Un sueño de uñas rojas

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Al despertar, me volvía a ofrecer la mano. La misma mano de siempre, igual de joven y de suave. La movía relajadamente, ofreciéndola ante mi mirada. Sus uñas rojas, casi granates. Muy cortas y cuidadas, la intensidad de su color contrastaba con su piel blanquecina.

– No – le decía cada vez.

Sus facciones permanecían impasibles a mis negativas. Ni las pequeña, finas y casi imperceptibles arrugas que le nacían de la comisura de sus párpados dudaban un segundo cuando de mis labios salía el monosílabo: No. Ni sus labios se fruncían un ápice. Su cuerpo aceptaba mis negativas con una amabilidad estática, exceptuando sus ojos. Sus ojos, claros y tranquilos, siempre reaccionaban igual: como en una explosión originada en sus pupilas, sus iris se tornaban del color del mar profundo y en menos de un segundo, a cámara lenta,  el mar oscuro invadía sus pupilas, antes casi cristalinas.

– No – le decía cada vez.

Entonces, solo cuándo su mirada había sido totalmente poseída, el demonio tomaba el resto de su cuerpo. Lo reclamaba para sí con violencia. Sus dedos índice y corazón se clavaban en mis orificios nasales, con rabia, aplastando mi cabeza contra el respaldo del sillón. Mis músculos ya ni se tensaban bajo las ataduras de lo destrozados que los tenía. Pero yo siempre decía que no. La droga de sus uñas impregnaba mis sentidos casi al momento analgesizando mi dolor y así suavizando el ardor de la carne desgarrada.

Y luego, no sé aún cuánto tiempo después, despertaba y aquel ser, de nuevo angelical, me volvía a ofrecer la mano. Yo ya no sentía nada. Solo le decía que no, otra vez, y la observaba.

A. Irles M.

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