Compañeros de viaje

New collaboration with: Robbie Wild Hudson http://robbiewildhudson.com/2010/06/09/the-pequod-in-the-waves/ please visit his blog and enjoy his art! (he also sells the pieces),
J.R, quote that inspirates the story
and H. Melville… Moby Dick
Efectivamente, no quiero a nadie en este barco que no tenga miedo a la ballena.
Estoy tranquilo de que en cada ola, en cada tormenta, cuando el viento falte, estés allí,
levantado como yo, hombro con hombro, en el Pequod.
J. R.

The pequod in the Wawes

El día que subí a aquel barco, el Pequod, era la primera vez que subía a un barco. Y era un ballenero. Sí, ballenero. Sus tripulantes parecían haber nacido de las grietas de las maderas y de los nudos de los cabos. Parecían llevar coral adherido a sus pieles oscuras y a sus barbas mugrientas. Durante días creí que tendrían branquias y aletas escondidas bajo sus harapos. No vi a ninguno bajar del barco en los tres días en que estuvieron atracados. Y el día que subí no les escuché a ninguno liberar una sola palabra, sólo se oían martillazos y serruchos, exceptuando al señor Starbuck. Me dijo que podía ir al siguiente puerto con ellos pero que debería trabajar. Me lo dijo con los ojos cansados, apenas rozando mis facciones entre parpadeo y parpadeo. Sí, capitán, a sus órdenes, le dije y no me dejó continuar ni me dejó explicarle mis motivos. Simplemente dijo que no era el capitán y siguió remendando sus botas con una sardónica mueca en los labios. Me señaló el camarote de los marineros con la punta de su nariz y me preguntó si sabía calafatear botes. Y luego dijo algo de un mástil y lo que creo que era un tipo de vela. Pero era mi primera vez en un barco, y mi primera vez en un puerto. Sé obedecer, le dije. Y haré lo que sea, pensé.

Partimos al amanecer y los siguientes dos días los pasé abrazado a un cubo metálico y la garganta irritada de tanto vomitar. El cielo era de un azul increíble durante el día y por la noche un riachuelo blanco rasgaba la oscuridad. Cada día, al caer el sol, un doblón de oro clavado en el palo mayor reflejaba el ocaso sobre el puente de mando vacío. Al tercer día desperté al salir volando del catre y estamparme contra el techo. El barco parecía estar intentando aprender a volar. Eso creí, hasta que mis sentidos se equilibraron y un ruido ensordecedor asoló el camarote: fuera una tormenta intentaba liquidarnos. Vomité en el pasillo una vez y me golpeé la cabeza dos veces. El ruido era cada vez más fuerte. Eran claramente el viento y el mar rugiéndose el uno al otro.

Justo salí a cubierta y lo vi. El barco crujió y pareció doblarse como un juguete. Dos de nuestras barcas saltaban vacías arriba y abajo con el oleaje. Creí que era un sueño cuando lo vi, pensé que sería una alucinación y me convencí de que no había visto una montaña blanca emerger a babor. Habría sido una ola, cargando con la luz de la Luna como atuendo, la que hizo eso. Pero la Luna no tenía el poder de acallar al mar y al viento. Una ola no lleva clavadas en la espalda arpones para ballenas ni tiene cicatrices por todo el lomo. Ahora lo sé, pero entonces era mi cuarto día en un ballenero y cualquier cosa me parecía más cabal que la realidad: el demonio era blanco, pesaba varias toneladas y sus ojos rojos nos acechaban día y noche. Por estribor otra ola tomó la cubierta arrastrándome hasta la barandilla. Me agarré a unas cadenas que colgaban del barco y alguien me asió de las sobaqueras. Me levantó y me señaló otro grupo de cadenas. Con gestos me dijo que las lanzara todas al mar.

Fue mi primera noche de verdad en un ballenero, en el Pequod. Fue la primera noche en la que le vi con su pierna de madera clavada en el suelo, de pie sin perder el equilibrio: nuestro capitán desafiaba al cielo y al mar y retaba a la ballena. Con los brazos abiertos gritaba su nombre una y otra vez: ¡Moby Dick!, ¡Moby Dick!… Fue esa noche cuándo vi por primera vez a mis compañeros, hombro con hombro, en silencio, trabajando, recogiendo velamen, atando cabos, ahogando los quejidos, magullando sus cuerpos, desollando sus manos y corriendo de un lado a otro, cada uno sin mirar a nadie más, volcando su vida y sus energías en su pequeña y crucial tarea: salvar al Pequod por una noche más. Solo una más, como habían hecho cientos de veces. Fue aquella noche cuándo sin olvidarlo un solo segundo, el terror se ocultaba tras la camadería y el trabajo. Y fue al día siguiente, al ver en la lejanía el chorro de agua expelido con furia por la ballena, cuando brindé por primera vez con mis compañeros. Jarra en mano, gritamos al unísono:

– ¡Por el Pequod!

Y nos abrazamos, bailamos, sonreímos, jaleamos y escondimos nuestro dolor y nuestros temores. Rezamos en silencio por los heridos y bebimos.

– ¡A las barcas! – gritó nuestro capitán ya en la proa de una de ellas y con el arpón en la mano.

Chocamos nuestras jarras, las terminamos y, juntos, temblando con las barbillas levantadas, silenciosos y liderados por la locura de Ahab, subimos a las barcas al asalto de nuestro destino que nos esperaba malherido y ansioso.

A. Irles

2 comentarios en “Compañeros de viaje

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