Van Gogh: pequeños secretos femeninos.

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“Petits secrets féminins”  Illustration de l’artiste italien Amleto Dalla Costa

 

Llevaba varios días solo, vagando sin rumbo fijo, buscando la nada con la mirada vaga y perdida en mis pensamientos desparramados por las calles húmedas de París. Ese día era un día cualquiera, otro más. Pero era París, dónde andar perdido parece de lo más común. Como cada mañana, comencé a caminar temprano y no paré hasta que el dolor de pies me lo pidió. Cuándo eso pasaba, levantaba la vista y buscaba una boca de metro, y desaparecía de la ciudad hasta el día siguiente. Pero ese día desemboqué, sin saber cómo, frente al Musee d’Orsay. No me quedaban fuerzas en las piernas pero ver las puertas del museo me trajo a la memoria la fresca sorpresa que me dio una vez un desconocido para mi Pisarro y sus pincelada neblinosa que lo hacía brillar sobre los demás impresionistas de la exposición. Eso quedaba muy lejos, pero quería ver otra vez su pincelada y apenas había cola. De hecho, en la cola estábamos solos: ella y yo. Ella estaba de espaldas a mi, hablando un francés suave pero alegre y vivo como el rojo de su pelo. De su cuello me llegaba un aroma cítrico como de rama de naranjo recién partida. Algo verde aún. Ella compró su entrada y se giró ofreciéndome su perfil. Se arregló el pelo tras la oreja y se despidió de la cajera sin regalarme un vistazo. Le vi coger un plano en español del museo y se adentró en el museo con paso ligero, apenas contoneando su fina silueta entallada en sus vaqueros claros: parecía patinar al hacer danzar sus tacones rojos adelante y atrás. Se paró, repentinamente, en la mitad de la sala de las estatuas muertas para ella que solo leía el mapa sin prestarles atención. Todo parecía escaparse hacia otra parte menos ella, hasta  que pareció encontrar en el plano lo que buscaba hasta que lo encontró y fue ella la que desapareció deslizándose sobre el suelo de reluciente granito y permitiendo a las estatuas volver a su espacio propio.

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El Fantasma de la Navidad 14 (final)

Última entrada de mi diario de Navidad que he titulado El Fantasma de La Navidad.

 

11 de Enero 2016, Barcelona.

No sé qué fecha poner a esta última entrada de mi diario pues quiero plasmar en letras lo que pasó desde que salí de casa con Azucena, la señorita de la voz dulce mirada traviesa y discretísimas y elegantes artes eróticas concentradas en sus labios, como pude comprobar en el tatami privado del restaurante japonés al que fuimos. Fue tras el postre, cuando abrimos la botella de cava (el sake no me mata, la verdad) y tampoco voy a detallarlo aquí, pues lo importante de esa noche es lo que pasó antes y después de que ella me hiciera recostar junto a la mesa bajita aún llena de platillos y restos de sashimi y me diera el orgasmo más lechoso, sosegado y armonioso que una boca me había arrancado en la vida. Lo de antes es fácil de explicarlo: no hicimos nada más que ir al restaurante y meternos en el reservado. No hablamos, apenas cruzamos palabras excepto para discutir sobre el menú que queríamos. Se sentó a mi lado y saqué las notas del diario. Mientras comíamos y bebíamos vino, leí y releí cada anotación y las iba dejando junto a mi, entre ella y yo. Ella al principio parecía incómoda con mi silencio: me empezó a masajear los hombros, luego empezó a cenar y disfrutar del vino, luego pareció entrarle la curiosidad y se puso a leer las notas que yo iba dejando junto a mi. Tanto se debió ensimismar con la lectura que cuándo yo acabé y empecé a cenar lo que quedaba, ella siguió leyendo y, cuándo la camarera-gueisa pidió permiso para entrar, se lo dió y pidió otra botella de vino sin consultarme. Seguí comiendo, observando sus ojos marrones danzar de línea a línea, recorrerlas una a una lentamente mientras respiraba con los labios ligeramente separados. Acabó cuándo llegó la botella de vino y cuándo le llenaron la copa dio un largo trago, dejó los papeles en el suelo y mirándome con las mejillas sonrosadas me dijo:

– Esto es bueno… No sabía que eras escritor.

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A. Irles

Imagen de Benjamin Garcia: Submariner

El Fantasma de la Navidad 6: la mejor cena de Nochebuena de mi vida

Entrada de mi diario de Navidad que he titulado El Fantasma de La Navidad.

 

24 Diciembre 2015, Barcelona.

Llevo varios días sin escribir mi diario. Primero porque mi cuñado “rompió” mi portátil y segundo porque cada vez que conseguía coger un bolígrafo me dormía. Ciertamente, ese escenario, el de dormirse, ha sido el mejor. Mucho mejor que el otro: que cada vez que cogiera un bolígrafo me entraran ganas de clavármelo en la yugular y de retorcerlo haciendo círculos hasta que mis dedos flaquearan y mi sangre ahogase mis quejidos:

– ¡Soy!… glu glu glu … ¡libre!… glu glu glu

Además recibí una llamada de mi familia. Una de esas que llegan demasiado tarde aunque parezca que no lo es y que proyecta en las retinas de  cada uno los errores que sabemos que nos perseguirán por las noches. Esos errores que nos seguirán cada noche, lentamente, pero cargados con grilletes para ser anclados a la garganta de sus víctimas.

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A. Irles

Créditos de la imagen: Hiroko Shiina

El Fantasma de la Navidad 5: primer día de vacaciones

Entrada de mi diario de Navidad que he titulado El Fantasma de La Navidad.

