Un desayuno… ¿cualquiera? (Dr. Ibañez, capítulo I)

Primera desventura entre el  Dr. Ibañez y la jóven de los tatuajes

Relato publicado en la Primera Antología Libro Vuela Libre, 2014

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Hoy ha sido un día horrible. Claro, no podía haber empezado peor. A esta edad ya casi nada me sorprende, pero reconozco que lo de hoy me ha sobrepasado. Llevo más de treinta años yendo a ese maldito lugar para desayunar y leer el periódico aunque aun no puedo entender el por qué: siempre han sido zafios y groseros, unos completos vagos.

Puedo consentir que el vagabundo y maleante de José, el dueño, me llame siempre por mi nombre de pila en vez de Dr. Ibáñez, ya que sé que este holgazán no puede dar más de sí. También soy capaz, y todo el mundo lo sabe, de soportar cómo aquel triste cobarde babea con cualquier par de tetas, incluso con las señoras casadas, a escondidas de su propia “mujer”. Incluso aguanto sin rechistar cuando la obesa de su señora sale de la cocina berreando como una foca en celo.

Maldita sea. Si no prepararan los croissants tan bien… Y el café. Ya ni siquiera tengo que pedirlos: cuando llego, el imberbe e inútil de su vástago me trae el ABC, el café solo sin azúcar, el croissant tostado sólo por un lado, la mantequilla ya tierna y, cuando acabo el croissant, ya tengo la Vichy en la mesa, en copa y sin hielo ni limón. Me costó mucho conseguir esto, un día tuve que lanzarle un café hirviendo encima al niñato éste para que aprendiera. Al menos ahora ya hace algo medianamente bien en su vida. Gracias a mí. Por eso sigo viniendo, sirvo de algo… Y, además, ¿dónde iba a ir, a estas alturas?

Pero hoy ese bastardo no estaba. En su lugar había una niña. Una ramera, más bien. Seguro que ese viejo la conoció en el prostíbulo ese que frecuenta. Asqueroso. Y, ¿dónde venden esos pantalones tan cortos? Santa María Purísima, ¡se le veían las nalgas! Estoy seguro. El pelo morado, ¡morado! En serio, ¡morado! Al menos no llevaba ganchos de esos que llevan las vacas en la cara. Bendito padre el que la criara, espero que tenga un lugar junto al Altísimo. Uno sólo busca unos instantes de paz y sosiego para desayunar y te hacen tragarte ese espectáculo. Esa cualquiera de piernas largas y tatuajes satánicos incendiando el local con su lascivia e insinuación.

No podía ni leer. Todo el bar estaba alborotado y cuchicheaba. Seguro que tan escandalizados como yo, a ver a esa chiquilla bailoteando de mesa en mesa, contoneando el culo y mostrando escote. ¿Es que no queda ni una pizca de decencia en esta juventud? Y encima, me tuvo diez minutos esperando. Sin café. Sin periódico. Sin croissants. Pero es que eso no ha sido lo peor. Lo peor ha empezado cuando se ha acercado a mi mesa. “Hola”. “¿¿Cómo que hola?? ¡Joder! ¡Niña! ¡Tráeme lo de siempre, que ya llevo un buen rato esperando!”. Vale, igual me he excedido, incluso sobrepasado, un poco. He perdido las formas pero… de ahí a que me responda como me ha respondio: con ese descaro, con esa maldita sonrisa y esa seguridad. “Niña no, Lucía, gracias”. ¿Pero? ¿De dónde había salido esta…?

Me ha sacado de mis casillas. ¿Qué hacía ahí como un pasmarote, mirándome y sonriendo? ¿Cómo se había atrevido a hablarme así? ¡A mí! Empecé a marearme, incluso. Notaba cómo me bajaba la sangre y se me embotaba el cerebro y me costaba pensar con claridad. ¿Quién era ella? ¿Qué estaba pasando?

Evitando su sonrisa, miré hacia sus hombros descubiertos y me fijé, no sin trabajo, en el dragón tatuado que llevaba ahí. Me pareció que cobraba vida. Que lanzaba fuego por su boca y empezaba a trepar hacía el cuello de la insolente niña. Ella debía de notar el calor porque empezaron a nacerle pequeñas gotitas de sudor en el cuello, a medida que el dragón se acercaba y surcaba su piel de lolita pecaminosa. Entonces, el dragón, verde y escurridizo, cambió su rumbo, bajando hacia sus pechos. La estaba abrasando. Y su cuerpo se defendía irrigandose con pequelas gotas de sudor. El dragón se lanzó de lleno hacia sus pechos y clavándole las garras en ellos se zambulló bajo su camiseta y desapareció. ¿Qué clase de alucinación era esa? Tenía que despertar o esa maldita niña…

Creo que entonces, he conseguido reponerme un poco y decir: “Café solo y un croissant”. Pero ella seguía ahí, parada, callada y sonriéndome. Pero ahora ella estaba tras una neblina que rodeaba todo el bar, todo mi raciocinio. “Café solo y croissant, por favor”. Entonces ella se ha girado sobre sus talones, a la vez que, acompañando sus palabras con una risita, ha dicho: “Así sí, un poquito de educación y modales nunca vienen mal, señor”. ¡Eso me ha dicho! ¡Ella! Esa hija de la gran puta. No podía creerlo. No podía creer nada de lo que estaba pasando. Aun ahora sigo pasmado. En cuanto ha desaparecido en la cocina, me he levantado y me he ido. Espero que mañana no esté. Si no, ¿qué voy a hacer?

 

A. Irles

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(Imagen: flickr.com/photos/cmua/2342309788/in/photostream/)