo pongo, pues está incluido en la antología Libro Vuela Libre ya os diré como conseguirlo, que sé que estáis locos por tenerlo.

Ahora en serio, cuando me preguntaron, encorsetaron mi libertad creativa en una líneas (maestras en su origen, eso es cierto) y no pude decir la verdad, o al menos no toda la verdad. Y es que, a veces, no es fácil contarla cuando la verdad es cruda y corriente. Ese tipo de verdades que todos conocemos pero silenciamos la mayor parte del tiempo. Ese tipo de verdades como las que ocultamos en diálogos como:

“- Cariño… ¿qué te parece esa chica? ¿Está buena, no? Tiene mejor culo que yo…

– Eh… ¿qué chica? Déjame ver el fútbol…”

¡Y una puta mierda te importa el fútbol! Y si de verdad te importa más que el pivón ese, tendrás que hacértelo mirar…

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