La partida (parte 2)

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Ese día llegó vestida con unos pitillo a rayas verticales en blanco y negro y una blusa, de puños anchos y sobrios. Llevaba tan solo dos botones abiertos escondiendo así, muy sugerentemente, el nacimiento de sus senos y enseñando con orgullo el fino collar verde que abrazaba su cuello. Sus labios, rojos como sus cabellos, bordeaban la sonrisa sencilla con la que departía con los fotógrafos amotinados alrededor de ella. Se llevó los dedos al cabello y con un gesto sutil se acomodó el pelo corto tras la oreja mientras se giraba levemente y me miraba a la par que contestaba a las preguntas y regalaba sonrisas a los periodistas. En ese momento un tipo con pinganillo me dijo que no podía estar ahí, que era zona reservada. Ni siquiera le traté de explicar nada. Sabía que ese era su juego previo, hacerme pequeño antes de la partida ya que no iba a poder derrotarme en la mesa. Esperé hasta que el organizador me recogió y me llevó a la mesa. Entonces vino ella, elevada sobre los tacones de charol rojo que chispeaban con las luces de los flashes tras de ella:

– Hola, – dijo alargando la mano sobre la mesa y estrechándome la mía con suavidad, sin apartar la mirada de mi – pensé que te gustaría el rojo – siguió, llevándose dos dedos al flequillo.

– Soy más de blanco o negro – le contesté señalando al tablero.

Luego nos introdujeron al público, hablaron de nuestros currículums, de lo prometedor que era mi futuro como ajedrecista y de lo brillante y fantástica que era ella en el ajedrez y en todo. Nos hicieron preguntas que yo respondí con monosílabos y ella con sonrisas y chanzas. Ella me doró la píldora todo lo que pudo y hasta me pidió que  no fuera muy duro con ella. Me lo decía mientras se contorneaba y posaba ante los suspiros de los flashes. Entonces nos sentamos, no sin antes aguantar otra tanda de flashes en nuestras caras mientras nos dábamos dos besos.

– Suerte.

– Tranquila, que no seré muy duro – le mentí descaradamente.

Diez partidas rápidas, de cinco minutos cada una, con una cámara sobre nosotros y dos a los lados. Después habría un descanso de unos diez minutos, con música de piano y luego pasaríamos a desmigar las partidas previas dónde ella les contaría a todos, para eso era la profesional de la farándula y la versada en medios de comunicación, cómo le había ganada cada una de las partidas. Llevábamos ya cinco partidas en las que me había deleitado derrotándola sin clemencia. Es cierto que era buena, pero yo lo era más y conocía cada una de sus partidas desde que se hizo profesional. Obviamente, ella no me había estudiado lo más mínimo pues ella era una superestrella y las superestrellas no estudian al contrincante: las superestrellas responden a los fotógrafos y se pavonean. Estábamos en la sexta partida, moví mi alfil desprotegiendo a mi reina. Era obvio que si me la comía yo le haría mate en cinco y no hacía falta ser yo para darse cuenta de eso. Presioné el reloj y le cedí el turno a ella. Era un movimiento fácil, solo tenía que resguardarse y no comerme la ficha. Pero se demoró un segundo. Dos. Quizás mas. Con la mano derecha flotando sobre el tablero y el codo izquierdo apoyado en la mesa, con los dedos tamborileando sobre sus labios. Dudó, quizá otro segundo más, dudó hasta que dejé de mirar el tablero y le miré a los ojos, impaciente. Ellos me estaban esperando, verdes y húmedos.

– Te la como – susurró.

Agarrando su caballo entre las uñas granates de sus dedos índice y pulgar, lo intercambió por mi reina, sin apartar la mirada de mi y apenas entreabriendo los labios como alargando su susurro en silencio. Luego, pausadamente, perdiendo otro par de valiosos segundos, acarició el reloj pulsando el botón tan solo con la yema de su dedo índice.

– Jummm… – suspiró apenas audíblemente al acabar el movimiento, regodeándose en mi sorpresa.

¿Qué pasa? parecía decirme mientras pasaban los segundos, tic tac tic tac, ¿no esperabas ese movimiento? Era obvio que tenía la partida ganada, y era obvio que a ella no se le podía haber pasado eso… No era como yo, pero era buena, muy buena: no era una jugadora sin experiencia, era un digno rival para cualquier otro español o europeo, posiblemente fuese de los mejores ajedrecistas europeos en activo. Entonces, ¿por qué hizo eso? Los segundos pasaban y pasaban, uno detrás de otro y ella tamborileaba los dedos, ahora, sobre la mesa y sonreía sin separar los labios. Sonreía con la mirada fija en mi. Levanté el alfil de la reina, lo levanté y entonces ella se echó hacia atrás, acomodándose en la silla. Se regodeó disfrutando de mi error, disfrutando de mis ganas de dejar el alfil en el tablero y coger el caballo y hacer el movimiento correcto, pero yo ya no podía corregirlo.

A partir de ahí no sé que pasó. No sé cómo pasó lo que pasó. Una tras otra perdí todas las partidas entre murmullos de la sala y ruidos de sillas y tosidos de incomodidad, perdí todas las partidas hasta quedar en tablas globales: cinco a cinco. Perdí contra ella que no me llegaba a la suela de los zapatos y que se acariciaba el labio con sus colmillo cada vez que yo cometía un error.

Durante el descanso me fui del Club, dejé la exhibición. Huí. Al día siguiente leí los periódicos, ella decía que había sufrido una indisposición y que por eso había tenido que abandonar el Club con prisa. Decía que, obviamente, esa era la razón de las tablas, que algo había notado mientras jugábamos, y que no podía haber otra explicación a que alguien de mi nivel cediera cinco partidas de esa manera pero que aun así había disfrutado enormemente del reto que le supuse. Decía que esperaba que le concediera otra partida para romper las tablas. Decía que me contactaría para ello…

 

(continuará?)

 

A. Irles

 

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