Juegos de manos desconocidas

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Mientras la esperaba, se escondía del susurro de la lluvia sin amo y de los gemidos que violaban las paredes de papel, los gemidos bordados en los juegos de manos de dueños desconocidos… Continúa leyendo Juegos de manos desconocidas

Llamada al ego del escritor

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” Entonces él, con un confiado movimiento, sacó la libreta gafapastil del bolsillo de su americana y comenzó a leer bajo la mirada atenta y de deseo mal disimulado de todas y cada una de las cientos de ninfas impías que habían acudido a la cita codiciando llegar a absorber cada gota del líquido sagrado contenido en los esponjosos e hinchados testículos del escritor.

– Hola – leyó él.

Y ellas parecieron estremecerse al unísono entre orgasmos por venir y susurros sibilinos. Se removían en sus sillas. Los abanicos caían al suelo inútiles ante la ola de calor que impregnaba la sala. Los pares muslos se apretaban y contraían atrapando las humedades que, inevitablemente, resbalaban por la piel hacia los tacones que marcaban el final de tantas piernas.

El siguió leyendo bajo la mirada de los cientos de manos que le desnudaban en el futuro por llegar.

– Estoy leyendo lo que escribí ayer – continuó leyendo mientras los primeros gemidos y susspiros eran atrapados por los mordiscos suaves y sediciosos que ellas mismas propinaban a sus labios enrojecidos. El deseo de los cientos de ojos hambrientos danzaba como el eco, observando las letras que salían del papel tras atravesar la garganta desvergonzada de él.

– Ahora te toca a tí. – leyó señalando con el dedo a una de las ninfas, a la más pelirroja de ellas, a la de ojos más verdes y grises, a de de la piel más cercana – Di mi nombre y llena la sala del sonido de tu orgasmo. Y tú. Y tú también. – señalaba por doquier y ellas, hipnotizadas  por sus ansias, se levantaban y caminaban hacia él adelantándose entre ellas el placer que iban a devolverle a él.”

 

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Sí hombre

– “¡Péinate! ¿no?”

Así, con toda la desfachatez del mundo. Que me peine. Que me pei-ne. Claro, como si fuera tan fácil. Vale, es fácil. Pero como si fuera tan trivial. Uno se peina, fácil, vale, y luego: ¿qué? Pues que el cerebro se te desrirriga y del colocón que te da empiezas a regatear hasta con los lateros que te venden cerveza por la noche. ¿Y de ahí? De ahí  al descontrol: al creerse impune e inmune. Y finalmente, un día, te ves con una corbata al cuello, madrugando y, por las tardes, violando chinas  de 13 años.

Que no y que no. Que no me peino, !coño!

A, Irles M.

Fisuras

Volví a aquella sala repleta de sombras y siluetas, de voces vacías y de ecos. Durante lo que, imagino recordar, fue una legión de días, la vorágine de sucesos y pensamientos, el huracán de instantes, de verdades reveladas, de dolor ignorado, se había ido estampando contra una pared, infinita e invisible. Continúa leyendo Fisuras