155 pulsaciones por minuto (Diario de una cobardía)

 

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El reloj digital, en el centro de la sala, pasaba los segundos sin prisa alguna.

11:20:35

A mi derecha, el aparato marcaba mis pulsaciones por minuto

155 ppm

La enfermera jefe, al menos eso creí, pasaba por delante mía apresurada, hacia izquierda o hacia derecha. Los gemelos me dolían y las espinillas parecían congelárseme. Otro diazepam descansaba sobre la bandeja. Yo no tenía fuerzas para incorporarme y me temblaba la mano. Quería llamar a la enfermera pero no se paraban ni un segundo junto a mi. Tres más pasaron corriendo frente a mi cama. Ninguna me miró. A mi lado acomodaban una cama con alguien sobre ella y montones de aparatos haciendo bip bip. Una enfermera discutía con un tipo con chaleco naranja, al parecer de la ambulancia, a los pies de la cama de mi nuevo vecino. Una chica, también con chaleco rojo, miraba la escena junto al pie de mi cama. Luego me miró a mi. Se quedó observándome y cuando le devolví la mirada me dijo:

– ¿Qué? te has divertido esta noche, ¿eh?

En frente: 11:21:10

Las mismas enfermeras volvían a pasar por delante mía, en sentido contraria. La gente se iba acumulando en el box que tenía enfrente mía.

A mi derecha: 157 ppm

Discutían, pedían aparatos, iban y venían. Dos doctoras, jóvenes, observaban un poco alejadas y daban instrucciones de vez en cuando. Nadie se acercaba a mi cama. La pastilla llevaba ahí demasiado tiempo, aunque el reloj no me diera la razón. Una bedel, la que me había llevado en silla de ruedas, pasó junto a mi cama. Me miró y sacudió la cabeza.

A mi derecha: 150 ppm

Me dí cuenta de que volvía apretar las mandíbulas y me daban escalofríos. Hubo un alboroto en el box de enfrente. Entró mucha gente y salió gente. Salió una doctora con máscara, gorro y guantes. Se quitó las tres cosas y las tiró a una papelera. Luego, del mismo box, empezó a salir más gente en silencio. Poco a poco se fueron dispersando por la sala.

En frente: 11:22:30

Todos se pusieron a hacer otras cosas. La enfermera que me había puesto la vía se acercó a varias camas. A una le dió una pastilla, a otro le cambió el suero. A mi me trajo un vaso de agua y me pidió que me tomara la pastilla. No me miró mientras lo hacía: otra enfermera le preguntaba algo sobre la limpieza del box de enfrente mía, el que acaban de abandonar casi todos.

Seguí consultando el aparato que medía mis pulsaciones, y el reloj. Se llevaron a la persona que tenían a mi lado. Y entró más gente, salió más gente. Vaciaron el box de enfrente. Volvía a consultar las pulsaciones y el reloj. Estaban quietos. Miraba a la derecha y a la izquierda. Observaba. Y al frente también. Me subía la manta y luego tiraba de ella hacia abajo con los pies. Las pulsaciones. El reloj. La manta. Las enfermeras. El reloj. Las pulsaciones. La manta. Las pulsaciones. Otra cama entraba. El reloj…

La doctora que me había recetado el diazepam se paró frente a mi. Yo miraba a mis pies, y vigilaba el reloj. Ella le dijo algo a la enfermera. Que las pulsaciones estaban ya a 110.  Era verdad.

A mi derecha: 110 ppm

En frente: 11:55:02

Se acercó a mi lado, la doctora, y la enfermera quedó a mis pies. Me subí la manta y volví a ver mis calcetines. Tiré un poco de ella, utilizando los dedos de los pies.

– ¿Y ahora? ¿Te parece tan divertido?

– No – le dije sin mirarle y casi sin voz. Llevaba horas sin hablar y me dolían las mandíbulas. Tosí. Carraspeé – No – repetí con más voz.

– ¿O es que tienes muchos problemas? Claro… ¿por eso eres drogadicto?

– No soy drogadicto – le miré a la cara.

– ¿No?, ¿cómo se llaman a los que toman drogas?

– Ah, entonces soy alcohólico también…- era una falacia y le respondí con otra pero sin voz ni convicción.

Se quedó mirándome y me dio una palmadita en el muslo. Le dijo algo a la enfermera y se fue. La enfermera sacó algo del bolsillo y me lo inyectó en la vía.

– Entiendes lo que trata de decirte la doctora, ¿no? – me dijo.

Detrás suya alguien gritó algo y todos los sanitarios aceleraron sus tareas y, rápidamente, se acercaron a al box de enfrente mía: traían a un nuevo paciente. La enfermera terminó con mi vía y antes de salir corriendo hacia dónde iban todos me sonrió, apoyó su mano en mi pie tapado y dijo:

– Tranquilo, ya estás fuera de peligro.

No me dijo que tenía prisa por una urgencia real. No me dijo que mi capricho les estaba robando tiempo. No me miró enfadada. Solo hizo su trabajo, me sonrió y me dijo que todo iba a ir bien. Me tapé la cara con la sábana, me acurruqué sobre mi mismo y empecé a llorar.

– Lo siento, lo siento – dije varias veces, pero no había nadie cerca para oírme.

A. Irles

 

Imagen: Luis Quiles https://www.facebook.com/luisquilesart

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