El Fantasma de la Navidad 13: compañía a domicilio

Entrada de mi diario de Navidad que he titulado El Fantasma de La Navidad.

 

9 de Enero 2016, Barcelona.

No tenía ganas de escribir, ni de beber, ni de salir. No tenía ganas ni de sentir dolor en los cojones y tal era mi apatía que  no lo sentía. No tenía ganas de dormir ni de pensar. Así que pasé todo el viernes y la noche del jueves tumbado como un cadáver. Primero en la alfombra al pie de la cama con la camisa vomitada echa un gurruño al otro lado de la habitación. Luego me pasé a la cama y me dediqué a tareas varias: a atravesar el techo con mi mirada, pero sin empeñarme; en mirar a la bombilla del techo y cerrar los ojos para así embobarme contando los destellos de luz que veía en mis párpados anaranjados; contar las palpitaciones de mi arterias del cuello; o en contar las ondulaciones de las cortinas… lo de las ondulaciones me abstraía bastante y aun llevo todo el día de hoy (ya sábado, ¿no?) haciéndolo. Es curioso porque a pesar de estar en una habitación cerrada y ser yo la única persona en la habitación en número de ondas de las cortinas parece cambiar. Si las cuentas una y otra vez, de repente, aparece una más o desaparece una. No sabes en qué lugar, si es al principio o al final o entremedias… pero poco te importa si estás perdiendo el tiempo en contar ondas en las putas cortinas ¿no? No cené el jueves ni desayuné ni comí ni cené ayer ni he desayunado hoy. No dormí. No me levanté más que para mear un par de veces, para cagar otra vez y para beber agua, litros de agua. Supongo que mi cuerpo necesitaba una limpieza y supongo que mi mente necesitaba contar las jodidas ondas de la cortina. Contar evade.

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El Fantasma de la Navidad 12: aun me duele mientras escribo

Entrada de mi diario de Navidad que he titulado El Fantasma de La Navidad.

 

7 de Enero 2016, Barcelona.

Aun me duele mientras escribo pero pensar en otra cosa me ayuda a disminuir el dolor, la rabia y las ganas de coger una barra de metal e ir a su tienda y reventarle el escaparate. Escribir esta mierda de diario que me revuelve continuamente las tripas y la conciencia, sí, la puta conciencia, me relaja ahora y me suaviza las fantasías que invaden ahora mi mente, esas fantasías en las que llego a su casa con un gato de coche y reviento su puerta, desmiembro a su gato hijodeputa y me la follo por el culo sobre su asquerosa mesa de cocina hasta que ya no pueda llorar más. Aun me duele mientras escribo… pero me alegro de estar escribiendo.

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El Fantasma de la Navidad 11: día de Reyes en la suite del hotel

Entrada de mi diario de Navidad que he titulado El Fantasma de La Navidad.

 

6 de Enero 2016, Barcelona.

Escribo desde la suite de un hotel de lujo de Barcelona. Es una habitación enorme con una cama de dos por dos metros, con sábanas de seda blanca y granate y acabados de madera oscura en el cabecero y en el pie. Tengo un armario vestidor en el mismo cuarto tras un espejo de cuerpo entero (o de tres cuerpos enteros más bien) y una alfombra enorme, también granate o burdeos o algo parecido entre la cama y el despacho desde el que escribo. Tengo otra estancia con una mesa despacho para reuniones y una pequeña barra de bar y tengo otra estancia con dos sillones individuales de piel negra y un sofá de tres piezas rodeando una mesa baja redonda de cristal. Si escribiera desde ahí, vería los restos de coca en la mesa y olería el típico aroma de los aceites y geles lubricantes mezclados con el sudor del vicio de la noche anterior. Si fuera al salón, encontraría más de lo mismo pero con cuerdas, mordazas, un par de arneses y varios trajes de cuero desperdigados por el suelo, mesa y sillas. Todo tirado por ahí y regado en botellas de alcohol vacías y en la peste a alcohol sudado durante toda la noche. Desde donde escribo esta mierda las veo a ellas dos, a las dos putas que pagué para que pasaran conmigo las últimas 24 horas. Dos gemelas morenas, de piel blanca y de artes obscenas entre sus piernas. Pili y Mili o yo qué sé, no pregunté sus nombres y no me los dijeron tampoco. Bueno, sí que me los dijeron pero… ¿qué me importa a mi? ¿o qué les importará a ellas que no lo sepa? Pili es la que tiene un tatuaje de un ancla en el tobillo y es más guapa, más jovial y con un aire más puro e inocente. Mili tiene esa mirada de zorra que no se entrena, que se tiene o no se tiene, esa mirada que es prueba constante de lo bien que la come, pues Mili es mucho mejor que Pili en eso, come pollas, culos, coños, como uno imagina que lo haría una puta sirena. Por lo demás, son dos ángeles del sexo y de la diversión. Continúa leyendo El Fantasma de la Navidad 11: día de Reyes en la suite del hotel