 

22 Diciembre 2015, Barcelona.

No entiendo cómo la gente puede llevar un diario al día, bueno, lo de Ana Frank, lo entiendo, pues no salía de casa apenas. Y si eres un prepúber pues también lo puedo entender porque llega la noche y no tienes resaca ni hostias y si ya te has tocado la zambomba lo suficiente pues escribes y recopilas lo del día entero: fácil, sencillo. Pero la verdad, yo, de noche o tengo sueño o estoy borracho o estoy en el salón viendo porno mientras mi mujer duerme en el cuarto. Podría escribir al acabar pero es que al acabar lo único que quiero es dormir o seguir viendo porno un rato más. Con suerte puedo hacerme una paja mientras chateo con Sara o con alguna otra, pero ganas de escribir tengo pocas. Pero me lo he propuesto y me toca escribir… aunque sea con un día de retraso.

La cuestión es que ayer fue mi primer día de vacaciones y pasé la mañana en casa, pero no he tenido tiempo ni ganas de escribir lo que pasó hasta ahora. Ella estaba haciendo yoga o algo así cuándo me levanté.

– ¿Qué hay de desayunar?

– Lo que te prepares – me contestó desde el salón.

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A. Irles

Imagen de Mattew Draw

El Fantasma de la Navidad 4: la cena de empresa, fiesta en los baños

Entrada de mi diario de Navidad que he titulado El Fantasma de La Navidad.

 

19 Diciembre 2015, Barcelona.

Ayer, sábado, pasé el día entero en casa dormitando, viendo  la tele, bebiendo zumos y agua, masturbándome a ratos y contento de no tener que ver a mi mujer después de lo de la cena del viernes. Ella estaba de compras o de brunch post visita al colegio electoral, o algo así,  con unas amigas. Afortunadamente no era Silvia una de esas amigas: la escuché cotorrear los planes al teléfono mientras giraba y giraba en torno a sí misma, en el cuarto, lanzando ropa al aire como haría el diablo de Tasmania, hasta arriba de anfetas, en un Zara. A parte de eso, de unos cuántos mensajes con Saray  de quemar otra vez el límite de likes a orcos en Tinder no pasó nada más ayer. Pero quiero escribir lo que pasó en la cena. Seguro  que me viene bien, como dijo la diabólica psicóloga pelirroja.

 

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A. Irles

Imagen sin créditos… si alguien conoce al autor/a que me lo diga, por favor.

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El Fantasma de la Navidad 2: reunión en el pasillo

Entrada de mi diario de Navidad que he titulado El Fantasma de La Navidad.

 

17 Diciembre 2015, Barcelona.

Hace unas horas, el 16 de diciembre, me he puesto corbata y me he planchado la camisa para ir a trabajar. Ni la he quemado ni nada, creo que hasta me he divertido haciéndolo, la verdad. Ha sido como un paréntesis de meditación y autoconocimiento en mi mañana desganada: hacer una tarea simple y a la vez que exige dedicación y cariño (era mi puta camisa y la planchaba por algo). No sé, me ha gustado, pero tampoco tanto como para volverlo a hacer, la verdad. Y menos para lo que me ha servido…

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A. Irles

 

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La imagen es de Daryll Pierce

El Fantasma de la Navidad 1: consulta con la psicóloga

Entrada de mi diario de Navidad que he titulado El Fantasma de La Navidad.

 

15 Diciembre 2015, Barcelona.

Hoy me tocaba la evaluación psicológica anual de la empresa. Siempre me toca por estas fechas y casi nunca voy pues es opcional (oficialmente). Claro que, para la mayoría de mis compañeros de trabajo, lo de opcional es un eufemismo pero yo no soy la mayoría de mis compañeros: yo soy el que les salva el culo año tras año, soy… bah, da igual. Yo sé quién soy. La cuestión es que a esos lameculos les toca ir todos los años y yo voy cuándo me sale de las pelotas. Y esta mañana he ido. ¿Que por qué? ¡Yo qué coño sé! Habrá sido por una mala intuición o simplemente otra puta mala decisión en estos días. La cuestión es que he pasado por la puerta del despacho del psicólogo y me ha llegado un aroma muy sexy y ahí ha empezado todo. Tengo esta cosa con los olores, soy muy malo poniéndoles nombres, identificándolos, enlazándolos con palabras, pero los entiendo. Entiendo los olores y los detecto e interpreto, como una hiena o un buitre (sí, los buitres huelen). Pues eso, me ha invadido ese aroma al pasar junto a la puerta y era una llamada de coqueteo. Obviamente no era el olor del papanatas calvo de siempre, era el de una mujer deseable y con ganas (aunque puede que fueran mis ganas, no digo que no). Así que he ido, a la hora convenida, a mi evaluación psicológica anual y me he encontrado con una sirena surrealista que me esperaba. Una chica de pelo corto y rojo sangre, de piel pálida, bajita, elegantemente vestida con una camisa blanca ceñida y una falda negra de tubo de esas de ejecutiva dominante. He entrado a su despacho y mi cerebro se ha envenenado con el aroma a vainilla, rosas, desvergüenza y atrevimiento que desprendía. Creo que me he quedado embobado mientras ella me examinaba, desde el otro lado de la mesa, con sus ojos grises mirando sobre sus gafas de pasta negra. Creo que me ha dicho algo… pero solo la he visto sonreír y hacer un gesto con la mano.

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A. Irles

La imagen no sé de quién es… si alguien conoce al autor/a, que me lo diga para darle los créditos. Y sí, no es pelirroja, ya lo sé

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