Tren hacia …

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La vi. Y en ese mismo instante supe que escondía un secreto tras sus ojos del color del océano profundo justo antes de una tormenta. Había algo tras sus mejillas, desérticas como dos lunas abandonadas, y tras sus labios, grises y agrietados. Algo, en lo profundo de su mirada, me decía que había sido bonita, increíblemente, hasta hacía poco (¿horas? ¿años?). Una ninfa dulce y hermosa de pureza y ternura místicas se escondía tras una máscara de ausencia.

Estaba sentada en el suelo, al final del último vagón, en el pasillo entre los asientos. Iba descalza, apoyaba barbilla sobre sus rodillas y, con los brazos, rodeaba sus pantorrillas. La mirada fija, como si de una lanza se tratara, atravesaba el pasillo del vacío vagón y, cualquiera diría, que también de los otros siete, a pesar de que las puertas entre ellos estaban cerradas. Era como si el mismísimo diablo se hallara al final de su mirada, de lo cuál no tuve duda alguna cuando vi que sus párpados vencían a sus inamovibles ojos y sus brazos se derrotaban cayendo al suelo sin siquiera amagar con secar la lágrima que desbordaba su ojo izquierdo.

Llegamos a la última parada y fue cuándo escuché un alarido de terror proveniente del vagón continuo. Un alarido infinito que no se ahogaba, que no cesaba, que era imposible viniera de un ser humano. De un salto aparecí en la intersección entre vagones y vi a otra mujer, un bulto espasmódico, gritando y tratando de escapar a gatas del vagón por una puerta que no encontraba. Y vi el motivo de su pánico: un hombre enorme, de pelo rubio platino como un destello de luz; sentado en un asiento de una mesa de cuatro, con los brazos caídos y las palmas mirando al techo; ojiplático y estrábico a la vez, con ambos ojos clavados en la suela del zapato rojo de tacón que perforaba su frente; la sangre desbordaba en dos ríos alrededor de su nariz, inundando su boca, arrastrándose por su cuello y esquivando el único obstáculo hacia su pecho descubierto, una jeringuilla vacía colgada de su cuello; y, finalmente, otro río de sangre, naciente en su entrepierna, inundaba sus pantalones caídos sobre sus tobillos.

Una presencia detrás mía interrumpió la pesadilla. Era ella, la chica de la mirada ausente, la que ahora lucía una destelleante media melena roja cobrizo, cuando instantes antes su cabello apenas parecía existir. Sus ojos habían renacido en un vivo azul turquesa, casi verde y sus lágrimas eran ahora leves gotas de sudor, como rocío, que brillaban tímidamente al resbalar por su cuello entre el espacio prohibido que vigilaban sus clavículas. Y yo, miraba sus labios. Que humedecidos por sutiles caricias con la punta de su lengua, escondían una leve sonrisa al juguetear a escapar de los leves mordiscos que sus colmillos le lanzaban. Sin apartar su entrecortada respiración de mi turbada mirada: me guiñó un ojo y bajó del vagón. Volaba descalza entre la multitud, tranquilamente escapaba de… ¿de mi?, y la gente poco a poco desaparecía… solo quedaba ella, que se desvanecía más lentamente, más dulcemente, más peligrosamente. La habría seguido hasta… no sé. Dios sabe que la habría seguido al cielo o al infierno si aquel agente no me hubiese parado en ese mismo instante.

A.I.M.

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(fotos: http://www.wearesuperfamous.com/tag/girl-railway/)

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