Gabinete en crisis (parte 1)

continuación de https://otraresacamas.com/2013/11/07/me-sentia-mejor/

Otra reunión del Gabinete de Crisis Excepcionales había sido convocado en el centro de control de la NASA. La hora: cuando Bettie perdiera la conexión con la estación alfa-I.

“Deberíamos cambiarle el nombre a este gabinete, de excepcional ya no le queda nada a esta jodida crisis” farfullaba el director de la NASA mientras tomaba su asiento junto a la atractiva científica de la CIA. Estaban, ambos, tan cansados, que ni se saludaron cuando se dejaron caer sobre su asiento. Cinco personas formaban ese gabinete, todos estaban ya derrumbados alrededor de la mesa circular. De izquierda a derecha: el jefe del Estado Mayor, coronel Rodriguez Rodriguez; el Dr. Allan Hoskins (doctor en casi todo); el director de la CIA John Doe presidiendo la mesa; la Dra en neurofísica y astrobiología Claire Noether y, finalmente; el director de la NASA el Dr. A. I. M.

– Señores, creo, de verdad, que la señorita Abbot debería asistir hoy a la reunión – el Dr. Hoskins se adelantó a la apertura de la sesión para pedir, de nuevo, la asistencia de Bettie Abbot.

– Allan… sabes que no es posible pero, como siempre, tomo nota y lo hago constar en acta -le contestó el director de la CIA, más enjuto, pálido y agotado que de costumbre. Con sus dedos largos y afilados, mientras pronunciaba las últimas sílabas de su réplica a la petición del Dr. Hoskins, pulsó el botón rojo que bajaba la campana de insonorización acústica.

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– John … estoy hasta la mismísima polla de la memez esta de la campana – bramó la Dra. Noether – no estamos en los putos años cincuenta, las estaciones espaciales están cayendo desde cielo, y en twitter se enteran de la mitad antes que nosotros… ¡por Dios! Además. no entiendo como la presidenta no está al tanto, ¿es que no tiene televisión? ¿no tiene internet en el Air Force One? Protocolos de mierda, la estamos jodiendo: ¡la estamos jodiendo! Y tú dale que te pego con la puta campanita de protección acústica. ¡Dios bendito!

Al Dr. Hoskins le palpitaba la vena de la frente con cada improperio que salía de los sensuales labios de la joven, bella e inteligente asesora. Iba a decir que no es una campana como la de los años cincuenta, que no solo aislaba el sonido, que, en realidad, nada podía entrar ahí o salir de ahí con la campana bajada, ni un solo tipo de emisión, que eran totalmente indetectables cuando estaban dentro de esa campana… pero interrumpió el jefe del Estado Mayor, General Rodriguez:

– Lo sabe – dijo mientras se levantaba y accionaba el botón verde que levantaba la campana – Jonh, he hablado con ella, los protocolos ya no sirven. Y creo que Allan tiene razón: la señorita Abbot ha logrado más con unos auriculares y un micro que toda la NASA y el departamento de Seguridad Nacional con todos sus medios. Es el único clavo al que nos podemos agarrar…

– Y la CIA. La NASA, el departamento de Seguridad Nacional y la CIA- el señor Doe lanzó su corrección al general con poco convencimiento, hundiéndose agotado en el sillón, sin fuerzas para oponerse a la clara violación del protocolo que acababa de producirse: al fin y al cabo, hasta él sabía que no hacían más que estrellarse con un muro, que había que cambiar el rumbo y probar algo nuevo.

– Pase señorita Abbot – dijo el general Rodriguez ignorando las últimas palabras de John Doe.

La campana se levantaba pesadamente, con pereza y torpeza. Al otro lado solo unos pies asomaban, los de Bettie Abbot, que no había podido oír al general pidiéndole que pasara. Los cinco miembros del gabinete contenían la respiración, expectantes. Llevaba unos zapatos negros sencillos, con un ligero tacón, que daban paso a unos tobillos finos y angulosos, de piel blanca y suave; a partir de unos dos centímetros sobre el tobillo, aparecían unos vaqueros claros y ceñidos que marcaban unas pantorrillas inquietas y luego unas rodillas finas que indicaban el principio de unos muslos prietos, curvilíneos y bien formados; apareció un cinturón rojo y fino que separaba los pantalones vaqueros de una camisa blanca, impoluta y algo más holgada que los pantalones, las mangas remangadas dejaban vislumbrar de nuevo la piel blanca y sedosa de Bettie, que apretaba sus dos brazos temblorosos contra la carpeta que apoyaba en su pecho; los expertos y asesores vieron entonces aparecer el cuello destapado de Bettie, que tragaba saliva nerviosamente, una barbilla algo afilada que contrastaba con la redondez de sus labios rojos que se abrían y cerraban musitando palabras que le tranquilizaran; finalmente, unos pómulos agotados y sonrosados y una mirada triste, preocupada  y de tonos verdes y azules que brillaba asustada bajo unas cejas apenas visibles escondidas tras un flequillo de pelo rubio casi ceniza.

– Pase señorita Abbot – repitió el general Rodriguez.

Dubitativa, entró en la sala, y se quedó de pie en centro del círculo que formaría la mesa si tuviera dos partes, sin decir palabra, observando a los cinco inquisidores que la interrogaban con la mirada.

– Díganos – la doctora Noether tomó la palabra – Bettie, ¿qué es lo que sabe?  Honestamente… nosotros apenas sabemos nada.

(continuará)

A. Irles M.

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