Hasta aquel día

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Era menuda. De aspecto frágil. Pálida, con visibles ojeras y unos enormes ojos verdes que las acentuaban.  Siempre callada y observando tras la ventana. Sin siquiera mirar. Cuándo algún rayo de sol invadía el cuarto, simplemente le atravesaba, como si fuera de cristal, como si allí no estuviera ella. Y cuando ella te miraba a los ojos, era ella la que te atravesaba, eras tú el que desaparecía. Sin embargo comía cuando tenía hambre, leía, se incorporaba cuando la enfermera lo requería…

Ese día, no parecía distinto. Como siempre, eramos más personas en aquella habitación. Y como siempre, parecíamos no existir, no tener más conciencia de existir que los muebles de la sala. Como digo, no parecía un día distinto, ni se podría intuir que nada lo fuera a cambiar. Hasta que entró él y en los ojos de ella se derramaron los recuerdos.

A.I.M.

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