Schöpenauer y música de ascensores

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(Fotografía: http://www.flickr.com/photos/22746515@N02/4101974109/)

En el coche, mientras paseas, cuando entras a una tienda, mientras comes o mientras te duchas. Siempre, siempre música. Hasta en los ascensores, una banda sonora que nos acompaña pero a la vez nos apantalla de nuestra realidad, de nuestro ‘yo’ íntimo que solo conocemos mediante la introspección. Pero no sólo música, siempre encontramos algo. ¿Conocéis a alguien que viaje en metro o tren o avión sin leer, escuchar música o jugar a cualquier cosa? Un rato vale, pero enseguida nos invade cierta incomodidad.

Si bien es cierto que la relación entre uno mismo y un libro (una canción, etc) es algo muy personal y enriquecedor, a veces es una barrera ante nosotros mismos. Hay libros o historias que saben más de nosotros que nosotros mismos, que nos atrapan y a la vez nos dan un paseo por nuestra alma pero… no deja de ser una visita guiada, y por mi propia experiencia, los mejor lugares ni aparecen en los mapas, ni en las mejores guías.

¿Y a qué viene este desvarío mío y el título de esta entrada? Pues todo viene a un fragmento que leí en El Arte de ser feliz, de Schöpenhauer (optimistas, lectores de Bucay y cualquiera que busque la felicidad leyendo libros, se ruega encarecidamente se mantengan alejados de este libro), concretamente en ‘La Regla 3’. Lo transcribo aquí:

“[…] el carácter adquirido, el que solo se consigue en la vida a través del ejercicio del mundo, y del que se habla cuando se elogia a alguien como hombre de carácter o cuando se critica a alguien por su falta de carácter.[…] aunque siempre somos la misma persona, no siempre nos comprendemos a nosotros mismos hasta que hemos alcanzado en cierto grado el verdadero conocimiento de nosotros mismos.”

Para conocernos necesitamos estar solos, al menos de vez en cuando. Pero la soledad no es tan sólo no tener a gente alrededor: la soledad se vive de verdad cuando uno se enfrenta a si mismo mediante la introspección. Así, si hacemos estos pequeños ejercicios de soledad ‘elegida’, no nos dolerá tanto cuando la suframos involuntariamente. Dado que la mayor parte del tiempo estamos solos (aunque queramos ocultarlo), lo mejor es, al menos, soportarse a uno mismo y para llevarse bien con alguien lo mejor es la sinceridad.

Quizá quitar la música de los ascensores ayudase a que lo consigamos, pero mucho me temo que pocos queremos ser sinceros con nosotros mismos.

Y lo entiendo, la mayoría somos unos hijos de la gran puta.

A. I. M.